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A LA EXTREMA DERECHA
CUBANOAMERICANA LE TOCÓ
SU 20 DE MAYO

 
Jesús Arboleya Cervera| La Habana


Contrario a lo recientemente expresado por el presidente George W. Bush, los cubanos no “celebran en todas partes” el 20 de mayo. Por el contrario, por razones fáciles de entender para cualquiera que conozca algo de historia, desde los tiempos de mis abuelos, cuando a una persona en Cuba le ocurre una desgracia se dice que le “tocó su 20 de mayo”.

Para celebrar esta fecha – ellos sí la celebran – la vieja extrema derecha de Miami tenía grandes planes. Esperaban que el gobierno de Estados Unidos cancelara los vuelos a Cuba, prohibiera el envío de remesas, suspendiera los acuerdos migratorios e, incluso, que emprendiera una invasión como la de Irak. El presidente, sin embargo, se limitó a organizar una reunión privada con una docena de pretendidos representantes de la disidencia interna y  leyó un breve mensaje a la nación cubana. Los “líderes del exilio” no fueron invitados, mala señal para ellos.

Es temprano para dilucidar lo que este gesto significa. No obstante, considerando el peso que ha tenido la política doméstica en las posiciones
de esta administración respecto a Cuba, es de suponer que está enfocado en la estrategia presidencial para las próximas elecciones. En especial, las valoraciones que los asesores de Bush están haciendo respecto a la influencia real de esta vieja derecha en la futura conducta del voto cubanoamericano.

Existe la convicción de que los cubanoamericanos votan por Cuba. Es un fervor patriótico que supuestamente nunca ha disminuido, a pesar de que se nacionalizan norteamericanos en mayor proporción que ningún otro grupo inmigrante y que la mayoría asegura que no regresaría a Cuba aunque fuera derrocado el gobierno revolucionario. De cualquier manera, desde un comisionado local hasta el Presidente de la nación, cuando hace campaña electoral en Miami, coloca el tema de Cuba en un lugar preferente de su agenda, confiado de que así no hace falta hablar de otra cosa y que los electores cubanoamericanos votarán por el que más duro se muestre frente a Fidel Castro. Esta conducta debe tener una explicación, ya que hasta ahora ha funcionado.

Aunque nadie puede negar el esfuerzo realizado por los inmigrantes cubanos, la realidad es que en buena medida gracias a la Revolución los cubanoamericanos son lo que son. Sin Revolución cubana no hubiera habido otorgamiento indiscriminado de visas, ni programa de refugiados, ni ley de ajuste, ni préstamos especiales, ni admisión de ilegales, ni acceso supersónico a la vida política nacional. Ha sido el premio por una oposición de la cual se ha beneficiado toda la comunidad, pero cuyos principales receptores han sido los políticos de extrema derecha. Ya sea viviendo como “líderes del exilio” o como sargentos políticos de los candidatos de turno.

Esta relación entre la función opositora de la emigración y los beneficios económicos y políticos que resultan de ella, ha tenido una expresión lógica en la conducta electoral de los cubanoamericanos. En parte porque se corresponde con una inclinación ideológica y porque en realidad no han tenido otras opciones, pero sobre todo porque ello ha tenido un impacto en su existencia cotidiana. Ha sido la confrontación con Cuba, la fuente renovable de su condición especial en Estados Unidos y de los privilegios que emanan de ello.

Sin embargo, el interés por mantener los contactos con Cuba escapa a esta lógica. Ni siquiera el terrorismo ha podido frenar los viajes ni otros vínculos con la Isla. La explicación es que ello también forma parte de las condiciones de existencia de los emigrados, no solo por razones sentimentales resultantes de la relación familiar, sino por lo que representa en términos culturales para la propia identidad del cubanoamericano.

