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Conversación con Alfredo Guevara
ANDANDO SE QUITA EL FRÍO

 
Recibe el Presidente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano el Premio Nacional de Cine. “El cine cubano no es obra mía, es resultado de los creadores que han marcado su existencia y en ella momentos de inmenso valor.” “Los artistas, los creadores, tendrán decires proféticos, esperanzadores, alucinantes, reveladores...”


Hilario Rosete Silva y Julio César Guanche|
La Habana


Hacia las once de la mañana, cuando la nubosidad comenzaba a incrementarse, llegamos a las oficinas del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. La temperatura en la calle coqueteaba con los 30 grados, pero en el despacho de su Presidente marcaba unos diez puntos menos. Horas atrás, Alfredo Guevara, otrora presidente del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), había anunciado las líneas temáticas de la próxima edición del evento. Sin embargo, no para abundar en ellas veníamos a verlo. Queríamos entrevistar al Alfredo entendido en cine, pero también al hombre, al revolucionario, al intelectual versado en temas de cultura cubana. Pensamos que iba a ser así, pero erramos el tiro. Alfredo prefiere responder él, por escrito, los cuestionarios de las entrevistas. Según nos dijo, cuida su estilo y preserva de reinterpretaciones a la historia de la cual se sabe partícipe. Nos recibiría, claro está, para conversar, y luego nos enviaría las respuestas. Así entramos a su “oficina-freeze”, le extendimos la lista de preguntas y permanecimos expectantes. Habíamos sido puntuales,  estábamos informados sobre su vida y obra, pero su petición-advertencia nos mantenía cohibidos. No sabíamos qué hacer, si tomar notas, si encender la grabadora..., cualquier acción podría intimidar, limitar o incomodar al autor de  Revolución es lucidez. Mientras su mirada repasaba el “pliego de demandas”, la nuestra detallaba el despacho. Tres mesas  breves, con tablas de mármol y patas de madera preciosa. Tres lámparas eléctricas, con pies dorados y pantallas verde-limón. Tres sillas, todas diferentes. Tres pedestales con réplicas pequeñas de un cinematógrafo, un David y un vaso de cristal. Tres cuadros: un juguete de Ángel Acosta; un interior de Amelia Peláez; y un Martí de Cabrera Moreno. ¿Algo más? Sí. Una pesada vulva de mujer, tallada en piedra, abierta de “clítoris en par”, armarios, gaveteros, teléfonos, papeles y una potente máquina de aire acondicionado metiendo ¡mucho frío! Al final, insistencia y benevolencia de una y otra parte, Alfredo nos permitió grabar las reflexiones que le provocaban la primera lectura de nuestras preguntas. Tiempo después, para el aniversario 80 de la revista Alma Mater, el Presidente del Festival consideró nuestra “interpretación de los hechos” y en 24 horas consintió en que publicáramos una síntesis de aquella conversación (Un hombre de cine y de guerra) que así apareció publicada en la revista universitaria. Hoy, con motivo de la entrega del Premio Nacional de Cine a este destacado intelectual revolucionario cubano, La Jiribilla publica, por primera vez íntegramente, el fruto de aquel encuentro.

–La pregunta sobre una definición del filme El brigadista, vertida por él años atrás, le hizo evocar su réplicAl primero

a a otra interrogante. Esta se la formuló Ariel Felipe Wood, su asesor en la presidencia del Festival, al entrevistarlo para Cine Cubano tanto a él (a Alfredo), como a Omar González, en ese orden, directores saliente y entrante del ICAIC. “Con palabras de sabio —le recordaba Ariel Felipe a Alfredo Guevara— Omar ha dicho que no pretende ocupar su lugar, sino continuar su obra, la obra de todos los que trabajamos para el cine cubano. Supongo que hayan conversado suficiente.” Ahora Alfredo Guevara comparte con La Jiribilla la respuesta. Se vale de una versión impresa por computadora, con enmiendas manuscritas en tinta, de su puño y letra, a ratos indescifrables para él mismo, para su secretaria y para nosotros.

