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EL VIAJE MÁS LARGO
 
Esta historia terminará, cuando muera, centenario y gastado, el último de los chinos que llegó a Cuba con la aspiración de enriquecerse y la obsesión de regresar a la patria, y no exista ya ningún paisano que se encargue de ponerle al cadáver un par de monedas en la boca y ordene que lo entierren con la cabeza mirando al sol naciente, para garantizarle un buen viaje al mundo infinito del silencio y de las utopías posibles.


Leonardo Padura |
La Habana


 

Domingo primero de febrero de 1987. Estoy en el mismo corazón de lo que fuera el barrio chino más populoso de América Latina. Pronto serán las cuatro de la tarde y se producirá un espectáculo que jamás pensé podría ver: los chinos festejan hoy el advenimiento del Año Nuevo, según su calendario de 13 lunas. El milenario león de la tela y papel volverá a exhibir su exótica prestancia, como en los días ya lejanos en que recorría las calles de este barrio que quiso ser la prolongación de Cantón.

La leyenda del felino depredador que la fuerza no puede vencer y es amansado con astucia, no será protagonizada ya por elásticos actores chinos que intentaron reproducir su mundo en este rincón de La Habana. Es ahora un grupo de jóvenes, muy pocos con rasgos asiáticos, quienes luchan por salvar esta colorida tradición habanera.

Suena la música del gong antiquísimo, del tambor grave que dicta la pauta y de los palillos chispeantes, y comienza el combate entre la fuerza y la inteligencia. Ha salido el león dispuesto a arrasar las cosechas. Entre la multitud que observa la danza descubro más caras chinas que todas las vistas en mis infinitos paseos en solitario por este barrio enigmático y tan habanero que apenas puedo asociar con una lámina de Shangai o Pekín, a pesar de mis mejores esfuerzos por descubrir un furtivo olor a sándalo, sentir las discusiones de unos jugadores de mayón o escuchar siquiera un canto incomprensible y lánguido, dedicado a la memoria de algún sabio patriarca enamorado.

El misterio profundo de estos chinos celosos de sus costumbres, atados a la tradición en una lucha vana por vencer el desarraigo, se ha ido diluyendo en la fuerza terrible del tiempo y el ascenso de la historia. Como un organismo vivo, el barrio chino nación, se desarrolló y ahora transcurre en una vejez reposada pero implacable. Mi barrio chino es la imagen de un mundo que muere, porque nacieron otros. De un mundo misterioso y en extinción, como los dragones de las leyendas pequinesas.

PRINCIPIO Y FIN DE UNA ILUSIÓN

Esta historia comenzó con la duodécima luna, a los 47 años del emperador Tu Kong, es decir, el 2 de enero de 1847, cuando más de 300 culíes chinos embarcaron en la fragata Oquendo, en el puerto de Amoy. Iban vestidos con sus pantalones y camisas bastas y muy anchas, y su sombrero cónico de bambú tejido, el atuendo ideal para un buen agricultor. Tenían en la mente sueños luminosos y, mientras la nave se alejaba de la patria, todos se veían regresar, ocho años después, cargados de gloria y de dinero, para mitigar la miseria familiar. Su destino era una cálida posesión española del agitado Mar Caribe, una quimera donde los pesos corrían a los bolsillos de los que querían trabajar. Y ellos querían trabajar.

Ciento cuarenta y dos días después, el tres de junio de aquel año nefasto, los 206 sobrevivientes de la ingente travesía entraban en el puerto de La Habana. Sus ojos, lagañosos y marchitos por el salitre de los dos océanos, observaron todavía con júbilo la boca estrecha de la bahía, sus magníficas defensas de piedra y los árboles verdísimos de aquella ciudad de sueños y sol eterno.

