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JOSÉ MARÍA HEREDIA
O LA ELECCIÓN DE LA PATRIA

La inquietante sensación de ese hombre que asume estar viviendo la vida como si se tratara de una novela, sentida por alguien cuya existencia, en realidad, fue una exagerada novela romántica, está en el origen de este breve acercamiento que haré a la más enigmática y pienso que duradera contribución de Heredia a la cultura y la nación cubanas. Porque, leída aquella dramática y conocida frase del poeta, se desató la obsesión en la que he vivido en los últimos tres años: escribir la novela de la vida de Heredia, en la cual, como interrogante principal, he debido explicarme —o más bien he tratado de explicarme— por qué José María Heredia decidió que debía ser cubano.

Leonardo Padura | La Habana


El 15 de junio de 1824, sentado al borde de las espectaculares cataratas, José María Heredia escribe su prodigiosa oda “Niágara”. Tenía entonces apenas veinte años y ya había vivido tanto y escrito tan imprescindibles poemas, que el reflejo de aquel hombre que se nos proyecta desde el Niágara tiende a parecernos el de un ser casi olímpico, que ha fatigado todos los caminos de la vida. Pero es dos días después, el 17 junio, todavía bajo el influjo de la poderosa emoción vivida, cuando Heredia le envía una desolada misiva a su tío Ignacio, radicado en la ciudad de Matanzas, y le comenta: “Yo no sé qué analogía tiene aquel espectáculo solitario y agreste con mis sentimientos. Me parecía ver en aquel torrente la imagen de mis pasiones y de la borrasca de mi vida. Así, así como los rápidos del Niágara, hierve mi corazón en pos de la perfección ideal que en vano busco sobre la tierra. Si mis ideas, como empiezo a temerlo, no son más que quimeras brillantes, hijas del acaloramiento de mi alma buena y sensible, ¿por qué no acabo de despertar de mi sueño? ¡Oh!, ¿cuándo acabará la novela de mi vida para que empiece su realidad?”.

La inquietante sensación de ese hombre que asume estar viviendo la vida como si se tratara de una novela, sentida por alguien cuya existencia, en realidad, fue una exagerada novela romántica, está en el origen de este breve acercamiento que haré a la más enigmática y pienso que duradera contribución de Heredia a la cultura y la nación cubanas. Porque, leída aquella dramática y conocida frase del poeta, se desató la obsesión en la que he vivido en los últimos tres años: escribir la novela de la vida de Heredia, en la cual, como interrogante principal, he debido explicarme —o más bien he tratado de explicarme— por qué José María Heredia decidió que debía ser cubano…

Por más que lo pienso no deja de sorprenderme el hecho de que el primer gran momento de la poesía cubana —“en el principio fue Heredia”, afirma Víctor Fowler—, el instante refulgente en el que cristalizan atisbos, sensaciones, asuntos, paisajes y palabras hasta entonces solo barruntadas —la palabra patria, por ejemplo—, se nos presenta acompañado de uno de los enigmas culturales, políticos y humanos más asombrosos que cualquier investigador de la cultura pueda enfrentar. Porque si no hay dudas de que el primer poeta, o con más propiedad, el primer gran poeta del amplio y poblado parnaso cubano es José María Heredia, no puede menos que intrigarnos el hecho de que un hombre que solo vivió treinta y cinco años, haya decidido, con tan conocida vehemencia, ser el primer poeta de un país que por entonces ni siquiera existía y en el cual apenas vivió algo más de seis años, la mitad de ellos en su primera infancia.

Como es sabido que José María Heredia y Heredia, hijo del funcionario colonial José Francisco Heredia y de su prima María de la Merced Heredia y Mieses, ambos dominicanos de origen, nació en Cuba el 31 de diciembre de 1803, y murió en la ciudad de México el 7 de mayo de 1839. Sus 35 años de vida, meses más, meses menos, los gastó del siguiente modo: algo más de seis años en Cuba, cinco y medio en Venezuela, cuatro en Santo Domingo, un poco más de tres años en el actual territorio norteamericano y quince años en México, donde vivió el más largo período de su destierro. ¿Por qué — creo que vale la pena preguntarse— Heredia decidió ser cubano, se sintió cubano, vivió como cubano si también pudo haber sido venezolano, dominicano y, con más razón, mexicano…?