–Eso dice Omar —lee Alfredo—. Lo comprendo. Agradezco su inmensa, inagotada gentileza. Gentileza probada en estos meses que, por de transición, serán los más difíciles. El cine cubano no es obra mía. Es resultado de los creadores que han marcado su existencia y en ella momentos de inmenso valor. Unas veces por útiles, otras, por definitivos. Lo que ha sido útil, aun  perecedero en otras circunstancias, acaso nuevas y distintas o más complejas, y para generaciones intelectualmente mejores formadas e informadas, merece, creo, de todo modo, el mayor respeto. La obra excelsa, Titón, Humberto Solás, Santiago Álvarez, Manuel Octavio Gómez, y los que acaso alcancen ese rango, por igual razón respeto merecen. Obra y personas son ya parte de nuestro patrimonio espiritual, de la cultura cubana que es la patria, testimonio de identidad. La basura-basura, basura se queda, aunque hay por ahí basura global con intérpretes de tanta calidad, que aún si en la basura... ¿? la harán durar. Esa es la obra. Útil, maravillosa o torpe. No de alguien, de todos. De los creadores.

Quiero decir —dice Alfredo apartándose de la lectura—, que divido las obras de arte en útiles y en definitivas. Pero respeto la obra útil. En su circunstancia. Ahora, cuando pasa el tiempo y el espectador es más maduro, la obra útil es pieza de arqueología.

Todo será distinto —continúa la transferencia desde el original de Cine Cubano para La Jiribilla—, porque siempre es distinto todo. Por fortuna, y pese a las gentilezas de Omar, todo irá cambiando, porque los artistas, los creadores, sería muy triste que así no fuera, tendrán decires inesperados, retadores, proféticos, esperanzadores, alucinantes, reveladores... Si rutinarios, complacientes o de oportunidad, sería el desastre. No será así. No obstante, conviene subrayar que la Asociación Nacional de Mediocres y su sección Oportunistas, la más peligrosa, está alerta y accionando. La mediocridad es una condición involuntaria. El oportunismo es una acción calculada. Su combinación, una maldición. Satán los dirige y suelen tener éxito. Estaban exhaustos y a la defensiva, aunque de cuando en vez y de vez en cuando, se sentían sus estocadas. Estocadas sí, pero tan fétidas que no lograban su objetivo. Omar, por favor, no continúes la obra de todos que Ariel, el entrevistador, me echó encima. Mejórala. Asegura que esta estructura, buena o mala, y mejor si mejorada, sirva a los artistas, a los creadores. Qué hacer entonces con los impostores, y son tantos, eso es asunto tuyo, de Omar.”

–Y vuelve Alfredo sobre la pregunta.

El brigadista, “síntesis de un modelo y una aspiración para la juventud”, es una obra útil, pero  no es una obra de arte. Son dos cosas distintas.

Nuestro cuestionario le parece serio. Carece de preguntas tontas como las clásicas: “¿Por qué usted usa el saco por encima de los hombros, por qué nuca se le ve en guayabera?” “Si me pongo una —ha dicho— y salgo a la calle, pensaría que olvidé las maracas.” Alguien aseguró: “Lleva el saco así porque tiene un defecto en los hombros.” Es la manera con que el público se desquita de ciertas fobias.

–El mismo caso de José Antonio González, que fue director del Centro de Información del ICAIC, hombre apuesto, conductor de un programa de la televisión de gran popularidad. Llegaron a decir que tenía un ojo de vidrio.

–Más adelante se detiene en “cómo entender desde el socialismo la cuestión del poder”. Y otra vez entronca con una pregunta —y su respuesta— de la entrevista para Cine Cubano.

