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PALABRAS DE AGRADECIMIENTO

Alfredo Guevara | La Habana

Estoy enamorado, debo confesarlo humildemente. Enamorado como un muchachito ante su amada. No de lo que es mi pueblo, nuestro pueblo, sino de lo que pudiera ser y será. De su potencialidad. De esa espiritualidad que cultivada será y puede ser, dar lugar al reino de Dios en la Isla.


I. La realidad, la esperanza

El tiempo, el tiempo que siempre va pasando, que puede ser olvido del olvido, memoria que se esfuma en la ceniza, ceniza que se queda dormitando y que pudiera deshacer, deshace, acaso, el más ligero vientecillo. Esa es la vida; suele ser la vida. Debemos conocerla y afrontarla. Existo sin embargo, acciono y hasta escribo, y de amores me lleno. El amor, la ternura, la pasión, el proyecto, distantes o cercanos, posibles o ilusorios, repletan el alma; realizaré esos sueños, y si no lo lograra, no importa, inagotable proseguiré el camino, llegarán otros sueños que realizar pudiera. Es el destino, que el hombre que se precia de ser hombre, de humano ser, tiene que darse. Pero destino he dicho y no me olvido que alumno he sido y soy, lo seré siempre, de Ludwig Schajovics que, en la Universidad de La Habana, nos mostrara la sustancia divina trascendente de la tragedia griega. No olvido que destino, fatum, pudiera otros destellos de su sustancia designio develarme.

II. Declaración de amor

Hace varios años intenté una encuesta para la revista Cine Cubano, Incitando respuestas que quería reflexivas, poéticas, inéditas. En lugar de preguntas me limitaba a solicitar una declaración de amor al cine. No declaré ese amor entonces, pero ahora, cuando ya no estoy, cuando ya no soy, me atreveré a confesar aquel amor que, en mí, es oblicuo. Ese amor por el cine, en mí, es amor a Cuba. Pasión que inunda el alma desde la cultura nacional cubana, desde la más secreta y manifiesta identidad que nos define. Ese maravilloso esplendor de nuestra espiritualidad. Ese logrado sabor mestizo que se forjó en nuestra historia, que presintieron y quisieron apresar, sin lograrlo en plenitud, Saco y Del Monte. Que encontró transparencia en el Padre Félix Varela, que, formado en valores trascendentes, comprendió que solo se funda una nación entre seres iguales, quiero decir respetados en su condición primera, humanos, y solo así y entonces, ciudadanos; que en Carlos Manuel de Céspedes alcanzó sustancia real cuando proclamó en el mismo instante la independencia y la abolición, dos revoluciones entrelazadas, la de la existencia de la nación y su decisión de existir y la de la igualdad irrestricta de sus ciudadanos; ese día, cuando los negros fueron blancos, cuando los blancos decidieron ser negros, cuando todos resultamos mestizos, espiritual, culturalmente, mestizos de muchas naciones y etnias, de Iberia, de África, de Francia, de China -de no pocos grupos humanos para mejor decirlo generalizando-, ese día resultamos cubanos. Esa es la Cuba de mis amores, de mi amor, la de su definitiva depurada criollez, la que inspira nuestras vidas, y me atrevo a decirlo sin que me asalte duda, la de nuestras entrelazadas generaciones.

El cine cubano desde sus inicios balbucientes, lastimado a veces por intrusiones comerciales o devaneos populacheros, y pese a todo, siempre, de un modo u otro, dejó entrever esa ambición subyacente y aflorante, la de expresar mejor o peor, a medias o como atisbos, la identidad cubana. El cine cubano que le siguió ya de otro modo y en el marco de un proyecto más coherente a partir del triunfo de la Revolución, se propuso conscientemente completar en la imagen cinematográfica la obra de afirmación identitaria de la que nuestro arte y expresiones humanísticas resulta protagonista indicador, he querido decir, modélico. Estoy enamorado, debo confesarlo humildemente. Enamorado como un muchachito ante su amada. No de lo que es mi pueblo, nuestro pueblo, sino de lo que pudiera ser y será. De su potencialidad. De esa espiritualidad que cultivada será y puede ser, dar lugar al reino de Dios en la Isla.

