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EL AJEDREZ Y EL DOMINÓ
 
Yo amaba el ajedrez, pero sabía disfrutar el dominó a la cubana y pasaba con naturalidad del tablero de sesenta y cuatro casillas, poblado de peones, caballos y alfiles erectos, a la mesa donde se revuelven y conectan las fichas acostadas, bocabajo y bocarriba, entre sapos vociferantes y buches de ron.


Abel Prieto |
La Habana


Mamoncillo declaraba dondequiera que fuese necesario que el ajedrez no le gustaba en lo absoluto, "porque te aburre", decía, "y te pone el cerebro caliente", eso decía, y se acariciaba la cabeza redonda, de Pelo Bueno, y pasaba a elogiar el dominó como el mejor regalo que nos han hecho los dioses para nuestro sano esparcimiento. Eso era más bien retórica: aunque practicó el dominó desde muy niño, no disfrutaba a fondo del juego, como sí lo hacía su padre, Ñico Laferté, y los socios del barrio de su infancia y los otros socios de los barrios sucesivos que le fue dado conocer. Su dispersión no lo ayudaba: no podía seguir el hilo de los partidos ni retener en la memoria las informaciones básicas ni orientarse en medio de la trama para elegir la ficha correcta.

En el primer año del Pre, durante unos meses, Freddy creyó encontrar en el ajedrez un Adelanto respecto al dominó y trató de memorizar algunas aperturas y extraer toda la savia de un librito que le prestó Marco Aurelio (Últimas lecciones, de Capablanca) y hasta se dejó ver un par de noches en el salón penumbroso del Club Pablo Morphy. Fue derrotado sin piedad muchas veces y prefirió volver al dominó, que lo aburría también, aunque un poco menos, y no lo hacía pensar tanto y se juega en pareja, en medio de gente que bebe ron y opina y habla a gritos, y la derrota se comenta ruidosamente, pero se disuelve y olvida con más rapidez: no queda en el Alma Razonable como la cicatriz quemante y silenciosa de la derrota en ajedrez. Además (seamos justos), Mamoncillo se anotaba en el dominó algunas victorias, gracias al azar y al apoyo de un buen compañero, y esta era una opción que el ajedrez no podía ofrecerle.
Marco Aurelio, el Pequeño detestaba el dominó a la cubana. El juego en sí le resultaba interesante, porque veía en él una relación entre el azar y la astucia más intensa que en otros muchos juegos y similar, a su juicio, a la que se entreteje en la Vida Verdadera o Ficticia de los hombres. Pero no soportaba ni diez minutos ese estilo cubano que hace del dominó un torbellino de bromas, pullas, fanfarronerías y amenazas burlonas. Le parecía funesto, lamentable, capaz de afectar la concentración de los jugadores y el dramatismo de las situaciones.
Rechazaba, pues, en el dominó, lo que atraía en él a Mamoncillo, y cometía a mi juicio un grave error de apreciación, y ese punto lo discutimos más de una vez. El dominó a la cubana no solo incluye cuatro jugadores activos, sentados en torno a una mesa, y (en su variante occidental) cincuenta y cinco fichas de madera: requiere además un número indeterminado de "sapos" que esperan su turno y se dedican a comentar cada jugada y a contestar y parodiar los comentarios de los jugadores activos, y ellos, los sapos, y sus acotaciones, son tan imprescindibles para el juego mismo como el coro para el antiguo teatro griego.
En Cuba no es posible separar (como hubiera querido el Pequeño) la energía física e intelectual que se moviliza en torno a las reglas del dominó y a su puesta en práctica por los jugadores activos, de la que se despliega en el ejercicio oral de los propios jugadores activos, en sus palmadas, repiqueteos y explosiones, y en el aporte de los sapos. Mamoncillo comprendía mejor lo esencial de ese juego-fiesta-espectáculo que es el dominó a la cubana; aunque sé que Marco Aurelio, con los años, fue acercándose a una comprensión superior del mismo y le entregó, incluso, algunos domingos de su madurez.
