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PADURA CONVERSA CON HEREDIA
 
La novela de mi vida parte de una extensa y profunda investigación sobre la vida de José María Heredia, pero anda lejos de ser una novela histórica. Leonardo Padura toma en cuenta solo parcialmente los datos de lo que podríamos llamar historia oficial y enfatiza en un ángulo poco transitado: la relación del poeta del Niágara con la masonería cubana y la influencia del código moral de esta institución en los hechos puntuales de la vida de Heredia y, sobre todo, en el posible destino de su legado.


Amado del Pino |
La Habana


En la década de los ochenta, en un momento en que la belleza del verbo parecía fugarse de los  escenarios, la dramaturgia cubana puso sus ojos en el espléndido legado de nuestros grandes poetas del siglo XIX. Gerardo Fulleda León se remitió al entorno del mulato y desdichado Plácido;  el maestro Abelardo Estorino buceó en la lucidez y en las causas del silencio por locura de Milanés; Abilio Estévez retomó las disyuntivas de Juan Clemente Zenea. Ahora esas búsquedas parecen llegar a un punto culminante, pero esta vez no es el drama sino la novela la que pulsa la humanidad y el universo creativo de un nombre sagrado de la literatura cubana.

La novela de mi vida Premio Casa Teatro 2001 en República Dominicana parte de una extensa y profunda investigación sobre la vida de José María Heredia, pero anda lejos de ser una novela histórica. Leonardo Padura toma en cuenta solo parcialmente los datos de lo que podríamos llamar historia oficial y enfatiza en un ángulo poco transitado: la relación del poeta del Niágara con la masonería cubana y la influencia del código moral de esta institución en los hechos puntuales de la vida de Heredia y, sobre todo, en el posible destino de su legado.

Como Abilio en La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea, Padura establece un diálogo entre los tiempos del poeta y la actualidad. Estévez ve el pasado desde el presente a la manera de una subjetiva cinematográfica; Padura comparte el protagonismo entre Heredia y Fernando Terry, un cubano emigrado de estos tiempos que rastrea las pistas de su ídolo. Con un pulso narrativo que recuerda a sus mejores novelas policíacas, el escritor va yuxtaponiendo las búsquedas de Fernando en la selva de los documentos sobre Heredia y la otra agónica pesquisa en el seno del grupo de sus amigos de la primera juventud, persiguiendo la sombra de una delación.

Los habituales lectores de Padura agradecen la presencia de la intriga en el argumento. Estamos ante un libro bastante extenso, con abundantes citas de la obra del gran romántico, vertebrado con una compleja estructura, y, sin embargo, se lee rápido, resulta ameno.

Menos evidente que el legado de la Novela Negra , pero también decisivo en el atractivo del texto  es el uso reiterado de la sensualidad, la vocación del narrador por ofrecernos una imagen veraz– a la vez crítica y amorosa– de las costumbres cubanas. Padura remite insistentemente a las paradojas del hombre común. Tiene razón Jorge Luis Arcos cuando dice en el más reciente número de La Gaceta de Cuba (6 del 2002, p.73):  “... es un acierto que en La novela de mi vida,  Heredia aparezca sencillamente como una persona y no como un ser mítico o fabuloso, y, sobre todo, que se prolongue el sentido de su existencia a través del tiempo, en la República y ahora mismo, en la Revolución”.

El valor de la amistad, del amor y los entrecruzamientos de ambas complicadas certezas ocupan un sitio preferente en este libro y en toda la obra del autor de Vientos de cuaresma. Desde su primera y ya exitosa novela Fiebre de caballos, hasta los cuentos de Según pasan los años, lo afectivo reina en las relaciones y la nostalgia debe enfrentar las compulsiones sociales, el paso avasallador del tiempo y las variaciones de la eticidad. Así asume Padura al gran Heredia; de una forma en que nos transparenta su grandeza como poeta adelantado a su tiempo; pero dialogando con el individuo, poniéndolo a caminar por las calles y los campos cubanos. Tal parece que, conociendo tanto sobre su ámbito, Padura logra la magia de convertir a Heredia en un ser tan cercano como uno de sus condiscípulos del preuniversitario de la barriada habanera de La Víbora o como ese melancólico y singular detective Mario Conde.

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