Pocas horas después, aquellos contratados que lo habían imaginado todo menos su verdadero y triste destino, solo comparable con el de los negros sacados de África, desembarcaban en el distrito habanero de Regla y eran hacinados a los barracones construidos para su alojamiento provisional. Se iniciaba, ese día bien señalado en la historia universal de la infamia, una nueva esclavitud, la esclavitud que exigían los nuevos tiempos…

Esta historia terminará, tal vez antes que el siglo XX, cuando muera, centenario y gastado, el último de los chinos que llegó a Cuba con la aspiración de enriquecerse y la obsesión de regresar a la patria, y no exista ya ningún paisano que se encargue de ponerle al cadáver un par de monedas en la boca y ordene que lo entierren con la cabeza mirando al sol naciente, para garantizarle un buen viaje al mundo infinito del silencio y de las utopías posibles.

NO HAY REGRESO PARA MARIO

Cuando Mario Wong Kong llegó a Cuba, el 10 de octubre de 1923, acababa de cumplir 21 años y tenía un solo sueño en su mente: hacerse rico para regresar, en pocos años, a Toig Sang, su pueblito de Cantón, donde lo esperaban su joven esposa y su pequeña hija, Can Diam.

Por eso Mario se fue al campo y se enroló en la zafra azucarera que comenzaba, atraído por la promesa de un sueldo respetable. Dos meses después, con unos pocos reales en el bolsillo y la columna vertebral en mal estado, Mario abandonó los cortes de caña pero no su inalterable propósito de ganar mucho dinero.

De regreso a La Habana comenzó a trabajar en la fonda de un paisano y, unos años después, a pesar de su vida frugal, comprendió al fin que como dependiente tampoco llegaría a reunir la necesaria fortuna.

Mario decidió entonces montar un tren de lavado, con la ayuda de un sobrino suyo que había llegado a la Isla algunos años antes que él. Así, una mañana de 1934, en la esquina de San Cristóbal y Primelles, abría sus puertas un nuevo tren de lavado chino, con los siguientes precios: un pantalón (lavado, almidonado, planchado y entregado a domicilio), 30 centavos; una sábana, 15; una camisa, 10 centavos…

“Pero nunca llegué a reunir los cuatrocientos y pico de pesos que costaba el billete de regreso y menos todavía el dinero que necesitaba para hacer una nueva vida en China. Mi esposa, además, murió en el año 45, y después mi hija se fue a vivir al Canadá, donde se casó y tuvo dos hijos.

”Pero mi historia es la de muchos paisanos que vinimos a hacer fortuna y después de tanto trabajo nos encontramos con las manos vacías, sin familia y medio jorobados de tanto planchar con aquellas planchas de hierro calentadas con carbón. Es cierto que muchos regresaron, pero pocos pudieron volver con dinero”

–Mario, ¿y si ahora pudiera volver?...

–Ya para qué. Aquí estoy bien. Hace cuatro años que vivo en el asilo y tengo lo que necesito. Solo quisiera recibir más a menudo alguna carta de mi hija Can Diam. Es el único recuerdo que me ata a China.

EL NACIMIENTO DE UN BARRIO

Apenas diez días después de la llegada del Oquendo con su carga de nuevos esclavos, la bahía de La Habana recibía un segundo cargamento de 365 chinos, salidos también de Amoy, a bordo del Duke of Arguile.

Estos hombres, oficialmente libres, eran contratados por la Junta de Fomento para que trabajaran en la Isla –necesitada entonces de mano de obra para la industria azucarera, debido a las trabas que existían para la trata de negros– y traían firmado un documento que los obligaba a prestar sus servicios por ocho años, con un jornal de cuatro pesos mensuales.

De este modo, y a pesar de que casi la quinta parte de los culíes morían durante la travesía, en 1853 ya habían entrado a Cuba más de 5 mil, y entre 1853 y 1873 se importaron otros 132 453 en condiciones de contratados. La inmensa mayoría de ellos eran hombres, pues, como lo demuestra el censo de 1861, había en aquel momento

34 834 varones de origen chino y solo 57 mujeres, traídas, en su mayoría, para la práctica del viejo oficio del amor rentado.