La gran tarea que me daría, si dado fuera, sería la de contribuir a crear condiciones propicias a la comprensión de que esa es la principal exigencia de nuestra contemporaneidad. Claro, para mí contemporaneidad no es equivalente ni a cotidianidad ni a inmediatez; solo desde una voluntad espiritual de trascendencia puede aprehenderse la significación de ese concepto.


III. El modelo, de valores modélicos

Si hoy se me entrega el Premio Nacional de Cine y me atrevo a recibirlo honrado y con orgullo, pensando en los que me acompañaron, en aquellos que acompañé, en la tarea de fundación; si es que me atrevo a recibirlo como hago, es porque acepto, al menos este día, convertirme más que en depositario en símbolo de un equipo de entonces muy jóvenes cineastas o aspirantes a serlo, que oficiamos la liturgia y la hazaña de desencadenar, improvisando y decididos a ajustarnos al rigor intelectual más estricto, una nueva etapa para el cine cubano en la época, casi inédita, de la Revolución, marzo, 1959. También me atrevo a aceptarlo porque en su tiempo, cuando fue creada la Orden Félix Varela, me tocó entre los primeros, aquel día, recibirla. Entrelazo ambos instantes, porque el cine tenía que ser, y así le concebimos, y materializaron los realizadores, un nuevo camino, lenguaje, expresión de cultura, de identidad espiritual, de la imagen más honda de la cultura cubana. Debo subrayarlo y recordar que entonces -y no propongo o insinúo continuidades que solo la historia y la realidad condicionan-, reservamos al Noticiero ICAIC Latinoamericano afrontar los acontecimientos siguiendo pautas de un periodismo nuevo, analítico, que resultó desenfadado, inesperado, audaz, y no a pesar de, sino por eso, más profundo; una Enciclopedia Popular que indagaría en todos los sectores y regiones, recogiendo en imágenes la imagen de la patria; una producción documental que resultara búsqueda de expresión y testimonio, reflexión, proposición, y entrenamiento para cineastas, jóvenes que asaltaban el instrumental y la realidad improvisando y comenzando, en tan riesgosa práctica, a ser de veras; un dibujo animado que resultó vanguardia del diseño y que, a más de servir a la niñez y la educación del gusto proponiendo otra imagen, resultó explosión creativa de tal naturaleza que se desprendió de su seno el primer grupo de cartelistas; y para el filme de ficción habíamos reservado, acepto que era un sueño, la incursión que nos llevaría a acercarnos a la cultura artística cubana que había alcanzado las más altas cumbres en la literatura, la plástica, la música y la danza. Se trataba, era nuestro proyecto, nuestra ambición, el reto que nos dábamos, no ya de abordarles desde otros códigos, desde otro lenguaje, sino de partir de esas cumbres, de aceptar el valor supremo del modelo. De la ambición de igualarles, y, si a alguien le fuese dado, superarlos. No creo en otro camino. Tengo la convicción, y creo necesario proclamarla en cada ocasión, de que las nuevas generaciones de intelectuales en formación tendrían que seguirlo. Esto supone que el punto de partida será siempre el más alto, el más logrado, el más complejo, el que mayor rigor exige, el que más completa formación supone. El que rechaza confundir el acceso a las tecnologías o al aparataje con la cultura o la magia poética del arte. Igualar en el punto medio o bajo no es construir el futuro, es impedirlo. No se trata de copiar, de ajustarse, de quedar en la cumbre; se trata de acceder a ella, para volar en cualquier dirección y, mejor, distinto, más alto, con otro giro, enriqueciendo sin tregua nuestro acervo.

Afortunadamente, puedo expresar en este día otra convicción, la de que algo ha sido logrado, y de que el cine cubano, devenido movimiento artístico, ha alcanzado, en sus protagonistas y obras, momentos, realizaciones del más alto nivel artístico, inscritos ya como parte de nuestra cultura y que entre esas cumbres modélicas, a que he venido refiriéndome, pueden situarse.

