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HASTA DESPUÉS DE MUERTOS SOMOS ÚTILES
 
Enrique Núñez Rodríguez y Enriquito Núñez| La Habana


Estoy utilizando el único medio que, tal vez, me queda para comunicar lo que pienso. En la UNEAC, donde todos me conocen muy bien, saben que soy materialista dialéctico, y que pocas veces en mi vida pensé o dije algo que pudiera vincularme a prácticas esotéricas o sobrenaturales. 

De manera que van a tener que creerme si utilizo esta vía para pronunciarme. No tengo que decir que me dio un poco de sana envidia, de esa que todos sentimos alguna vez, al ver que no pude pedir mi turno para hablar en el pasado Consejo ampliado de la UNEAC, ni firmar la declaración en la que se lanzó la convocatoria de un Frente Antifascista Mundial contra la guerra y el hegemonismo de la superpotencia que hoy pretende conquistar el mundo. 

Como todos saben, soy un revolucionario, y morí cuando la guerra contra Irak ya estaba decidida, cuando las Naciones Unidas fueron convertidas en un rehén en manos de la demente delincuencia de este imperio de nuevo tipo. Pero antes de irme, miraba todos los días la TV en mi cuarto del hospital, y les comentaba a mis hijos que este siglo estaba comenzando mal. Que el gobierno norteamericano les iba a pasar a todos en este mundo la cuenta de los tres mil muertos de las Torres Gemelas. Pensaba que pocos les importaría a los yanquis malgastar todo lo que habían invertido en decenas de años para hacer atractiva la imagen de USA, convirtiéndose de la noche a la mañana en lo que hoy son a la vista de la humanidad entera. Tal y como no le importó a Hitler enviar a media Europa a los campos de la muerte y sus crematorios, porque era un paso que tenía que dar para imponer su doctrina. 

Pero los presupuestos de cada imperio conocido, han sido siempre superados por los imperios que se han instaurado después. Y no hablo de dólares. De lo que se trata no es de millones más o menos de judíos o de comunistas. Se trata de cada uno de nosotros, de vosotros y de ellos. Esta guerra que acaba de comenzar es contra la humanidad, no importa el disfraz o el maquillaje con que los informadores del Imperio la designen. Toda la población del planeta, incluido el hasta hoy maniatado y amordazado pueblo de los Estados Unidos, está hoy en el colimador de los genocidas de Washington. Es hora de luchar contra esa amenaza, y no he querido quedarme callado, aunque para decir lo que siento haya tenido que pedirle a mi hijo que me sirva de intérprete. 

Y es que pienso que mi deber era cumplir con el pensamiento de Mella, y una vez más, ocupar mi lugar junto a mi pueblo. 

Ahora, hijo, te pregunto ¿Quieres firmar conmigo? 

– ¡Caramba, viejo, qué pregunta!

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