La importación de chinos se hubiera mantenido como un negocio floreciente durante algunos años más, de no ser por la visita a Cuba del mandarín Chin Lan Pin, quien llegó en 1874 con la encomienda imperial de culíes. Aunque el gobierno español y la burguesía criolla trataron de ocultar la verdadera situación de los contratados, Eça de Queiroz, quien luego sería el máximo exponente del realismo literario lusitano y que por entonces fungía como cónsul portugués en La Habana, mostró al enviado imperial la calamidad de la mueva esclavitud que vivían sus compatriotas. Como resultado de esta visita se firmaba en 1877 un tratado entre España y China que suspendía legalmente la contratación… pero no la inmigración. Así, apenas terminado un capítulo oneroso, se abría otro similar en el que solo faltaba el leonino contrato por ocho años de trabajo.

Sin embargo, junto a este proceso se iniciaba otro, como lógica consecuencia. A partir de 1855, algunos culíes que lograban liberarse del convenio firmado en 1847, pasaron a ser trabajadores libres. Aunque soñaban con el regreso a la patria, el fracaso económico de su empresa (“Lo engañaron como un chino manila”, se dice en Cuba desde entonces), obligó a muchos inmigrantes a permanecer en la Isla. Simultáneamente, y atraídos por ciertas facilidades para la inversión y el fomento del comercio, comenzaron a llegar a Cuba, procedentes de California, Estados Unidos, algunos chinos con capital suficiente para devenir pequeños y medianos comerciantes.

Así, en 1858, en Zanja esquina a Rayo, justo donde luego estaría el mismo centro del barrio chino habanero, Cheng Leng, un asiático que tenía fama de ladino y portaba documentos a favor de Luis Pérez, abrió una pequeña casa de comidas chinas. Su ejemplo fue seguido por Lan Si Ye, nombrado Abraham Scull (presumiblemente “californiano”), quien inauguró también en la calle Zanja un puesto de frituras, chicharrones y frutas. Poco después, en la calle Monte abrió sus puertas la bodega de Chin Pan (Pedro Pla Tan), el tercer comerciante chino registrado en la historia de la Isla.

A partir de entonces, en los alrededores de las calles Zanja, Dragones, San Nicolás, Rayo, comenzaron a asentarse una serie de chinos vendedores ambulantes de viandas, frutas, verduras, carne, prendas, quincallería y loza… Había nacido el barrio chino de La Habana.

DE PRÓCER A SANTO,
EL VIAJE DE SAN FAN CON

La sociedad Lung Con Cun Sol, de Dragones 364, es una de las más importantes asociaciones patronímicas importadas por los inmigrantes chinos. Fundada, según la leyenda, por los cuatro hermanos guerreros Cuang Con, Lao Pei, Chui Chi Lon y Chui Fei, durante la dinastía Han, a ella pertenecen sus descendientes, aquellos que llevan los apellidos Lao, Chang, Chion y Chui, y se le rinde adoración a los cuatro próceres fundadores.

En la segunda planta de esta cofradía familiar traída a Cuba con el siglo XX, existe el único altar erigido en la Isla para venerar la memoria de los cuatro titanes mitológicos, pero especialmente al intrépido Cuang Con, El de las Barbas Rojas quien entre sus muchas acciones heroicas tiene la señalada victoria de haber rescatado a las mujeres de su jefe y hermano Lao Pei, secuestradas por el enemigo. Frente a este altar adquirido en Hong Kong en 1925, se festeja cada año la fecha del nacimiento de Cuang Con.

El retablo se divide en dos cuerpos: uno más alto, que vendría a ser el altar mayor del rito cristiano, hecho de madera trabajada con esmerados arabescos, que alberga la imagen dibujada de los cuatro próceres; y otro más abajo, semejante al ara católica, donde reposan los candelabros y pebeteros para el sándalo, sobre una impresionante reproducción en miniaturas de bronce de la vida en la corte imperial: existe aquí, con esa exquisitez que solo ha sido dada a los orientales, un mundo de guerreros, sabios, sacerdotes y custodios, detenidos para siempre, como memoria de un tiempo glorioso.