Debo subrayar que han sido y son, precisamente, los cineastas más cultos, los que alcanzaron previamente formación más compleja y rigurosa, los mejor informados, los más sofisticados y refinados, los que han dado obras mayores.

La ignorancia y el simplismo, la vulgaridad que les acompaña y crece en su sombra, esa vulgaridad chusmera que ensucia cuanto pisa, enemigos involuntarios pero eficaces del espíritu revolucionario, renovador, son, también, enemigos no tan involuntarios de la cultura y el arte, que les pone en evidencia. Existen. Y en lo que al cine respecta, pueden ser y son un componente del público. Es tan amplia la audiencia del cine que, como se sabe, se acerca, a veces, a la composición de la población. Es por eso, y con razón más evidente, que, sin densidad intelectual, sin ese compromiso que entrelaza pasión y creatividad artística y eticidad, no resulta posible al cineasta evitar el riesgo de lastimar su poética, su propia obra, ante la exigencia presionante de ese sector del público que busca sumido en la mediocridad retroalimento a la banalidad simplona.


IV. Ese cubano que será sorpresa deslumbrante (el criollo soñado) El criollo que soy, el de mañana, aquel que sueño en el espejo, que no será seguramente un símil, que será una sorpresa deslumbrante de jóvenes que piensan y se exigen, que buscan en su ser valores nuevos, que descubren tesoros infinitos en el saber que les revela mundos, espacios, áreas de la realidad desconocida, desconocidos rostros de su hermano, rostros que por millones le reclaman en infinitos espejos reflejados. Tantos, que el número no alcanza para fijar lo igual en lo diverso. Esa diversidad del ser que no termina, que por diversa dignifica diciendo al hombre que no es oveja clonada o repetida, que es ser humano y, por humano, él mismo, otro.

Ese otro que será, que acaso no veré pero que amo, que en pequeña medida, tan pequeña que borrada será de la memoria, resultará también mi obra, la de ustedes, la de todos los que amasamos levadura, seguros de que tendrá forma y prestancia, que forjará a su modo los sueños que soñamos. Profetas de ese ser que va surgiendo, orgullosos seremos, ya soy, de tales manos, de esas manos que tendrán que amasar su propia levadura.

No soy neutral. Seguro es que me siento, de que ese, el hombre nuevo que desde el proyecto del socialismo va forjándose, no será otro que el cubano ideal de que he venido hablando, el criollo integral, que apoyará su rostro de pensador activo en las cumbres más altas de nuestra cultura, que es memoria y manantial identitario.

¿Y si fuese un cineasta ese criollo, criollo de verdad, que andamos esperando, más allá del relajo, del "resolver", del choteíto, un reflexivo, un poeta, un analista, crítico, estilete, escudo, constructor, combatiente, visionario, pasional, repleto de amor y de ternura?

Entonces ..., seré feliz.

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Agradezco profundamente el Premio Nacional de Cine que me ha sido conferido y la unanimidad del Jurado, otra y valiosa distinción. No he podido agradecerlo mejor, no sé hacerlo de otro modo, que entregándoles con estas reflexiones el núcleo de inquietudes que me alientan a luchar y a veces me entristecen.

Gracias una y mil veces; ustedes, con vuestra amistad, con este acto, borran esa última afirmación e incitan a ese combate en defensa de nuestra cultura, de nuestra identidad cubana, de su esplendor.

Gracias a Roberto Fernández Retamar, poeta mayor, gracias por su amistad, amistad que recorre nuestras vidas. Gracias por existir y permitirme admirar al poeta, al ensayista, al ciudadano.

Palabras de Alfredo Guevara, Presidente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en ocasión del acto de recibimiento del Premio Nacional de Cine, y del Aniversario 44 de fundación del ICAIC, Cine Charles Chaplin, 24 de marzo, 2003.
 

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