El mismo hecho de que naciera en Santiago de Cuba es de por sí fortuito: la única razón de que sus padres arribaran a esa ciudad de la Isla es la presencia en ella del capitán Francisco Heredia Pimentel, abuelo paterno del poeta, entonces destacado en aquella plaza. Provenientes de Venezuela, donde se habían casado, sus padres vienen a Cuba en espera de un destino definitivo para el funcionario José Francisco, que dos años después es enviado a trabajar en la nada amable ciudad de Pensacola, en la ya moribunda colonia española de la Florida.

Con apenas dos breves estancias en La Habana, una en 1806, camino de Pensacola, y otra en 1808, en viaje hacia Venezuela, José María Heredia no vuelve a la Isla hasta 1817, en vísperas de cumplir sus catorce años, para vivir en su tierra de nacimiento por los próximos dieciséis meses. Su educación, hasta entonces, se había producido prácticamente dentro del hogar o a través de unos pocos preceptores que se asombran de su capacidad como traductor del francés y el latín, mientras su afición poética comenzó a hacerse patente en el período que va desde el año doce hasta el diecisiete, mientras vivió en Venezuela.

El adolescente que llega a Cuba y en su universidad matricula el primer curso de leyes en 1818 es, entonces, un hombre nacido en Cuba, que ha leído a los clásicos y ha recibido de su padre el sentido de ser un español de ultramar, pero que por los avatares a los que se ha visto lanzado su corta vida, no pertenece a ningún sitio. Sin embargo, una operación extraña y radical ocurre en su carácter en ese año y medio vivido entre La Habana y Matanzas, pues el joven que en abril de 1819 embarca con sus padres con destino a México, lleva ya en sí la sorprendente y casi inesperada sensación de pertenencia a la tierra cubana. ¿Qué acontecimientos y de qué trascendencia fueron los vividos en la Isla en ese corto período para que aquel hombre hasta entonces sin patria empezara a convertirse en algo tan etéreo y difícilmente sostenible como “ser un cubano”? Porque aun cuando en él todavía palpita la adquirida idea de ser un español de ultramar o un “español americano” como solían llamarse entonces, ya el joven de quince años que vuelve a cruzar el Caribe, esta vez hacia su primera estancia mexicana, arrastra consigo la naciente conciencia de que su pertenencia vital corresponde al breve territorio de la isla de Cuba.

Los meses que el joven poeta había vivido en Cuba fueron un período de intensos cambios en una colonia donde, en los últimos veinte años, se había comenzado a gestar un verdadero milagro económico que trajo aparejados importantes cambios sociales, entre los que se debe mencionar, como el más significativo, el nacimiento de un fermento nacionalista gracias al cual, por primera vez, se tiende una tímida pero visible distancia entre los ahora llamados “criollos” y los peninsulares. Pero en ese momento Heredia también es testigo de un acontecimiento de primer orden, cuando el 10 de febrero de 1818 se abren todos los puertos de la Isla al comercio internacional y se decreta el fin del polémico estanco del tabaco. Por esos días se realiza también un censo de población en el que se advierte que de los 553 028 habitantes del país, solo el 43% es blanco, lo cual remite las preocupaciones de las autoridades y los ricos hacendados cubanos al siempre latente ejemplo haitiano. Pero la esclavitud que ha entrado con el siglo xix en su período más infamante, se niega a desaparecer y, mientras se inicia la cuenta regresiva hacia el fin legal de la trata pactado entre España e Inglaterra, los negreros y hacendados españoles y cubanos emprenden una desesperada carrera por llenar barracones y plantaciones de los hombres que les garantizarían riquezas y bienestar.

Lo que resulta más sorprendente es que el joven Heredia comience a sentirse en su verdadero e insustituíble ambiente en una de las pocas colonias hispánicas donde, significativamente, no existen atisbos del independentismo que recorre prácticamente toda la América.

Algunas de las experiencias formadoras que de esa estancia cubana se lleva consigo el joven están relacionadas con el inicio de sus estudios de leyes en la Universidad de La Habana, con su despertar a un romántico y platónico amor —que personifica en la muchacha de solo doce años Isabel Rueda y Ponce de León, la “Belisa” de sus poemas— y, sobre todo, con su rápida integración a un grupo de jóvenes aficionados a la poesía y la literatura, entre los que se destacan Domingo del Monte, Silvestre Alfonso, José Antonio Cintra, Cayetano San Feliú y Anacleto Fernández, entre otros, que quizás le inocularon al sensible Heredia la semilla de una cubanía que también en ellos comenzaba a germinar. Es, sin duda alguna, movido por esta pertenencia a un clan que presumiblemente ya se creía predestinado, que Heredia compone en estos meses sus dos primeras piezas dramáticas Eduardo IV o el usurpador clemente, obra en prosa y en un acto que, incluso, llega a ser representada en Matanzas por una compañía de aficionados en la que actúa el propio Heredia, y su magnífico sainete El campesino espantado, que escribe ya en 1819, a partir de su leve observación del campo cubano. Pero su mayor cosecha, como era de esperar, se produce en el terreno de la poesía, y antes de marchar a México arma ya una “Colección de Composiciones de José María Heredia, Cuaderno segundo”, en la que reúne sus versos venezolanos y cubanos, mientras que en el “Cuaderno primero” recoge sus numerosas traducciones juveniles, de originales franceses y latinos, como el mismo Horacio.