-¿Qué consejo les puedo dar yo a los artistas? No creo que mis consejos sirvan ya de mucho. El poder que se ejerce, o que se ansía, o que se abandona, o que se pierde, es fuente de espejismo que no me atañe. Es tan frágil el poder. Deforma tanto a veces a sus protagonistas que en realidad cuando esto se produce, aquellos dejan de saber quiénes son. No es mi caso. No solo porque desde mi voluntario apartamiento no tengan mayor interés esos consejos que no serán dados, por pudor, prudencia y pulcritud. También porque a los artistas de cine en particular, los consejos suelen aburrir, y a los artistas en general, no interesar. En cambio, confieso que ahora me digo, tanto, tanto y tantas veces, que reflexiono con tan mayor serenidad en cuanto me interesa, sin que me perturben guiones geniales, absurdos o banales, o teóricos, engolados y ampulosos, rimbombantes o plenos de equilibrada objetividad, que la frase liberado cobra dimensión muy especial. Soy un producto liberado. Es divertido el juego, y me encanta gozar la clasificación de Angelopoulus, que, refiriéndose al cine y a los cineastas, los divide en artistas y hacedores de cine. En las organizaciones socio-ceremoniales todos conviven. Qué alivio no tener obligaciones de ese carácter. Nadie entendió, de entre aquellos a los que estaba dirigido, el consejo que desde el poder me atreví a dar y que hasta donde pude apliqué: respetar al artista, expulsar al fariseo.

Recuerdo a Armando Hart —deja de leer y reflexiona en alta voz—. Él decía “a mí no me avergüenza, yo quiero el poder. El poder para hacer cosas”. Es una opinión limpia. No se debe “satanizar” el poder. Solo debemos cuidarnos de él cuando lo ejercemos. Hay un problema ético muy serio, relacionado con la dependencia de muchas personas de tus decisiones. Ha sido intensa mi lucha en los últimos nueve años dentro del ICAIC para no ser censor en circunstancias particulares. Debí dedicarme a analizar un mismo guión, a veces cada quince días, a lo largo de un año, siguiendo como regla no cambiar nada hasta convencer al director. Se trata de convencer, no de imponer. Todos los políticos debieran tener una formación que les permitiera hacer política. Hay una diferencia entre hacer política y dirigir. Sin una formación integral, nadie debía tener derecho a dirigir. Esta permite comprender la compleja realidad circundante y cambiante, ante la cual es preciso tomar nuevas decisiones.

–El uso del término “acaso” es una de las constantes en la escritura —y el pensamiento— de Alfredo Guevara, lee en nuestro cuestionario el autor de No es fácil la herejía.

–La afirmación a rajatablas es un disparate comenta Alfredo. Yo creo en dos cosas —es una convicción total—: en el matiz y en el valor de la ambigüedad. La ambigüedad no es sinónimo de indefinición. Cuando creamos haber obtenido todo de una primera lectura, en realidad habremos alcanzado bien poco, porque no daríamos lugar a una interrelación. En algún lugar he puesto ejemplos de mi propia experiencia. He leído  varias obras de Thomas Mann y de Marguerite Yourcenar, por citar solo dos autores, ni se sabe cuántas veces. Y no es por disciplina, sino por deseo propio. Cada seis o siete años las releo. Y siempre descubro un matiz. Siempre es distinto. Porque igual yo soy distinto. Antes de escribir un trabajo de alguna envergadura, acostumbro leer a José Martí, aún tratándose de textos que, porque me apasionan, haya leído en múltiples  ocasiones. Lo hago como para “entrar en cancha”.

–A propósito, Alfredo Guevara, “sin ser católico”, reconoce sentirse muy cercano a la forma en que otro gran intelectual cubano, Cintio Vitier, aborda el pensamiento y la personalidad de Martí. Entonces hace un alto en la charla, y se para frente al cuadro del Apóstol pintado por Cabrera Moreno. Colgado en la pared del fondo de la oficina, le sirve de ángel guardián.

–En este lienzo, al cual adoro, nos muestra a un Martí no habitual. Aquí afloran toda su belleza y nobleza interiores. Y luego, está envuelto en tantos hálitos y matices... Siento que es el retrato del Espíritu de Martí. Es muy difícil fotografiar un alma, pero aquí Servando lo consiguió: están pintadas el alma de José Martí, su riqueza espiritual, y el coraje que necesitó para ser bueno por encima de todo.

