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LA FRESCURA DE LA
REVOLUCIÓN CUBANA

 
Jesús Arboleya Cervera| La Habana


Mucho se ha dicho y contradicho sobre la detención de un grupo de opositores al régimen revolucionario cubano, acusados de colaborar con el gobierno de Estados Unidos, y sobre las penas de muerte decretadas contra tres de un grupo de secuestradores que intentaron apoderarse de una embarcación comercial en la que viajaban decenas de personas. No me detendré a evaluar las críticas de la derecha, ni la manera en que los monopolios de la información han manipulado las noticias, tampoco los argumentos de personalidades de la izquierda referidos a la libertad de expresión y las penas de muerte como principios éticos inviolables. Quisiera referirme a un tema más abarcador, tan abarcador como buena parte de las críticas, y es el que se refiere a la legitimidad actual de la revolución cubana.

Por lo general, los críticos no se han limitado a condenar los hechos, sino que éstos han sido una excusa para cuestionar la naturaleza misma de la revolución cubana y su derecho a la solidaridad internacional. La derecha habla por las claras y reclama acciones punitivas inmediatas, sabe lo que quiere y lo defiende sin complejos. En la izquierda ha existido de todo, la defensa incondicional, la defensa crítica y la crítica a la defensa, que es lo más grave.

Algunos caminaron tanto hacia la derecha que le pasaron por encima al centro. Son los que declaran ilegítimo el gobierno cubano y dicen que las condenas a Cuba son "complementarias" a las críticas a Estados Unidos por la invasión a Iraq. Otros no han llegado a tanto, pero afirman que lo ocurrido demuestra que la revolución cubana ha perdido su "frescura" de los primeros años, lo que quiere decir que se ha desviado del rumbo y el método revolucionario que la animó en sus orígenes.

Esta última afirmación no termina en la poesía, sino que está relacionada con la visión de la revolución -en general- que tiene un sector de la izquierda y la manera en que ésta puede alcanzar la victoria. Ya que de eso se trata, o acaso no es cierto. Quiero entonces distanciarme un poco de la utopía -no hay que abandonarla totalmente- y referirme a aquellos "primeros años" que tuve la suerte de vivir y que ahora se extrañan tanto.

Sin duda fueron tiempos de gloriosa locura, la revolución arrasaba con el pasado y construía un porvenir que creíamos al doblar de la esquina, a pesar de que enfrentábamos la reacción brutal de Estados Unidos. Prácticamente dormíamos con un fusil debajo de la almohada. Siendo niños nos alejábamos de la familia haciendo cosas que después traté que mis hijas no repitieran, los revolucionarios -no importa que fuesen ignorantes- administraban las fábricas, todos añorábamos convertirnos en guerrilleros y muchos llegaron a serlo. Bastaba un par de zapatos y una muda de ropa, tampoco había para más, y entre movilización militar y movilización militar, estudiábamos. La frescura de aquellos años se llamó "radicalización".

Impulsada por una voluntad de sobrevivir que pasaba por encima de otras consideraciones, la revolución fusiló o encarceló a esbirros de la dictadura y a terroristas contrarrevolucionarios. Hubo injusticias, el Che llegó a criticar públicamente un "terror rojo" que asediaba sin razón a ciertos sectores de la población. Los antiguos partidos políticos dejaron de existir o se convirtieron en organizaciones contrarrevolucionarias y surgió el partido único, en estos momentos tan criticado. Los medios informativos también quedaron en manos de los revolucionarios, a nadie, salvo a los enemigos, se le ocurría hablar de elecciones y democracia era una mala palabra, porque en Cuba significaba dependencia, corrupción, desigualdad, incluso su opuesto, la dictadura.

Igual que ahora, la revolución tenía muchos enemigos. La jerarquía católica la calificó de anticristiana y bendijo al terrorismo en su contra. Las organizaciones humanitarias de la burguesía se escandalizaron y la gran prensa occidental trató de crucificarla. Pero la pasión revolucionaria cubana se había extendido por el mundo. La lucha armada, alentada y apoyada por Cuba, definió a la izquierda en el Tercer Mundo. Los contestarios en todas partes se dejaron crecer el pelo y las barbas para parecerse a los guerrilleros cubanos. Muchos "opositores responsables" de hoy día cargaron entonces con su fusil y planearon algún que otro atentado. Así de tanto han cambiado las cosas.

Vinieron las derrotas, los fracasos y las traiciones. Las dictaduras se extendieron como una plaga por el mundo y, con el apoyo de Estados Unidos, aniquilaron al movimiento revolucionario. Todavía se anda buscando a los muertos. Cuando casi nada quedaba de ellos, se restableció la misma democracia contra la que habían luchado, solo que ahora pareció nueva, porque devino salvoconducto para los sobrevivientes. Este es el punto en que muchos revolucionarios dejaron de ser frescos y se entiende.

Cuba se integró al campo socialista, reconstruyó su economía, fortaleció su seguridad y trabajó en su institucionalización. También transitó por errores comunes al sistema y tuvo que cargar con culpas propias y ajenas. No fue una alianza exenta de contradicciones, quiso estar a la izquierda del bloque socialista y el internacionalismo cubano fue un dolor de cabeza para los burócratas que gobernaban esos países. Así y todo, los monopolios de la información le pusieron la etiqueta de satélite soviético y alguna gente de izquierda se tragó la píldora o, al menos, la conservó en la boca.