El joven que llega a México, donde apenas vive en esta ocasión un año y medio, es, sin embargo, a sus quince años, un hombre de una sorprendente precocidad y madurez literaria, como queda plenamente demostrado con la escritura, en estos meses, de dos de sus más importantes composiciones poéticas: “Al Popocatepetl” y, sobre todo, “En el Teocalli de Cholula”, una pieza en la que la historia deja de ser referencia para convertirse en vivencia y que ha llegado a ser considerada, incluso, la más perfecta de sus creaciones.

Pero otra vuelta de su inescrutable y a la vez predestinada fortuna aguardaba a Heredia en su camino hacia la cubanía presentida: en octubre de 1820 muere su padre, y la familia, prácticamente en la ruina, solo tiene una tabla de salvación, llamada Ignacio Heredia, un joven abogado, hermano de María de la Merced, todavía radicado —para fortuna de la lírica cubana— en la entonces provinciana, pero ya pujante ciudad de Matanzas.

El Heredia que vuelve a Cuba, en febrero de 1821, parece un hombre decidido a encontrarse a sí mismo, libre al fin de la compacta tutela de su padre. Dos preocupaciones sociales y políticas lo obsesionan desde entonces y, en la Isla, estas hallarían el cauce definitivo: la primera es su abierta repulsión al sistema esclavista y al hecho mismo de la esclavitud humana, que constituyen el sostén socioeconómico de la sociedad cubana, y contra la cual se pronuncia de manera consciente y organizada en la que fuera su tesis para obtener el grado de bachiller en Leyes en la Universidad de La Habana —al parecer apadrinada por Domingo del Monte—, dedicada a la falta de derechos de los esclavos en la antigua Roma. Su segunda gran preocupación, mucho más esencial y trascendente, es su abierta admiración por el régimen constitucional reestablecido en España luego de la sublevación de Rafael Riego, sistema del que espera una necesaria democratización y patentes ventajas ciudadanas para los territorios ultramarinos del imperio, como el mismo México donde aún se lucha por la independencia, y la isla de Cuba a la que recién retorna. En sus cartas, poemas y actitudes de entonces es fácil adivinar que el Heredia de 1821 es ya, sino un americano, o ni siquiera un cubano, al menos es un individuo “no peninsular”, casi “no español”, enfrascado en una dramática búsqueda de pertenencia a una cultura, un territorio, una sensación de país.

Algo de destino insondable hay en el hecho de que en tierra cubana, donde viviría ahora el año y diez meses más importante de su vida, Heredia perfile todas esas necesidades e intuiciones, para convertirse, definitivamente, en algo que hoy podemos considerar como “un cubano”, pero sazonado con las agravantes de ser el primer gran poeta cubano, el primer gran desterrado cubano y el primero de los nacidos en esta Isla condenado a morir en el exilio, sin haber encontrado jamás un alivio para esa compacta nostalgia de la patria que también él, precisamente él, inaugura entre nosotros…

Varios acontecimientos históricos y personales, más definitivos y trascendentes que los vividos en su anterior estancia cubana, actúan directamente en este proceso de acercamiento a una definida pertenencia nacional que se apodera de José María Heredia.