–Los caminos de la comunicación son un enigma. El análisis conduce al tema de la herejía. Aunque pospone la respuesta amplia para la entrevista, cuenta una vivencia de sus días en París —en calidad de miembro del Consejo Ejecutivo de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en los años ochenta— que sirve de anillo al dedo.

Aunque no me gustaba ser embajador, la estancia tenía su contrapartida positiva: me daba la posibilidad de “reciclarme”, de estudiar mucho, de escribir. Y descubrí algo misterioso. Desde el punto de vista de la información, llevaba una vida intelectual de rutina. Al pararme frente a los estanquillos de revistas y periódicos parisienses, pequeñas tiendas donde se ofrece prácticamente de todo, siempre compraba lo mismo: Le Monde, The Herald Tribune, Architectural Digest, Connaissance des Arts y L’Object des Arts. La diversidad inmensa me producía satisfacción, mas no porque yo fuese su fiel consumidor. ¿Qué era entonces lo que yo añoraba a causa de su falta en La Habana? ¡Que existiera! Desde luego, esta ciudad (La Habana) está recobrando la diversidad. Amén de no contar con el transporte adecuado, ya recupera su carácter cosmopolita en actividades y espectáculos. Aunque uno se ausente de ellos, es un alivio saber de ese restablecimiento.

–La plática se adentra en el terreno del rescate de las tradiciones en nuestra capital.

En un momento de escasez anterior al período especial, llevamos a cabo una experiencia en varias tiendas de La Habana. No había productos, y decidimos exponer ciertas piezas de museo y obras de arte en las vidrieras de la calle San Rafael, para lo cual reclamamos la participación de los artistas en la reparación y acondicionamiento. La gente, el pueblo, respondió. Empezó a ir a ver las vitrinas de forma masiva. Yo no recuerdo exactamente la fecha (se trata del proyecto conocido como Bulevar de San Rafael, materializado a finales de los años setenta).

–La mala memoria de Alfredo para las fechas fue reconocida por él en una conferencia de prensa en el Hotel Nacional de Cuba. El Presidente del Festival recordó un capítulo de nuestra Historia y del centro turístico: el combate con los oficiales del ejército  de Gerardo Machado amotinados allí (octubre de 1933). El hecho fue enfrentado por Antonio Guiteras  como Secretario de Gobernación del gobierno provisional (septiembre de 1933-enero de 1934) sucesor de la Pentarquía (4-10 de septiembre de 1933). Pero el cuartelazo de Batista (enero de 1934) traicionó los sueños libertarios y cerró el aro de persecución contra Guiteras: el luchador antimperialista fue asesinado (mayo de 1935). Los redactores revivimos una posterior tirada de Alma Mater, aún en la época prerrevolucionaria, en cuya portada aparecía una foto del mártir, y un titular: “Este es el hombre (Batista) que mató a Guiteras.” Entonces Alfredo, a su vez, resucitó la trampa de la cual fue víctima.

Sucedió días antes del otro cuartelazo batistiano, el de marzo del 52. Dos hermanas con sus respectivos novios me invitaron a comer pollo frito en algún lugar de La Habana. Salimos en el carro, y de buenas a primeras estábamos en Kuquine, la finca de Batista. “Pero, ¿qué es esto?”, les dije. “No te preocupes”, se apuraron en tranquilizarme, “es cosa de una de nosotras, es un momento, ni siquiera es preciso bajarse”. Mas pronto desaparecieron todos, me quedé solo, y salió Batista invitándome a sentarme con él en la terraza. “¿Qué va a suceder aquí?”, pensé, “¿qué me va a pasar?” Y empezó a hablar. Y yo, a observarlo. Su rostro tenía algo de asiático, cierto aire de un raro mestizaje. “Es un mayoral de Malasia”, murmuré para mis adentros. Comenzó a sondearme. Opinó sobre lo que para él sería el futuro de Cuba y dio a entender su regreso al poder. Yo me animé a discutir un poco. Él me aseguró ser la única persona con soluciones para la crisis económica y de repente me propuso el liderazgo de la juventud en su Partido de Acción Unitaria. (Ya en 1951 se decía que las campañas del PAU estaban encaminadas a justificar un golpe de Estado dirigido por Batista.) Entonces sobrevino lo difícil. Sin saber cómo salirme de aquello, respondí: “La vida a veces es injusta con los hombres. Tal vez mis prejuicios con usted no sean justos. Pero mientras yo no tenga claro cómo fue la muerte de Antonio Guiteras, me sería imposible aceptar su propuesta.” Unos minutos más, y como mismo apareció, desapareció. Se presentaron mis amistades. Les recordé a todos sus progenitores (con otras palabras), y nos fuimos de allí. Tiempo después, Raquel del Valle, una bella joven que había sido dirigente estudiantil en el Instituto de La Habana, donde yo estudié, y cuya casa daba por el fondo al campamento de Columbia, hoy Ciudad Libertad, me llamó por teléfono: “¡Batista está entrando! ¡Avísale a quien puedas!” Era el golpe de Estado.