Sin embargo, el descubrimiento que más satisface es encontrar en este altar la pista definitiva del inconcebible San Fan Con, que más de una vez y con motivos de urgencia, oí mentar a mi madre. “A ese no lo salva ni San Fan Con…”, solía decir. Y, ahora, de pronto, Cuang Con, el venerado guerrero, se me revela como el arquetipo original de ese oscuro San Fan Con, santo iracundo, dueño del rojo y de la espada –como Santa Bárbara–, sin sitio en el santoral romano y jamás invocado por ningún señor del Vaticano, y que, no obstante, es venerado y solicitado por algunas familias del campo cubano.

El historial del héroe mitológico chino no murió, entonces, al llegar a Cuba en la memoria de unos exiliados sin fortuna, sino que en la simbiosis amulatada que nos define, en los actos amorosos de un chino y una negra de antepasados africanos, padres de un mulato de pelo duro y ojos rasgados, Cuang Con se transformó en el irascible San Fan Con, confundió sus atributos con los de Santa Bárbara, y adquirió aquí, en el lejano mar Caribe, nuevos e inesperados descendientes.

TODOS LOS CHINOS SIENTEN NOSTALGIA

–Yo no creo en San Fan Con, la verdad. Ni en ningún santo –me confiesa Francisco Cuang, con esa sonrisa permanente que saben dominar algunos asiáticos.

Francisco Cuang, funge desde hace algún tiempo como secretario de esta sociedad, Luna Con Cun Sol, y luego de mostrarme el maravilloso altar, enciende un cigarro y se sienta a conversar. En el salón principal de la sociedad, este mediodía frío y lluvioso, otros paisanos juegan un silencioso partido de dominó mientras beben un té fuerte y aromático.

–Yo también quise regresar a China –me cuenta Francisco–. En el año 29 ó 30 hice todo lo posible por conseguir el dinero del pasaje, pero nada, nunca pude, y creo que después nunca volví a intentarlo en serio. No fueron tantos los que pudieron regresar, y menos con dinero.

– ¿Y cuándo llegó a Cuba?

–En 1922, con 17 años, en el barco Presidente Cleveland. Yo vine porque mi padre había muerto, y aunque mi familia tenía algún dinero, mi padrino, que había montado negocios aquí, decidió traerme.

“Gracias a él, estuve un año estudiando español con un chino muy viejo que vivía aquí en el barrio y daba lecciones a los recién llegados. Pero desde que llegué mi padrino me puso a trabajar en la quincalla La Ciudad de Cantón, y también vivía allí, en la trastienda, con cinco paisanos más. Por cierto, cuando lo del regreso yo fui a ver a mi padrino y me encontré con que lo había vendido todo y se había ido para Viet Nam…

”Por esa época yo salí para el interior y trabajé dos años en Cienfuegos, y cuando regresé a La Habana trabajé en varias bodegas y en las que más tiempo estuve fue en la de Monte y Matadero, que pertenecía a un chino muy rico que se llamaba Wong Ki Lion, pues nunca tuvo nombre español, algo que es muy raro.”

– ¿Y por qué usted escogió Francisco como nombre?

–Bueno, mi nombre chino es Cuang Ken Fu, pero al llegar me puse Venancio. Hace algunos años, cuando vino lo del carnet de identidad, aproveché entonces para cambiar Venancio por Francisco, que me gusta más, y ahora la gente me dice Pancho.

–Francisco, ¿alguna vez se sintió solo?

Sí, creo que sí.

–Pero nunca se casó…

–No, no quería responsabilidades, y como pensaba volver a China, para qué comprometerme.

– ¿Ha sentido nostalgia?

–Mi amigo, todos los chinos sienten nostalgia.

– ¿Y no le gustaría volver ahora?

– ¿Tendría sentido volver ahora? A mí me pasó como San Fan Con, me cubanicé sin remedio.

UN ENCANTO ENIGMÁTICO Y EN EXTINCIÓN

En las tardes de verano, cuando los comercios de Reina, San Rafael, Galiano y Neptuno se pueblan de compradores apresurados y bulliciosos venidos de todos los rincones de La Habana e, incluso, de los más lejanos puntos de la Isla, las calles cercanas y antes populosas del barrio chino habanero reposan con una calma impávida y espesa. Estas tardes sudorosas y pendencieras son las mejores para buscar ese encanto enigmático y en extinción que todavía se respira en este coto cerrado que llegó a ser la mayor colonia china de América Latina.