Hay que tener en cuenta que los signos, esquemas y concepciones del ajedrez habían entrado muy tempranamente en la vida de nuestro Marco Aurelio y se habían acomodado en el centro mismo de su Alma Razonable, desde donde enturbiaban y hacían difícil una aproximación sin prejuicios a otros juegos de distinta naturaleza.
El intento de promover entre nosotros un ajedrez a la cubana no tuvo éxito, no podía tenerlo. Era una herejía, un engendro artificial condenado a extinguirse, un mestizo inauténtico, hecho a pedazos, como Frankenstein, que no se había gestado en el intercambio de nutrientes de donde nacen los mestizajes robustos del Caribe y el sobresalto del Gato Volante; sino por regodeo en el bullicio (sin gravitación ni volumen), por lo más frívolo del temperamento nacional, por mero afán carnavalesco de una minoría empeñada en disfrazarse de "popular".
El Pequeño declaró un boicot total a aquella aberración y contribuyó modestamente, con el apoyo unánime de la Piña, a su rápido destierro del Pre y de sus alrededores y del Círculo Social Jesús Menéndez y del Club Pablo Morphy, que abría sus puertas, como se sabe, junto al Anfiteatro de Marianao.
Yo odiaba tanto como Marco Aurelio el ajedrez a la cubana, y reconocía, como él, en el ajedrez propiamente dicho, un espacio sagrado que no es juego ni ciencia ni deporte, sino una instancia simbólica, casi religiosa, donde el hombre reproduce en un espacio mínimo, en un tiempo misteriosamente apretado, sus luchas, sus tormentos, sus aptitudes para el ataque y la fortificación, su batalla cotidiana frente al enigma de la muerte y frente a todos los demás enigmas que le ponen delante la casualidad, el Hado o la Voluntad Divina. Yo amaba el ajedrez, pero sabía disfrutar el dominó a la cubana y pasaba con naturalidad del tablero de sesenta y cuatro casillas, poblado de peones, caballos y alfiles erectos, a la mesa donde se revuelven y conectan las fichas acostadas, bocabajo y bocarriba, entre sapos vociferantes y buches de ron.
Hoy (por desgracia) se ha alejado de mí la diosa enigmática, de labios finos y ojos entrecerrados, que protege a los ajedrecistas, y solo me acompañan los dioses báquicos del dominó, desordenados y soeces. Sigo practicando el dominó a la cubana, aunque con menos gusto y destreza que en mi juventud: el ron, hoy por hoy, no sazona el juego como un ingrediente pícaro; ahora (desde la Punta de Maisí al Cabo de San Antonio) el ron se ha instalado como un tirano sobre el dominó a la cubana y embrutece a los sapos y a los jugadores activos y va matando por exceso lo mejor del juego.
Qué lindo era deslizarse del tablero callado a la mesa riente y gritona, y viceversa, sin crisis ni complejos de Culpa: era como vivir dos vidas, como si el doctor Jekyll pudiera sentirse cómodo y feliz en su espacio hogareño, virtuoso y apacible, y salir (un día sí y un día no) por la puerta trasera y entregarse a las aventuras de Hyde y que esa doble vida no dañara su equilibrio ni el equilibrio del universo.
Yo podía hacerlo en aquel entonces porque mi ajedrez era distinto al de Marco Aurelio, porque yo prefería las aperturas abiertas, las que fundan un paisaje limpio para el choque de los ejércitos, un espacio despejado como una llanura, y ese campo de batalla se asemeja en cierta medida al del dominó.
Marco Aurelio el nuestro, el Pequeño, se sentía mejor en el juego cerrado, sombrío, de muchas piezas por bando, y su jugador más admirado era Bent Larsen.