Vino la hecatombe. La revolución cubana quedó aislada en el mundo, de satélite se convirtió en cometa. Sobrevivió contra los pronósticos de agoreros que ganaron premios Pulitzer anunciando sus últimos días, hubo que reconstruirlo todo y el bloqueo norteamericano devino más asfixiante que nunca. A falta de transporte la gente montó en bicicleta para llegar al trabajo, en muchos lugares se volvió a cocinar con leña y la falta de electricidad obligaba a dormir en los portales durante el verano. Se diseñó una estrategia para la defensa militar que consiste en combatir desde las ruinas. La derecha puede decir que esta firmeza es aparente, un resultado del trabajo policial, pero la izquierda sabe que no es cierto, aunque algunos no se arriesguen a llamarle frescura.

Poco de esto fue noticia para el mundo, la imagen que se vendía eran los carros viejos circulando por las calles rotas. Era un país decadente, nada moderno, que para colmo no practicaba la democracia. Alguna gente trató de emigrar, en Estados Unidos continuaban recibiéndolos si lo hacían por vías ilegales, no importa si mediante el secuestro y el asesinato. La contrarrevolución recuperó su frescura y se inventaron todo tipo de planes, el terrorismo, exportado desde Estados Unidos, se ensañó con el turismo, devenido la tabla de salvación de la economía cubana. No obstante, la inauguración de un nuevo hotel no era noticia, lo que vendía en el mercado mediático era alguna que otra prostituta parada en una esquina.

Mejoró la economía, los inversionistas y comerciantes extranjeros, desplazados de sus mercados por el capital transnacional encontraron en Cuba terreno virgen, probablemente el único donde Estados Unidos no tenía metida las manos o el cuerpo entero. Entonces vino la ley Helms-Burton, algunos ilusos pensaron que no se aprobaría, pero Clinton enfrentaba una elección. Avionetas tripuladas por conocidos terroristas comenzaron a pasearse sobre el Malecón, incluso en carnavales, se advirtió al gobierno norteamericano del peligro, pero no hizo caso, dos fueron derribadas, medio mundo condenó el "crimen" y la ley devino "medida necesaria" contra el régimen cubano. La gente era menos sensible a estas cosas, porque todavía no habían tenido lugar los tan bien comprendidos sucesos del 11 de septiembre.

Por último, Bush. La ultraderecha cubanoamericana le regaló las elecciones robándose las urnas y poniendo a votar a los muertos. En Miami, la administración Bush firmó un pacto con el diablo. Los terroristas cubanos, que ya no son terroristas sino antiterroristas, aunque significa lo mismo, ocuparon la Casa Blanca e impidieron, contra la mayoría del Congreso, que se aprobaran leyes flexibilizando el bloqueo. Nadie se engañe, las propuestas no reflejaban un cambio de mentalidad de la clase política norteamericana, sino las presiones del sector agroalimentario y el concepto de que constituía una mejor táctica para derrocar a la revolución cubana. En este esquema entra el fortalecimiento de los grupos disidentes.

Bush adoptó solo lo malo de la teoría, no flexibilizó el bloqueo, pero asignó a los opositores sumas millonarias para planes concretos y orientó a sus diplomáticos asumir la dirección del trabajo. Fueron concebidos como la implantación de un cáncer. Antes, estas cosas se hacían en secreto, ahora ya no es tan necesario, forma parte del juego democrático. Los conspiradores acabaron presos y de nuevo la condena al crimen cubano. Es como el cuento del gladiador al que lanzan atado de pies y manos a la arena y le gritan tramposo cuando muerde al león. Evidentemente en Cuba los yankis no gozan de libertades.

Algo similar ocurrió con las penas a muerte. Se habían detectado 29 planes en 12 días, 3 de ellos se llevaron a la práctica, el gobierno de Estados Unidos ha dicho que eso constituye una amenaza a su seguridad nacional, pero nunca ha sido condenado un secuestrador cubano. Si Cuba lo permite se arriesga a represalias y si no lo permite también. En el caso de uno de los aviones secuestrados, cooperan a medias, pero en el de la lancha ni siquiera eso, "es un problema del gobierno cubano", dijeron. Dejó de ser un asunto de la seguridad nacional norteamericana, sino de la cubana, que también tiene seguridad nacional. Esperando que sirva como disuasivo, se deciden las pena de muerte, la decisión genera debate dentro de la izquierda, es un pecado, dicen muchos. Incluso los críticos pudieran tener razón, pero comenzaron el análisis por el final, en realidad esa gente no fue condenada por el gobierno cubano.

Ha existido solidaridad con Cuba, antes y ahora, y eso ha contribuido a que la revolución cubana exista. Contra esa solidaridad están emplazados los cañones de la propaganda, la trampa radica en hacer creer que la oposición en Cuba ha sido creada para jugar el juego democrático y no como excusa para abrir el camino a los otros cañones. Algunos críticos de la izquierda están en lo cierto, esa gente jamás derrotaría a la revolución, el problema no son ellos, es mucho mayor, y contra ese gran problema que tenemos delante, la izquierda de todo el mundo va a necesitar de toda su frescura.

Publicado en Rebelión.

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