La vieja extrema derecha promueve el aislamiento porque el contacto disminuye las tensiones y de ellas depende su sobrevivencia. Pero hace rato que existe una clara demarcación entre los que condicionan cualquier  vínculo con Cuba a la caída del gobierno revolucionario y la mayoría de los emigrados que, aún siendo opositores al régimen, abogan por una política  que no afecte sus contactos con la Isla.

Hasta la década del 70 asumir la ciudadanía norteamericana constituía una traición, los cubanos eran “exiliados” y como tal debían comportarse.

Aparte de las presiones políticas, existían beneficios concretos vinculados a esta condición. Cuando se acabó el programa de refugiados cubanos fue que comenzaron a convertirse en ciudadanos de ese país y a preocuparse por la vida política local. Entonces los candidatos eran demócratas, los republicanos no se interesaban por las minorías.

Reagan cambió esto. Necesitaba a los cubanoamericanos para su política  hacia Cuba y el resto de América Latina y para aumentar su influencia en el sur de la Florida. De esta manera, los políticos de origen cubano irrumpieron en la vida política nacional con el tremendo apoyo de la ofensiva conservadora republicana. En pocos años llegaron a controlar la región y alcanzaron una representación sin precedente a escala estadual y nacional. El tema de Cuba les aportó recursos millonarios, contactos en las altas esferas y acceso a los medios de opinión pública. A partir de este momento la comunidad comenzará a verse representada por estos grupos y una falsa homogeneidad caracterizará la imagen de los cubanoamericanos frente al resto de la sociedad norteamericana.

Pero las cosas han cambiado. La propia clase dirigente no es la misma, sus intereses ya no están limitados al enclave y mucho menos a la recuperación de propiedades perdidas en Cuba, como ocurre con la vieja derecha. También ha cambiado la propia comunidad, emergen nuevas generaciones con otras preocupaciones y la llegada de nuevos inmigrantes modifica las características sociales y políticas del conjunto, asignando una nueva dimensión al interés del vínculo con Cuba. Ninguno de estos grupos cuenta, sin embargo, con una adecuada representación para sus intereses y perspectivas en el marco de la actual clase política cubanoamericana.

A partir del caso del niño Elián González, los sectores más lúcidos de la comunidad cubanoamericana comprendieron el grado de aislamiento al que  podía conducirlos la agenda de la extrema derecha. Por otro lado, el creciente
interés comercial por Cuba de importantes grupos económicos norteamericanos, anunciaba una confrontación sin precedente dentro de las propias filas conservadoras republicanas.

Las condiciones en que tienen lugar las elecciones, donde por razones coyunturales la vieja derecha juega un papel decisivo a favor de la candidatura de George W. Bush, aumenta de manera desproporcionada la influencia de este grupo en la administración e impide el avance más acelerado de otras alternativas. Pero este sector, constituido por una amalgama de grupos que viven de la beligerancia con Cuba, no es siquiera representativo de la derecha cubanoamericana en su conjunto.

Lo que caracteriza actualmente a esta tendencia son sus divisiones. La Fundación Nacional Cubano Americana, otrora máxima exponente de estas fuerzas, ha disminuido su influencia, en parte por conflictos con la administración Bush y en parte por su indecisión para desprenderse de una agenda que reconoce obsoleta. Otros sectores conservadores han sido más osados y se percibe que ganan espacio y trascendencia, aunque todavía esta no se traduce en resultados políticos concretos.

En resumen, varios indicadores hacen pensar que el voto cubanoamericano en las próximas elecciones podría comportarse de manera menos monolítica que hasta ahora, lo que en buena medida dependerá de las opciones que se le ofrezcan. Quizá en esto están pensando los asesores del Presidente cuando decidieron distanciarse de la vieja derecha y desconocer, al menos por ahora, sus propuestas apocalípticas. A lo mejor Lincoln Díaz Balart está equivocado y lo que el Presidente está pensando no es solo lo que va a  hacer respecto a Cuba, sino también cómo desprenderse de ellos. En fin, que a cualquiera le llega su 20 de mayo.

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