En las puertas de las casas octogenarias y angostas, se sientan los chinos a fumar sus cigarros breves y a rumiar su nostalgia infinita, irremediable, de viajeros sin retorno. Los ojos mustios y los rostros cuarteados han perdido el asombro remoto de los que, empujados por el hambre y con el regreso en la mente, llegaron a Cuba.

Entonces eran jóvenes, lúcidos y luchadores, y muy pocos aquí comprendieron los motivos de su viaje intercontinental, hacer dinero para, con él, volver a la patria con la premura que empuja a todos los emigrantes económicos.

Pero esa fabulosa imagen ya se ha ido borrando; estos chinos son ahora elementos indispensables en la fisonomía de una ciudad mulata que ellos también conformaron. Me gusta, por eso, verlos deambular tranquilos y meditar sin remordimientos, como hombres que ya han aprendido todas las lecciones de la vida y asumieron el fracaso de su empresa imposible con una dignidad apacible y total. Ahora, sin embargo, viven con la certeza de la vejez tranquila que a ellos también les ha sido dada.

Sí, me gusta verlos deambular tranquilos y meditar sin remordimientos.

 

UN ROSTRO DEFINIDO

Después de la instalación de los primeros comerciantes, a finales de los años 50 del siglo pasado, el barrio chino de La Habana comenzó a crecer con una celeridad alarmante. No obstante, eran todavía muchos los culíes que no habían podido desprenderse de sus contratos o, ya libres, vivían en todo el país bajo un régimen de explotación similar al del esclavo negro. No es casual, entonces que como sus hermanos de infortunio, los chinos se sumaran desde el principio a la revolución independentista iniciada por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868.

 

Los tratantes de culíes habían cometido, entre otros, un error capital: junto a los desesperados agricultores, habían aceptado, a bajo precio, una gran cantidad de prisioneros políticos procedentes del gran movimiento revolucionario chino de mediados de siglo, Taipings, a quienes la nueva esclavitud no hizo más que mantenerles vivo el espíritu rebelde para que se incorporaran, junto a sus compatriotas labradores y también explotados, a la Guerra de Independencia cubana con el mismo ardor que exhibieron en su lejana patria.

 

Incontables fueron, desde entonces, las heroicidades de los mambises chinos que, en cantidades considerables, combatieron en aquella gesta y bajo las órdenes de los grandes patriotas cubanos.

 

Mientras, el barrio chino que se formaba en los alrededores de la calle Zanja iba adquiriendo su definitivo espíritu de ciudad asiática en miniatura: entre 1867 y 1868 surgen las tres primeras sociedades de ayuda mutua. La primera de ellas, Kit Yi Tong (La Unión), se propuso reunificar a todos los chinos de La Habana. Luego se crean la Hen Yi Tong (Los Hermanos) y la Yi Seng Tong (Segunda Alianza), formada por los chinos Ja–Ka.

 

Ya en 1870 se hace evidente en La Habana la presencia de algunos “californianos”, que en marzo de ese año abren la primera casa importadora de efectos de Asia. Sus dueños eran los banqueros Ley Weng, Youy Shan y Lan Ton. Al mes siguiente, en la esquina de Sol y Villegas, se instala la casa Con San Tong, el segundo gran comercio chino, fundado con un capital de 50 mil pesos. Y cuatro años después, en Dragones No. 40, abre sus puertas el primer gran restaurante chino de La Habana, con platos asiáticos inventados en San Francisco, pues los comerciantes sabían bien que sus auténticos menús de pescado seco y ahumado, arroz y vegetales verdes, sazonados con apio, jengibre, ajonjolí y huérfanos de sal, serían un fracaso para el gusto occidental. Se crean así las “comidas chinas” que se harían famosas en todo el mundo.