Entre los años 21 y 23, mientras en España se instaura un segundo período constitucional, que en el año 24 sería alevosamente traicionado por el monarca Fernando VII, en la isla de Cuba se viven unos aires de libertad y una efervescencia política, económica, social y cultural nunca antes constatada. Son estos los años en que el padre Félix Varela —a quien Heredia frecuenta por entonces— enciende las conciencias de la juventud cubana desde su cátedra de Constitución del Seminario San Carlos, fragua en la que perfilan muchas de sus ideas hombres como José Antonio Saco y Domingo del Monte, además del propio Heredia, a pesar de no haber sido nunca su alumno directo. También es el instante de la más esperanzadora elección de diputados a las Cortes Españolas, una abierta contienda entre criollos y peninsulares —quizás la primera gran disputa histórica entre estas dos facciones— de las que los cubanos salen victoriosos al ocupar los escaños con sus tres representantes: el propio Varela, el habanero Leonardo Santos Suárez y el comerciante catalán Tomás Gener, hombre cercano a los intereses de los hacendados. Por si fuera poco, también es este el momento de una candente libertad de prensa, que sirve de plataforma para los más diversos intereses políticos y sociales en la encarnizada lucha entre absolutistas y constitucionalistas, tratistas y antitratistas, criollos y peninsulares, hacendados y comerciantes, e, incluso, para la difusión de panfletos americanistas, sostenedores del ideario independentista que llegaba desde la América continental…

Vehementemente participaría el joven Heredia de este clima de confrontación y reafirmación, a la vez que sedimenta su definitiva pertenencia al grupo de la llamada “juventud ilustrada” con la que comparte tertulias, paseos, proyectos literarios y, sin duda alguna, visitas a cantinas, burdeles y casas de juego. Por estos años el poeta logra editar el primero de sus periódicos literarios, el llamado Biblioteca de Damas,  del cual sacó cinco ediciones y del que no se conserva hoy un solo ejemplar. Colaboró con diversas publicaciones, entre ellas el incisivo Revisor Político y Literario, para el que también escribieron todos sus amigos. Trabajó en varios bufetes de abogados de La Habana y Matanzas haciendo la necesaria “pasantía” para obtener su título en 1823. En la ciudad de Matanzas, además, se enamora de la joven Dolores Junco, que pasa a ser su nueva musa literaria. Y, también en aquella ciudad, ingresa en la Logia de los Caballeros Racionales, rama matancera de los Soles y Rayos de Bolívar fundada por José Francisco Lemus como organización independentista.

Son también estos los años de maduración de su poesía amorosa, que alcanza sus más altos niveles en poemas como el dedicado a su nueva amada y que titula “A Lola, en sus días”; los de su consolidación como poeta descriptivo, que toca una de sus cumbres en el poema “La tempestad”, iniciado con los famosos versos: Huracán, huracán / Venir te siento. Pero, sobre todo, es el momento en que inicia su lírica de acento político y patriótico, a través de composiciones como “A la insurrección de la Grecia en 1820”, “Oda a los habitantes de Anáhuac” y especialmente “La estrella de Cuba”, escrita casi al salir de la Isla. Sus versos, publicados en diversas revistas cubanas, le van reportando celebridad y Domingo del Monte, en un anónimo y apócrifo anuncio de la publicación de un volumen de sus poesías, lo muestra ya como el más notable, moderno e importante de los versificadores nacidos en la Isla, al calificarlo como “el primero que dedicándose desde temprana edad al estudio de los clásicos, hizo resonar la lira cubana con acentos delicados y nobles”.

La intensidad con que Heredia vive en estos meses comienza a ser definitivamente arrolladora cuando en agosto de 1823 es descubierta la Conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar y su leyenda y vida de poeta romántico quedan definitivamente selladas con la nueva aventura que debe emprender: el destierro.

Primero en Estados Unidos y luego en México, el poeta vive desde entonces un largo exilio que le llevará los últimos dieciséis años de su corta vida, con la excepción de los dos meses que logra pasar en la Isla, entre 1836 y 1837, gracias a un infame permiso especial expedido por el sátrapa Miguel Tacón. Los primeros años de su destierro fueron, sin embargo, especialmente notables para su producción poética, que luego, como su vida misma, se irá apagando lentamente para que, hacia 1830, enfermo de nostalgia por Cuba, horrorizado por el caos y la anarquía del México independiente al que había llegado con tanto entusiasmo, ya Heredia estuviera muerto como poeta, decepcionado como revolucionario. Pero la creación de poemas como “A Emilia”, el famoso “Himno del desterrado”, “Vuelta al sur” y, su muy reconocida oda “Niágara”, elevan su poesía filosófica, patriótica y descriptiva a los más altos niveles del romanticismo de la lengua.

