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MENSAJE DESDE UNA CASA NUEVA
 
Compartan con nosotros la alegría de esta nueva casa, porque aquí vamos a  enseñar y aprender  a escribir y  amar; aquí vamos a alimentar y fortalecer los sueños que la Revolución ha hecho posibles y nos ayudan, sencillamente, a vivir.


Eduardo Heras León | La Habana
Fotos:
La Jiribilla

 

Queridos amigos:

Hace cinco años, cuando inauguramos el primer curso del Taller de formación literaria Onelio Jorge Cardoso hablamos de sueños y esperanzas y dijimos que cuando los sueños se hacían realidad, no solo vivían, sino lo que es más importante: nos hacían vivir. Éramos optimistas. Comenzábamos una aventura que más que un proyecto literario, parecía un acto religioso: un grupo de jóvenes enamorados de la literatura que se reunían cada sábado en un ruidoso salón de la Casa de la Cultura de Plaza a recibir clases, a leer textos, a discutir criterios durante cuatro horas continuas, como si efectuaran una demostración de fe. Durante el resto de la semana, trabajando sin horario, casi siempre hasta la madrugada, realizábamos la selección, o traducción, edición, mecanografía, impresión y fotocopia de todos los materiales teóricos y los cuentos que se discutirían, para entregarlos los sábados a cada alumno: el volumen de esos materiales puede palparse en el libro Los desafíos de la ficción, que preparamos años después, y que  constituye la más completa selección sobre el tema de que se tenga noticia en nuestra lengua.

Así fue el comienzo. Luchamos no solo contra las penurias materiales, sino también contra los criterios estrechos de quienes nos acusaban de querer organizar “una escuelita de escritores”. Ya lo habíamos dicho: “será un taller abierto a todo conocimiento, técnica o poética que resulte útil para nuestros objetivos, sin distinción de escuela o tendencia estética. Al alumno de ese taller le diremos: aquí están los conocimientos, los materiales, las técnicas y las teorías. Estúdialas, apréndelas, discútelas. Después, escribe, enfréntate a la página en blanco con tu talento y tus propios recursos. Y asume tu libertad y tu responsabilidad de escritor”. Por eso, prácticamente todo el arsenal teórico existente recibió nuestra atención, reflexión y estudio: estéticas, escuelas, tendencias, poéticas, técnicas, procedimientos, secretos del oficio, todo cuanto podía completar la formación literaria de los jóvenes alumnos, muchas veces dispersa e incoherente que por diversas vías alimentó esa incipiente pero firme vocación que los llevó a nuestro taller. Luego en la práctica, imprescindible y provechosa, descubrimos en los cinco cursos impartidos, narradores realistas, fantásticos, naturalistas, fabuladores, iconoclastas posmodernos, realistas sucios, poetas de la prosa, cultivadores de la ciencia ficción o el policíaco, locos a Hemingway, enfermos a Borges y Cortázar, fanáticos a Lezama y Piñera, en fin, sencillamente todo. Y ese caudal de creación lo enfrentamos con una divisa: “No aspiramos a formar escuelas de ningún tipo, porque las respetamos todas”.

Así han transcurrido estos cinco años. ¿Cómo no recordar el interés, el estímulo y la presión de Abel Prieto que durante años en la UNEAC me recordaba constantemente el viejo sueño del taller y mi compromiso de echarlo a andar, y que desde el Ministerio de Cultura ha sido un decisivo apoyo, no solo institucional, sino desde el aún más decisivo territorio de una fraternal amistad? ¿O la comprensión y la ayuda de Carlos Martí dispuesto en todo momento a brindarnos la máxima cooperación desde la UNEAC? ¿O de Omar González, primero en el ICL y después en el ICAIC, siempre interesado en ayudarnos y desde hace mucho tiempo “padrino del taller”? ¿O de Iroel Sánchez, tan preocupado y fraterno? ¿O a los compañeros del Ministerio de Cultura: en estos cinco años de trabajo no ha existido un solo momento difícil, un solo problema planteado por nosotros que no haya recibido una atención inmediata y eficaz. Siempre el apoyo, el aliento, la disposición a buscar la solución para cada uno: especialmente Lucía Sardiñas y su equipo en primer lugar; Alfredo Walker, Bárbara Betancourt, Rafael Bernal, Rubén del Valle, Ismael González y Julio Ballester quien tanto se preocupó porque esta casa pudiera recibirnos hoy, y tantos otros compañeros que hacen posible nuestro funcionamiento.

En este inevitable recuento no puedo dejar de mencionar a quien comenzó conmigo esta aventura: Francisco López Sacha que impartió clases en los primeros cursos, y que junto con Amir Valle, me acompañó en el Seminario de Técnicas Narrativas con que inauguramos Universidad para Todos; y a muchos escritores, cuya lista sería demasiado extensa, que han colaborado con charlas, seminarios, conferencias, jurados o mesas redondas y que seguramente lo seguirán haciendo en el futuro.

He dejado para el final a los verdaderos protagonistas de la aventura: a los jóvenes narradores que durante todo el año inundan el taller, alimentan el fuego de la vocación, comparten las angustias y las alegrías de la creación junto a nosotros, y lo más importante: participan de una experiencia humana que a todos nos enriquece. Repito aquí algo que dije hace algunos años: “No sabemos qué extraña alquimia se logra en nuestros cursos para que los propios alumnos confiesen que el Taller les cambió la vida. ¿Qué magia, qué ternura? Lo cierto es que el Centro ha ido creando una gran familia de narradores en todo el país, de hombres y mujeres de la cultura y la literatura, que a su vez irradian sus conocimientos y sus vocaciones, y están creando en la base misma de la población, ese magma imprescindible que alimentará en el futuro a los grandes escritores que surgirán en el seno del pueblo.

Esa familia recibe ahora una sede, terminada realmente en tiempo récord, por los trabajadores de la Empresa ESEO del Ministerio de Cultura, a quienes mucho agradecemos su esfuerzo, que le permitirá hacer realidad el proyecto del Centro como fue originalmente concebido: tendrá una biblioteca especializada en narrativa que formaremos con la colaboración de la Biblioteca Nacional, el ICL, y las donaciones de los propios autores y que llevará el inolvidable nombre de Salvador Redonet; una sala de computación para que los alumnos y graduados del Centro puedan escribir sus textos, y disponer a la vez de Internet y correo electrónico; una videoteca especializada en adaptaciones de obras literarias al cine; una revista tanto electrónica como impresa dedicada al cuento, que convertirán este Centro, presidido por la figura del cuentero mayor, Onelio Jorge Cardoso, por su obra imperecedera y el ejemplo de su honestidad y generosidad intelectual, en la casa de los jóvenes narradores.

Queridos amigos que nos acompañan:

Compartan con nosotros la alegría de esta nueva casa, porque aquí vamos a  enseñar y  aprender a escribir y  amar; aquí vamos a alimentar y fortalecer los sueños que la Revolución ha hecho posibles y nos ayudan, sencillamente, a vivir.

Gracias.   

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