 

Desde aquella época comienza a producirse una oculta, pero evidente escisión entre los emigrantes chinos: mientras unos vienen con capital suficiente para instalarse directamente en la vida comercial del país y traen consigo a sus familiares para alojarlos en casa propia, otros dependen solo de sus manos para ganarse el sustento y viven en condiciones infrahumanas, o, en el más notable de los casos, deciden compartir la suerte de los cubanos en los campos de batalla.

 

LOS GRANDES SUEÑOS

 

En la década de 1870, cuando resulta innegable la existencia de un barrio chino en La Habana, llegan a la capital cubana, procedentes de San Francisco, California, cuatro empresarios chinos, con 15 mil pesos en los bolsillos y el proyecto de fomentar una sociedad para construir el teatro chino que, poco después, abriría sus puertas en Zanja y San Nicolás.

 

Recuerda Antonio Chuffat, el primer historiador de los chinos en Cuba, que el escenario de este teatro “era caprichoso y raro, pues no se veían los músicos. Era una especie de tablado, todo cerrado, en forma de reducto octogonal donde se exhibían los muñecos (construidos por el escultor Choy Men), que representaban los grandes sueños de la antigua leyenda china: la dinastía de Men, los antiguos próceres descendientes de Chon Wa, verdaderos chinos. El precio de la entrada era de dos reales fuertes”.

 

A este teatro –que se transformó sucesivamente hasta convertirse en el cine El Pacífico–, se unieron el Sun Yen, de Lealtad esquina a Reina, inaugurado en 1875; el teatro Chino de Zanja, posteriormente convertido en el picaresco teatro Shangai, que de chino solo conservaba el nombre; y tal vez el más importante de todos, el de Rayo 104, el Kam Yen o Águila de Oro.

 

En aquel entonces, interpretadas por actores chinos procedentes de California, los éxitos teatrales de esta dramaturgia fueron las óperas Shik Yan Kuey, cuya puesta en escena duraba ¡15 días!, y Shi Kong, que se representaba en 12 jornadas de cuatro horas.

 

UN RITO PARA INICIADOS

 

Cuando Ana Li escenifica su combate contra el león, cada músculo y cada nervio de su cuerpo vibran con la ancestral intensidad de un arte milenario cuya esencia última ha sido negada a los occidentales. Todo el misterio del mundo chino se alberga en su cuerpo breve y flexible, mientras el rostro contraído adquiere la gravedad de la lucha a muerte.

 

Hija de chinos, nacida en Cuba hace 55 años, Ana Li parece un raro superviviente del rito para iniciados que es el teatro de sus mayores.

 

“Yo trabajé durante 24 años en el teatro chino. Comencé con la compañía Ko Seng, una de las cuatro que entonces existía, donde me inicié haciendo papeles de criada. Luego pasé a la compañía Koc Kun y ya interpreté roles protagónicos, como el doble papel de Mou Tai Ton, una obra donde hacía de hombre y de mujer y en la que además de batirme con el tigre, hacía una escena de casi dos horas en la que yo sola cantaba y hablaba con mi cuñada.

 

”Recuerdo que cada compañía tenía veintitantos integrantes, entre músicos y actores, y existía mucha rivalidad entre ellas, por lo que eran independientes y apenas se veían. Nosotros trabajábamos una vez por semana, en El Águila de Oro y en El Pacífico, y ganábamos solo 2.50 pesos por función y eran obras de unas cuatro horas y a teatro siempre lleno.

 

”Mis papeles preferidos eran aquellos en que encarnaba un héroe (a veces un emperador) y debía escenificar combates con lanzas y varas. Aquí se exhibía toda la potencialidad del actor chino, que es el actor más completo del mundo, porque el simbolismo de este teatro lo obliga a darlo todo con el cuerpo (apenas hay escenografía y el maquillaje es fundamental) y resulta imprescindible saber canto, danza, acrobacia, pantomima, actuación y artes marciales.