Cuando Bobby Fischer (el Rey, el Grande entre los Grandes) empezó a ser el ídolo de los ajedrecistas de Marianao y del Vedado y de todas partes, el Pequeño siguió insistiendo en que el suyo era Larsen. Para entonces aquello sonaba casi a masoquismo, pues el Gran Maestro danés ya se perfilaba como un perdedor firme y seguro. Y no era una onda snob (nadie más lejos de ese tipo de ondas que Marco Aurelio), sino una excepcional afinidad con el modo de entender el ajedrez, con el planteo, la concepción del desarrollo de las piezas y de la partida que distinguían a Larsen por entre los demás.
Marco Aurelio detestaba los espacios abiertos, los parques, los estadios, y se sentía a gusto en las habitaciones de puntal bajo, poco ventiladas, y en barcitos penumbrosos y refrigerados, donde apenas bebía (a lo sumo un trago de ron muy aguado) para entregarse a sus meditaciones mientras escuchaba a retazos la cháchara de algún compañero de barra, conocido o desconocido, y permitía que sus ojos (el bueno y el malo) retozaran juguetonamente, sin traíllas, rozando a la ligera los bultos agazapados en la medialuz y recorriendo las vitrinas y las botellas y copas puestas en fila frente a él y los ingenuos ornamentos.
Esta tendencia se reflejaba en su estilo ajedrecístico: jugando con blancas, nunca abrió una partida con el eterno peón-cuatro-rey, la jugada más clásica y transparente, la más repetida en la historia, que conduce muchas veces a combates frontales, a cielo abierto, en medio del tablero, y al cañoneo de torres y alfiles de un punto a otro del descampado. Su apertura más querida era la inglesa: un peón-cuatro-alfil-dama que adopta una actitud lateral, equívoca, como quien prefiere observar de reojo al enemigo y esperar sus reacciones y retrasar el choque y ocultarse, asomando el alfil de rey en fianchetto. Con las negras, al inevitable peón-cuatro-rey, respondía el Pequeño con el súmmum de la cerrazón voluntaria, la Defensa Alekhine, en la que las blancas se apoderan alegremente del campo de batalla y las negras se dedican a tirar piedrecitas desde una concha y a preparar trampas mediocres y a maldecir, arrinconadas por la presión de las piezas del enemigo y por su propia vocación tanática.
No parecen propias de un estoico tales inclinaciones, teniendo en cuenta que tanto Epicteto, el Polaco como Marco Aurelio el Grande promueven un estado ideal de conformidad con la Naturaleza y un desasimiento limpio, definido, muy claro, frente al mundo exterior.
Ante un caso así, los psicoanalistas hablarían de traumas infantiles no resueltos, de añoranza por el claustro materno o por "la tumba húmeda y fría" de Poe, y Kardec y sus seguidores y los otros, los espiritistas heterodoxos y atrasados, de una presencia funesta junto al Pequeño, junto a Larsen, de una entidad peligrosa, vengativa, de un "espíritu obsesor" que se quitó la vida y no tiene paz ni Luz ni nada que se le parezca, y algunos sacerdotes del Atraso aceptarían la tesis del muerto maligno y otros no, y Marco Aurelio el nuestro defendería su propia interpretación: él era (todavía) un aprendiz; alguien que busca, tanteando, la quietud anímica de los estoicos, y en ese proceso quiere estar a solas con su Alma Razonable el mayor tiempo y con la mayor intimidad que le permitan sus obligaciones sociales y personales, y por eso se orienta instintivamente al caparazón, a la concha, al ajedrez de Larsen.
A mí no me convencía la tesis del aprendiz. Marco Aurelio, a mi juicio, estaba cerrando los ojos (el bueno y el malo) ante una zona demoníaca de su Alma Razonable, que debía hacer suya con plena conciencia y ayudarse de ella en el camino estoico hacia el autoperfeccionamiento.