–Los siguientes recuerdos sobre lo ocurrido ese día fluyen cual guión cinematográfico.

–Al primero que avisé fue a Flavio (Bravo), el dirigente de la Juventud Socialista, para que a su vez le avisara a sus camaradas. Con la misma, vine para El Vedado, yo estaba en el Cerro, y seguí avisándole a los compañeros de la universidad. De ahí me fui para lo de Max Lesnik, detrás del hotel Packard. ¿Cómo? ¿Qué vamos a hacer? Según las primeras noticias (Rolando) Masferrer, en postura antibatistiana, se había colado en la universidad, el lugar natural que debimos originalmente copar nosotros. Pasados unos días, me fueron a buscar a mi casa y me metieron en la cárcel. Fui uno de los primeros detenidos. ¿Cargos? Ninguno. Todos los “agitadores” universitarios que pudieron localizar fueron “recogidos”.

– ¿Y qué hay de las personas que sitúan el altoparlante en la universidad cuando en las jornadas posteriores al 10 de marzo ya la Colina está en manos de otra generación de la FEU, “la gente de José Antonio”? ¿También ustedes estaban allí?

–Yo no, Max y otros compañeros, sí. Pero se opusieron a mi entrada en la universidad por la presencia de Masferrer. Yo me quedé en casa de Max, que era el secretario general de la juventud ortodoxa. El problema con Masferrer era grave. Ya en 1948 él había intentado matar a Fidel, por eso decidimos esconderlo allí, en la casa de Max, paradójicamente hasta ese instante Fidel estuvo en el lugar más cercano al MSR (Movimiento Socialista Revolucionario), la organización de Masferrer, y después salió de Cuba, y luego nos encontramos en Bogotá (Fidel y Alfredo son protagonistas de El bogotazo, verdadera revolución popular ocurrida en abril de 1948, en Bogotá, Colombia, a raíz del asesinato del jurista y dirigente político Jorge Eliecer Gaitán). Por aquellos años, en nuestra relación, Fidel era el impetuoso y el de audacia infinita, y yo era el moderado, siempre tratando de controlarlo. Fue una época muy enredada. La pugna con Masferrer era antigua. Él procedía del viejo Partido (Comunista). Junto a (Joaquín) Ordoqui, era de la tropa de choque del Partido. En el gran lío aquel (del Teatro Principal) de la Comedia están involucrados los dos. Después del golpe de Estado, cuando Masferrer se había pasado a Batista y era ya un monstruo (Los tigres de Masferrer), siempre debió haberlo sido, le infiltré un agente en su casa y supe que en el aniversario de la Revolución de Octubre se encerró con su grupo íntimo y cantaron La internacional. ¡Estamos ante locos! No cualquiera estuvo allí. Uno de ellos fue Chito Enríquez, tal vez vive aún, hijo de una personalidad dominicana (Cotubanaba Enríquez) del grupo de Juan Bosch. Chito y yo éramos íntimos amigos. Nosotros estamos vivos de milagro, bueno, y de milagro y por coraje en el caso de Fidel.

–Fue un momento complejo. Hubo gángsteres que murieron en marzo del 52 enfrentados a Batista.