 

”Cuando no trabajábamos en La Habana, hacíamos giras por el interior y actuábamos en sociedades chinas de Santiago de Cuba, Morón, Camagüey, donde salíamos mejor, pues se ganaba más y nos hacían muchos regalos, sobre todo joyas de jade, que es el mejor obsequio que se le puede dar a una actriz.

 

”Después que se desintegraron las compañías nunca más pensé en la posibilidad de trabajar con un grupo cubano, a pesar de que soy muy cubana. Es que mi formación es completamente distinta. Pero siempre he recordado con nostalgia el reconocimiento y la fama de mi época de actriz y más de una noche he soñado que estoy en el escenario y me veo vestida con aquellos trajes largos, brillantes, maravillosos.”

 

LA ÚLTIMA DISYUNTIVA

 

Al despertar el siglo XX, Zanja se llenaba, cada mañana, del arrítmico chirrido de las carretillas de los verduleros chinos que prometían vender más barato que nadie. Los puestos de fritura hacían sonar la manteca hirviente que doraba las majúas y los bollitos de caritas, mientras que el dulcero, con su diminuto establecimiento a cuestas, salía a probar su pobre fortuna ambulante.

 

El barrio, donde vivían alrededor de 10 mil chinos, se había hecho autosuficiente: sociedades, comercios de todo tipo, teatros, casas de juego y fumaderos de opio, periódicos, farmacias, prostíbulos y funerarias propias, garantizaban la satisfacción de todas las necesidades y apetitos. Incluso, a fines del siglo XIX, y gracias a las gestiones de los cónsules Lin Liang Yuang y Tan Kin Cho, los chinos contaban con un cementerio donde reposar con la cabeza apuntando al este y con un asilo donde vegetar, en horribles condiciones, esperando la muerte salvadora.

 

Pero los chinos seguían siendo una estirpe mal vista y segregada, y desde 1902, con la Orden Militar 155 del gobernador Leonard Word, la nueva república empezó a poner frenos a la abundante emigración asiática.

 

Mientras en 1899 existían casi 15 mil chinos en Cuba (de los cuales solo 49 eran mujeres), en 1907 apenas quedaban 11 837 y, pese a la entrada irregular de braceros asiáticos, doce años después la cifra disminuyó a 10 300. En cambio, durante los años 20, entre leyes y contraleyes que se alteraban para admitir o prohibir la entrada de chinos en Cuba, se produjo la última gran inmigración y, hacia 1930, la colonia contaba con más de 24 mil almas… En esta gran ola vinieron los chinos que hoy se sientan en las sociedades del barrio a recordar el terruño, mientras hilvanan interminables datas de dominó.

 

Treinta años después de aquel crecimiento, con el triunfo de la Revolución, surgió una última disyuntiva para el barrio chino de La Habana y, con las nuevas leyes, se produce el éxodo de los “californianos” y comerciantes chinos que ven sus intereses en peligro y de otros pobres seguidores, espantados por el terrible “fantasma” del comunismo anunciado.

 

Detenida la inmigración en un país que no alienta la importación de braceros, y ejecutada la diáspora de los descontentos, el barrio chino entró así en su última etapa vital: la que existirá mientras dure la vida de los emigrados que vinieron a Cuba a trabajar y soñaron con el imposible regreso a la patria, pero decidieron hacer de la Isla (como sus antecesores mambises), su segunda y definitiva tierra.

 

LA MEMORIA Y EL OLVIDO

 

Veo, en una foto sepia y muchas veces reproducida, la estampa terrible de la muerte: en el primigenio asilo de ancianos chinos un hombre delgado hasta el esqueleto agoniza en un jergón. A su lado reposa la lata donde descansa la fina pipa de bambú que puede alternar el opio y el tabaco. La soledad y la mugre son los otros acompañantes del hombre que agoniza.

 

Ahora acabo de visitar el asilo chino de Jacobino. Ciento nueve hijos del “Celeste Imperio” pasarán aquí los últimos años de su vida. Pero todo es distinto: mientras las pantristas les llevan la comida a la cama o les sirven las mesas, un grupo de enfermeras y auxiliares rodea a los ancianos. Cada mañana, después del aseo un barbero está a la disposición de los moradores, y no hay olores insultantes ni imágenes deprimentes en este asilo de Cheng Wah de 1897.

