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LA TREMENDA CORTE
 
La indiscutible joya entre los programas humorísticos radiales de la época fue La Tremenda Corte que, al cabo de sesenta años, sigue insertado en la programación radial de varios países de América, incluido el Estado Norteamericano de la Florida.

Enrique Núñez Rodríguez |
La Habana


Se abre el telón poco a poco
  y aparece una explanada
    a la derecha no hay nada
        hacia la izquierda tampoco.

Así describía la escenografía, en forma tan simpática como sencilla, el que para mí ha sido el mejor escritor de humorismo radial de todos los tiempos en Cuba, Cástor Vispo, autor de El barón del Calzoncillo

Los trágicos amoríos
del barón y la barona
     drama de tintes sombríos
            que horroriza, que emociona,
  y que causa escalofríos

Fue también autor del programa radial, en versos, El vigilante Tiburcio Santa María de la Novena Estación, entre otros programas de gran radioaudiencia. La indiscutible joya  fue La Tremenda Corte que, al cabo de sesenta años, sigue insertado en la programación radial de varios países de América, incluido el Estado Norteamericano de la Florida. Cástor Vispo  fue el más cubano de los gallegos que vinieron a residir en Cuba a raíz de la derrota de la República en la Guerra Civil española. Fue, y sigue siendo,   el mejor autor humorístico radial de todos los tiempos en nuestro país.  Sólo podría discutirle  esa condición Alberto Luberta que ha mantenido durante más de treinta años el espacio radial  Alegrías de sobremesa, pero Luberta está de acuerdo conmigo en esta clasificación de Vispo. Maestro en el retruécano y en delinear situaciones  de la picaresca criolla, Vispo contó con un estelarísimo elenco, presidido por Leopoldo Fernández (Tres Patines), e integrado por Mimí Cal (Nananina),  Aníbal de Mar (Filonemo), en su estelarísimo papel de contrafigura, Adolfo Otero (el gallego  Rudesindo Caldeiro y Escobiña) y otros cómicos de primera magnitud en el ambiente radial cubano de la época.

Baste señalar, como ejemplo de esa gracia natural e ingenua, el juicio señalado a Tres Patines por el delito de estafa.  Tres Patines le había vendido a Nananina un radio de siete tubos. Al instalarlo Nananina se encontró con que el radio no funcionaba e hizo la denuncia. El tremendo juez de La Tremenda Corte consideró un delito de estafa el haber vendido un radio inservible a Nananina. En sus descargos Tres Patines alegó que el radio era, efectivamente, de siete tubos. Y afirmó: “tuvo antena, tuvo bombillos, tuvo ojo mágico, tuvo dial,  tuvo botones, tuvo alambritos, y tuvo toma corriente. Si usted sabe contar, señor juez verá que fue un radio de siete tubos. Olvídese de la ortografía  y hágame justicia”.

Al triunfo de la Revolución un avispado funcionario de CMQ compró los derechos de transmisión de La Tremenda Corte a un precio irrisorio y se llevó las cintas grabadas para los Estados Unidos. Desde entonces La Tremenda Corte ha sido un éxito rotundo en varios países, y es de calcular que ha rendido extraordinarias ganancias al funcionario de CMQ.

Sugiero pues, que si en algún momento los Estados Unidos llegaran a establecer relaciones de igualdad con Cuba y gestionaran el pago de las propiedades norteamericanas confiscadas en nuestro país, se incluya una cláusula   en la que se reconozca el derecho de Cuba a cobrar lo que le corresponde por la utilización de las cintas grabadas de La Tremenda Corte. Por que hay una verdad innegable: no ha habido espectáculo radial más netamente cubano que este escrito por mi amigo el gallego Cástor Vispo y Villardefranco, que reposa para siempre, según propia decisión,   en el Cementerio de Colón en La Habana. Voluntad con la que hizo palpable su íntima  decisión de ser cubano.

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