–Gángsteres de estos hubo muchos. Recuerdo que antes de Batista, cuando lo de la campana de La Demajagua, Fidel se fue para Manzanillo y yo debí quedarme en La Habana consiguiendo armas. Contacté a varias personas. Masó, descendiente de Bartolomé, me llevó a ver a Jesús González Carta, El extraño. Al llegar al lugar sentí un miedo intenso, y al mismo tiempo no sabía si echarme a reír. Aquella simple casa, en altos, de la calle San Lázaro, no solo era un cuartel. También tenía un gran salón lleno de banderas, y ¡un trono! Y en el trono estaba sentado González Carta, un gángster, uno de los grandes asesinos de la época. ¡Qué locura! ¡Seguro que era un psicópata!

–La Historia suele ser fascinante y descabellada al unísono. Alguien ha señalado como una de las causas del gangsterismo en la universidad, la frustración, la desesperanza, el sentimiento de derrota con que vuelven ciertos partícipes de la Guerra Civil Española, marcados por la cultura de armas.

–No me atrevo a asegurarlo. A mí me tocó conocer a “monstruos nativos”, no habían estado en la guerra de España. ¡Nacieron monstruos! (Raúl) Roa hablaba de los canallas orgánicos, de nacimiento, distintos de aquellos que habían sido vapuleados y resentidos por la vida. ¡Cómo pondría Roa esas tribunas abiertas de hoy!

–Usted ha dicho que Raúl Roa estaba olvidado.

–Sí. Su figura merecería una atención interesada. Afirmativa. Es “instrumentalizable” por la juventud. Tiene mucho encanto. Es un ser movilizativo, es la Revolución con gracejo cubano. Les cuento una anécdota, aunque nos vayamos del tema, vivida por mí. Llega Roa al MINREX, como Ministro, y se reúne todo el personal de dirección heredado (por el Gobierno Revolucionario). En el pasado, en las cancillerías del mundo es así, los jefes de direcciones tenían categoría de embajadores. Y se aparecieron con sus bandas y atuendos. Y él, entre otras cosas,  exclamó: “Debo decir algo: aquí se ha acabado el protocolo y ha llegado el protoculo.”  Los más viejos se miraron, se retiraron, y creo que se ahorró botarlos. Debieron irse para sus casas a hacer las maletas y largarse a Miami. A (Osvaldo) Dorticós lo volvía loco. Dicen que en una conferencia de la OEA, probablemente en Punta del Este (Uruguay), estaban juntos en un balcón. Pasó un canciller. Roa le gritó alma mía y luego se agachó. Dorticós, tan serio y tan encartonado, se quedó solo dándole la cara al aludido. Eran cosas así, como lo que hizo en Panamá. Después de decir horrores y lanzar veinte acusaciones citó unas palabras de la Biblia, bajó del podio, se detuvo, regresó y dijo ante el micrófono: “¡Amén!” Era una persona rodeada de una aureola muy particular.

–Se debe tener mucha seguridad en sí mismo para actuar así. Y luego, una sólida formación. Deberíamos conocer mejor a Roa, a Pablo de la Torriente y a Rubén Martínez Villena. Hace un tiempo Fernando Martínez Heredia publicó en La Gaceta de Cuba unas cartas, hasta entonces inéditas, cruzadas entre Pablo y Roa, que hablan mucho de sus caracteres, del desenfado con que se trataban a sí mismos y abordaban los temas más serios.

–Roa es capaz de tocar los temas más serios con su proverbial picardía criolla. Le he estado pidiendo a Raulito Roa (su hijo), el libro Historia de las Doctrinas Sociales (1949) escrito por su padre, mi ejemplar no sé por qué desapareció. Esa fue la asignatura de Roa padre como profesor de la Universidad de La Habana. La obra es extraordinaria. En aquellos años el carácter autónomo de la universidad era importante, decisivo en la cultura. Yo fui a estudiar Ciencias Sociales gracias a él, pero terminé solo Filosofía. Las clases de Roa eran un problema para los demás profesores. Venía a oírlo toda la universidad. Terminaba el turno y se quedaba en la escalera de la Facultad de Derecho diciendo todo lo que le parecía.