No hace mucho, por los días en que estaba escribiendo este capítulo, me cayó en las manos una vieja revista de ajedrez y vi allí una partida del año 70 donde Spassky, con negras, le da una paliza a Larsen en diecisiete jugadas. Me acordé mucho de Marco Aurelio. Su ídolo (el pobre) usó una apertura inglesa irregular y fue cerrándose, estrangulándose con sus propias piezas, hasta precipitarse a una muerte segura y quién sabe si deseada.
Pienso que ese juego construido hacia dentro, hacia la asfixia, se relaciona, por un lado, con la crisis de la visión iluminista, moderna, del ajedrez (una crisis que el propio Capablanca anticipó; él, que había llevado aquella concepción a su punto supremo) y, por otro, con el temperamento de Larsen y con el núcleo oscuro que palpitaba en el Pequeño. Compartían los dos, ante el tablero, una incapacidad para descubrir o crear situaciones agudas y aprovechables en los esquemas clásicos y un apego nocturno a pelear acuclillados, a la defensiva, desde posiciones desventajosas y agónicas. No es que se inclinaran por la guerra de guerrillas, la emboscada, el ataque engañoso, el golpe en el costado y la retirada oportuna: por el contrario, la guerrilla evita por principio instalarse en posiciones encajonadas, donde sea factible cercarla, y el estilo Larsen-Marco Aurelio invita al cerco, lo provoca morbosamente con sus movimientos de caballo y la necrofilia de sus enroques.
Marco Aurelio y yo vimos a Larsen casi a diario durante la Olimpiada de Ajedrez del 66, que se jugó en el Hotel Habana Libre. Lo vimos a él y vimos a Fischer, Petrosián, Spassky, y a los demás Grandes Maestros y a los Medianos y a los Pequeños. Pero recuerdo en particular una jornada, al anochecer, cuando ya todos (menos Larsen y su contrario) habían terminado o sellado sus partidas, cuando solo se jugaba en un tablero solitario y el salón estaba casi vacío: Bent Larsen se defendía en un final muy tenso (su adversario se me ha borrado de la memoria); iba a concluir una de esas batallas en que lo tuvieron cogido por el cuello muchas horas y él seguía en su angustioso pataleo, con sus absurdos rodeos de caballo y su alfil trabado, como de costumbre. Aquel día le fue bien y logró unas tablas donde solo podía esperarse la navaja helada de la muerte. El público aplaudió (Marco Aurelio y yo y los quince o veinte fanáticos que permanecían en el salón) mientras él salía lentamente de entre las mesas y las piezas abandonadas: su rostro pálido, imperturbable, pasó muy cerca de nosotros, y se acomodó con las manos un mechón de pelo muy lacio, rojizo, que le caía sobre la frente. Dos minutos después, llegaron desde el lobby unos gritos y cruzó la puerta un corre-corre de alarma: entonces vimos de nuevo a Larsen, exánime, más pálido que nunca, y lo llevaban entre varios hombres a la enfermería. Se había desmayado cuando esperaba el ascensor, a causa de la tremenda presión de la partida, y ahora parecía un héroe caído: un troyano quizás, muerto ante los muros de la ciudad amenazada, a quien sus compañeros rescatan a toda prisa para evitar que su Cuerpo y su armamento caigan en manos enemigas.
¿Tenía algún significado aquella imagen del ajedrecista sin sangre en el rostro que se derrumba después del combate? ¿Algún dios troyano o griego, danés o cubano, pretendía transmitirnos un mensaje con aquel Larsen desvalido y fláccido, a quien cargaban a través del lobby del Habana Libre, torpemente, como a un enorme muñeco de trapo? "Está claro que es una señal", nos dijo Mamoncillo cuando le hicimos el cuento la mañana siguiente: "y es una señal para ti", concluyó, poniendo el dedo índice (un dardo emplumado, punzante y femenino) en el pecho de Marco Aurelio el Pequeño.

Capítulo IV de El vuelo del gato, Editorial Letras Cubanas, 1999.

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