 

Entre los residentes está Luis Ing, un hombre octogenario, lúcido y hablador que, según me dijo, no quiere tratos con la muerte: –Es tan bueno estar vivo –asegura. Y recuerda:

 

“Yo tenía 20 años cuando llegué a Cuba, en febrero de 1919, y soy uno de los chinos que mejor se conoce este país, se lo digo yo. Como nunca me ha gustado echar raíces en ningún lado, desde que llegué fui a trabajar al campo y así recorrí muchos lugares cortando caña, guataqueando, abonando la tierra, y en eso recorrí Santiago de Cuba, Manzanillo (que es el pueblo de Cuba donde a las mujeres más les gustan los chinos), Palma Soriano, Jiguaní, Yara, Camagüey, Florida, Santa Clara, Trinidad y mil pueblos más.

 

”Después que dejé el campo me metí en el comercio, pero siempre en bodegas con cubanos, pues prefería trabajar con ustedes. Es que a mí me gusta todo lo cubano, desde las mujeres hasta el espiritismo – ¡y cómo hay espiritistas en Cuba!–, y recuerdo que lo primero que hice al llegar aquí fue cambiarme el nombre: yo me llamo Ung Ing Tah Van, y como no hay cubano que diga eso, me puse Luis Ing y se acabó.

 

”Pero yo gané mi dinero en el campo y como mecánico de carros en Manzanillo, y por eso en el año 47 saqué mi pasaje de regreso a China. Pero cuando llegué allá me encuentro con que no conocía a nadie ni nadie se acordaba de mí, que la situación del país era muy mala y comprendí que también me había acostumbrado a vivir en Cuba. Y en 1950 decidí embarcar de nuevo.

 

”Pero esta vez me quedé en La Habana y como me restaba algún dinero, compré una máquina de hacer helados y abrí el negocio en la calle Concepción del Valle. Allí vendía helados de frutas, nunca de esencias, sino de frutas del país, de mamey, mango, anón, y cobraba la bolita a dos quilos y luego a medio. Y seguí en La Habana, en el comercio, hasta que me retiré y como hablo tan bien el español, porque siempre andaba con cubanos, me hicieron secretario de la sociedad, la de Manrique 564.”

 

–Luis, ¿usted nunca se casó?

–No, chino solo bien se arregla. Pero tuve mis mujeres, eso sí…

 

– ¿Y nunca sintió soledad?

–Hay gente que está acompañada toda la vida y siente mucha soledad. Eso es así.

 

– ¿Qué es lo que más recuerda de su país?

–La miseria, que obligaba a emigrar a la gente. Así que es mejor no acordarse mucho ¿verdad?

 

EL VIAJE MÁS LARGO

 

Un sabio y antiguo proverbio chino asegura que “El viaje más largo empieza con el primer paso”. Hace ya 140 años se dio el primer paso de esta larga historia de desarraigos que se ha convertido, también, en la historia de una convivencia, de una presencia activa y constante del chino en la vid cubana.

 

Para siempre han quedado aquí los monosílabos y sonoros apellidos, los ojos rasgados y ágiles llegados con esta migración que ha venido a entregar una cara más al prisma de nuestra nacionalidad. Los chinos son ya parte de nosotros.

 

Sin embargo, la esencia última de estos hombres sigue siendo un misterio, velado por una cortina tenue pero infranqueable, hecha de aromático humo de sándalo. Algo hay, más allá, que los chinos siempre reservan, como el preciado tesoro de su identidad. Algo existe, milenario y muy asiático, que han sabido guardar con celo incorruptible.

 

Y, en el barrio chino de La Habana, vive todavía ese enigma, guardado en el corazón de unos emigrantes sin retorno, nuestros hermanos durante tantos años. Allí vive, todavía, ese misterio magnético y ancestral, porque aún no se ha dado el último paso del viaje más largo.

Tomado de El viaje más largo. Ediciones Unión, 1994.

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