Ahora bien, si en su vida política y civil Heredia optó por una empecinada pertenencia al todavía embrionario estadio sociocultural de “cubano” y en su obra poética rompió las primeras lanzas en la formación de un estado de conciencia que anuncia la “cubanía”, es evidente que deben existir factores mucho más profundos que su participación política, sus aventuras literarias y amorosas, o su militancia en un grupo de jóvenes escritores, que le permitieran alzarse sobre su época y ser el primero en definir, sentir y expresar, a través de la poesía, la existencia de esa comunidad real y espiritual independiente, indispensable en el proceso de formación y surgimiento de una nación.

Los años de la vida de Heredia son, ciertamente, los de la acelerada gestación de un ente nuevo y distinto que hoy podemos definir como cultura cubana. Sin embargo, su momento es dramáticamente anterior a la existencia de una nación —aun siendo colonial—, pues Heredia opta por un país que todavía no existe ni puede existir como tal, ya que apenas comienza a fraguarse en la mente de un grupo social minoritario y lógicamente blanco, con acceso a la cultura, con ventajas económicas y con embrionarias aspiraciones políticas. Es más, el país “fraguado” en sus versos, en la realidad histórica apenas comienza a impulsar un nacionalismo que, significativamente, no incluye la independencia como primera condición y hasta se opone a ella, como lo demostró el fiasco en que terminó la conspiración en que se enroló el propio Heredia, la cual no obtuvo el más mínimo respaldo de las personas con condiciones económicas y sociales como para adoptar la opción independentista, las mismas personas y conciencias que poco después apoyan el proyecto de Varela sustentado en su periódico El Habanero, para muy pronto retirarle su indispensable sustento económico.

Pero Heredia, junto a Félix Varela y, de algún modo, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero y Domingo del Monte, conforman la primera expresión de un espíritu cubano que en el caso del párroco, por ejemplo, se encausa por los caminos de la filosofía y la pedagogía en función de la política, pero que en el de Heredia solo tiene la opción de echar mano a un contexto físico determinado y a un etéreo estado espiritual que se puedan expresar poéticamente desde una sensibilidad diversa.

Si los novelistas de las décadas del 30 y el 40 —Villaverde, la Avellaneda, Suárez y Romero, Tanco, Echevarría—, habitualmente entendidos solo como “costumbristas”, tienen a su favor el paso de casi dos décadas de vertiginosa evolución en la vida cubana y el hecho de trabajar sobre el material de la ficción narrativa, especialmente útil en la creación de universos y contextos, José María Heredia arranca de un limbo cultural y político sobre el que su obra se levanta en aterradora soledad.

El genio premonitorio de José María Heredia le permite entonces, en fechas tan tempranas como 1820 y habiendo vivido apenas tres años en Cuba, asumir y sobre todo expresar la conciencia de que pertenece a una colectividad ya diferenciable —a la que llega a llamar “pueblo”—, que se mueve a través de un espacio temporal compartido con otros individuos en los que ya palpitan preocupaciones similares, orígenes comunes. Esto nos advierte que en la Cuba de esos años ya tenían que existir condiciones reales y espirituales para que un poeta pueda procesar un sentimiento nacional hasta entonces no concientizado y mucho menos expresado colectivamente, pero su gran proeza fue darle forma poética a esa sensibilidad en ciernes y acelerar el proceso de gestación del espíritu cubano y la certidumbre de pertenecer a una patria distinta y reconocible, incluso posible.

A su favor tuvo Heredia la filosofía y la estética del romanticismo, tan ligada a los procesos nacionalistas en todo el mundo occidental. Pero en su contexto histórico específico lo nacional apenas conseguía manifestarse a través de la diferencia y la oposición, más que por la definición precisa de algo — “lo cubano”— que José Antonio Saco, en 1849, aún no se siente en capacidad de definir. De este modo, su poesía se anticipa a la fundación —decididamente consciente— del discurso nacional cubano que en los años 30, con la visión no menos premonitoria de Domingo del Monte y a partir de los intereses ahora perjudicados de la clase de los hacendados, comenzarán a fraguar desde fundamentos sociopolíticos menos etéreos, los narradores del período.

En un momento en que se hace palpable a los que asumen la conciencia del país que resulta imprescindible crear primero la certeza de una nación para luego fundar esa nación, el discurso nacional es maquiavélicamente orientado —en el mejor sentido de lo maquiavélico— desde las tertulias delmontinas donde se programan las necesidades de una tradición sobre la que sustentar un espíritu nacional. El asunto del negro y el mulato como componentes inevitables del ser cubano son asumidos y reflejados en obras literarias, negociándose claramente su papel cultural y social, del mismo modo en que es rescatado un desleído componente indígena de la nación que, cíclicamente, afloraría en el debate cultural cubano por todo un siglo. El guajiro blanco, con sus tradiciones y apego a la tierra surge también como material diferenciador, enraizante, necesario, en medio de un arduo proceso de creación ficcional de un espacio, un origen y una historia.