–Si nuestro anfitrión no nos despide pudiéramos echar en su oficina el resto del día, aún sin almuerzo. Por su propio peso la charla declina, se distiende. Los redactores se interesan por la estatuilla de David colocada a la izquierda del Martí de Servando.

–Es una cortesía de Eusebio Leal. Se la trajeron unos estudiantes italianos, de Florencia. Tengo un libro donde, es muy interesante, aparecen las fotos de los moldes de barro cocido, utilizados para el vaciado de la famosa estatua de David, hallados en unas excavaciones. Me he dedicado a observar el juego de piezas. Algo maravilloso, lo más cercano al supuesto original empleado por el artista.

–Y este cuadro de Acosta León (especie de máquina-juguete, de pájaro depredador dotado de ruedecillas), ¿lo conserva por algún motivo?

–No. Primero, me gusta; pero, además, fue el único que no pudieron llevarse cuando me robaron, porque fue pintado sobre la tabla. Los otros los desmontaron y los tiraron por una ventana. Había alguien abajo recogiéndolos.

–En algún lugar usted se ha referido a uno de los cuadros eróticos de Servando Cabrera que colocó, como provocación, detrás de su escritorio...

–Es un cuadro muy sensual, muy bello. En un momento iba a ser la portada de un número de una revista. Pero alguien tomó la decisión de quemarla, ya impresa, antes de entrar en circulación. Servando vino a verme, destruido por el incidente. Entonces le pedí el cuadro y lo puse en mi despacho. En esa época visitaban asiduamente mis oficinas Fidel, Raúl y otros compañeros. Dejé que lo viera y lo celebrara todo el mundo. Y llamé a la persona, no voy a decir el nombre, y le dije lo que ustedes podrán suponer. Al final el autor me obsequió el lienzo. Años después, de visita en mi casa, interesado por el estado de los cuadros, por las particularidades de cada pintor y por su técnica, reconociendo las telas ya conocidas y preocupado por su seguridad, Fidel quiso volver a ver precisamente esa pintura.

–El amigo inseparable de la conversación ha sido el frío. Alfredo Guevara pone el aire acondicionado a todo tren y se mantiene como si nada en mangas de camisa mientras sus interlocutores tiritamos y corremos al baño en más de una ocasión.

–Esta temperatura me hace sentir bien. Estando en París rara vez usaba abrigos. Y en Praga paseaba por la calle con unos cuantos grados bajo cero ligeramente arropado. No por mucho tiempo, porque las orejas se le hielan a cualquiera. Luego, yo que casi no bebo, en la zona de Karlovy-Vary (en la actual República Checa), donde alternadamente con Moscú (Rusia) se celebraba el Festival de Cine, había un aperitivo, un licor de hierbas, Becherovka, muy amargo, tomarse un poco y salir al frío era... En La Habana lo descubrí en El Tocororo. En España los gallegos tienen algo parecido, el Orujo, también de hierbas. Lo hay dulce y amargo. No sé si me gustan las hierbas. Me acordé por el tema del frío. En Cuba no se puede pensar en esto. Hay que esperar a los inviernos de verdad, y esos ocurren poco. ¿Ustedes prefieren el calor? Yo les advertí (cuando fijó la cita). Debieron venir preparados. Bueno, voy a pedir que bajen el aire, pero ¡un poquito nada más! La próxima vez se abrigan mejor.

–Así quedamos, preparando los sobretodos y gorros de frío para la próxima vez. Al salir a la calle el reloj marca las tres de la tarde: nuestro primer diálogo con Alfredo Guevara clasifica como “de larga duración”. El cielo está nublado. Sopla una brisa fresca. A lo lejos, la mar se ve tranquila. Bien pronto una tormenta eléctrica azotará  La Habana hasta el anochecer. ¿Pensará Alfredo Guevara que con la publicación de este trabajo ya no tiene que contestarnos el cuestionario que le entregamos aquel día?


 

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