Pero muy pocos acontecimientos pueden explicar mejor hasta qué punto el discurso nacional cubano fue una creación programada como necesidad histórica que el tan maravilloso hallazgo de Espejo de paciencia. Aunque hoy la discusión en cuanto a la presunta autenticidad del poema épico del escribano Silvestre de Balboa parece quedar sajada a su favor, la tan oportuna aparición de un texto capaz de cumplir todas las expectativas imaginables y sus mismas características de literatura fundacional, aderezada con los elementos precisos —no falta uno— para el apuntalamiento de un origen cultural diferente, no pueden menos que movernos a inquietantes sospechas. El hecho mismo de que nunca existiera un original de Silvestre de Balboa, sino una copia hecha por el obispo Morell de Santa Cruz es de por sí alarmante. Que fuera precisamente José Antonio Echevarría, uno de los más cercanos discípulos de Domingo del Monte, quien hallara no Espejo..., sino la historia de la visita eclesiástica de Morell de Santa Cruz cuyo original tampoco fue visto por nadie, ya empiezan a ser datos más que preocupantes. Pero también está la evidente diversidad estilística entre varias octavas del poema —como reconoce Enrique Saínz en su fundamentación de la autenticidad del texto— que entonces funciona como otra peligrosa disonancia.

Sin embargo, en la casual y oportuna aparición de Espejo… lo que mueve a inquietud no son ya las circunstancias tan especiales de su hallazgo y los misterios colaterales, sino su mismo contenido argumental, sus pasajes mitológicos, su recreación del entorno físico, su balance entre sus personajes —ese providencial Salvador Golomón— y la misma moraleja de su fábula —en la que el bando de la justicia y la cristiandad está integrado por contrabandistas criollos—, la cual apunta claramente a la existencia de un pueblo cubano: en fin, que es difícil encontrar algo mejor pesado y medido en la búsqueda de una tradición que un poema como Espejo de paciencia, y si bien resulta imposible comprobar documentalmente su falsedad, creo que la inteligencia se rebela a admitir su autenticidad…

Todo este sustrato cultural forjado en los años 30 y principios de los 40 bajo la égida visible de Domingo del Monte y con el apoyo financiero del más potente clan azucarero de la Isla al que ahora pertenecía este intelectual, sentaría las bases definitivas de un proceso sociocultural capaz de conducir después, en unión de otros muchos factores, al nacimiento incontestable de la nación cubana.

Sin embargo, José María Heredia, desde su soledad, su falta de tradición, su sorprendente juventud y su empecinada necesidad de pertenencia, adelantó en su poesía el tramo más importante de esa fundación. Sus versos, largamente prohibidos y censurados en Cuba, fueron sin embargo, aprendidos por los jóvenes cubanos y recitados como claves de entendimiento y pronto simbolizaron un ideario que asumiría incluso la estrella de Cuba para llevarla a la bandera, y las palmas, ausentes en el Niágara, para plasmarlas en su escudo. Porque, más que poetizarla, Heredia de alguna manera estaba inventando la patria a la que necesitaba pertenecer y, al inventarla, le daba el soplo divino de la vida que se encierra en las palabras.

 En su agónico destierro, José María Heredia continuó nutriendo, más con actitudes y ausencias que con nuevos poemas, el imaginario de su país. Convertido en el primero de los muchos desterrados de su generación —Del Monte, Saco, Tanco, Echevarría y Villaverde también morirían lejos de Cuba—, hizo de la nostalgia su emblema y del desarraigo un componente de la cubanía con el que todavía lidiamos. Mientras, su renuncia a los ideales independentistas que alentó en su juventud, conmovido por la anarquía fratricida que se destapó en las nuevas repúblicas hispanoamericanas, nunca melló su ideario esencialmente democrático, antiesclavista, opuesto a cualquier forma de tiranía, que sustentaba sus alientos libertarios.

Sin embargo, debió pasar casi un siglo para que Heredia fuera colocado en el pedestal que le correspondía y a estas alturas no resulta extraño que haya sido precisamente José Martí el encargado de realizar esta definitiva reparación del espíritu y el legado del poeta triste y abatido que nadó contra la historia y, como suele suceder, recibió en su cuello el destello implacable de sus afiladas cuchillas.

Publicado en la Revista Unión

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