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RECUERDOS DE NICOLÁS
 
A partir de ahora, cuando me pidan mi curriculum vitae, haré constar un mérito que hasta hoy no he utilizado. Me bastará escribir, entre títulos, diplomas y reconocimientos, una sencilla frase: “Fui amigo de Nicolás Guillén, de Primer Grado”.


Enrique Núñez Rodríguez|
La Habana


Hace unos días un periodista amigo que estaba realizando un trabajo sobre el Centenario de Nicolás Guillén me preguntó: ¿Qué es para ti lo mejor de Nicolás Guillén? Le contesté: el recuerdo de sus carcajadas.

Con esa frase quise expresarle que entre las grandes virtudes del poeta se destacaba su sentido del humor. Conversar con Nicolás era una fiesta para el espíritu.

Recuerdo en cierta ocasión en que se festejaba un aniversario de la UNEAC. Los tragos de la celebración hicieron que me desinhibiera y le manifesté al poeta: “Nicolás, respetando la opinión de sus críticos nacionales e internacionales, a mí la poesía suya que más me gusta son los Poemas de Amor”. Me contestó rápidamente: “A mí también” y, tomando un libro, me leyó esa joya de la poesía romántica que habla de una despedida en el aeropuerto. No le bastó con eso. Tomó un bolígrafo y escribió en la página que contenía el poema: “Para Enrique, que sabe de estas cosas”.

Pero no todo fue tan agradable en nuestras relaciones amistosas. Tuve con él una dolorosa experiencia. Animaba yo una Tertulia de la UNEAC. Inesperadamente se incorporó Nicolás. Al verlo expresé: “Contamos en esta Tertulia con la presencia de Nicolás Guillén. Presencia que me honra y asusta.”

Por aquellos días él me había prometido obsequiarme con una parejita de los kíkiris que cuidaba en el patio de la Institución. No me extrañó pues, que me citara a su despacho al día siguiente de la Tertulia. Asistí puntualmente a la cita. Al llegar a la UNEAC me interceptó Joaquín G. Santana para informarme que Nicolás se había sentido muy ofendido por mis palabras de recibimiento en la Tertulia. Había interpretado que, al decir yo que su presencia me asustaba, había querido burlarme de él.

Durante veinticuatro horas Joaquín y su jefa de Despacho, nuestra querida Sara, estuvieron tratando de convencerlo de que yo era incapaz de semejante cosa. De entrada, la reacción de Nicolás fue decirles a ellos: “Ah, ¿pero se van a poner de parte de Núñez?” Le pidieron, entonces, que oyera la grabación de mis palabras para que juzgara por sí mismo y se percatara del tono de admiración con que fueron dichas.

Nicolás escuchó la grabación varias veces. En un momento determinado lanzó una carcajada y dijo: “¡Qué clase de injusticia iba a cometer yo con ese muchacho! Díganle que pase”. Al entrar me recibió con un abrazo y me dijo: “Te mandé a buscar para hacerte entrega de la parejita de kíkiris que te había prometido...” Como es lógico, me volvió el alma al cuerpo. Lo último que hubiera querido en mi vida era ofender al hombre que tanto admiraba. Aunque no se mencionó en la Mesa Redonda que le dedicaron figuras nacionales e internacionales con motivo de su Centenario, a mí me consta que una de las características de Nicolás era su enorme susceptibilidad, que puede añadirse a la deliciosa vanidad con que lo caracterizó Harold Gramatges.

Por ahí anda, en uno de mis libros de Memorias, la broma que me jugó en un Congreso de la UNEAC. Aunque sea una reiteración quiero incluirla en esta crónica: Le había contado a Nicolás que en cierta oportunidad fui a cobrar con el periodista negro Máximo Herrera una cuenta que nos debía el propietario de una posada situada cerca de la tienda El Encanto. El español dueño de la posada nos citó para las siete de la mañana que era la hora en que salían las parejitas y pagaban sus cuentas. A las siete allí estábamos el negro Máximo y yo. El español hizo sonar la caja contadora y me entregó dos billetes de a cinco pesos que era el saldo de la deuda que tenía con nosotros. Como no quise demostrarle al español nuestra ansiedad por repartirnos el dinero, me eché los diez pesos en el bolsillo y me encaminé hacia la salida. Por el camino Máximo me reclamaba su parte: “blanquito, suelta el gallo”, pero yo lo retuve hasta llegar a la puerta de salida. Saqué un billete de a cinco de mi bolsillo, y se lo entregué limpiamente a Máximo. En ese momento pasaba un vendedor de mangos con su carretilla y pudo observar la operación de entrega del dinero. Con toda malicia exclamó en alta voz: “los vi, los vi”. Nicolás disfrutó de la anécdota, pero la cosa no paró ahí.
 


Días después, sentado en la presidencia junto al Comandante en Jefe Fidel, tuve la mala suerte de pasar por frente a ellos en la grata compañía del también poeta negro Marcelino Arozarena. Nicolás fijó su vista en mí y llevándose el dedo índice de la mano derecha al ojo izquierdo exclamó: “los vi, los vi”. Mi extraordinario amigo Marcelino Arozarena no pudo explicarse jamás aquello porque lo esquivé durante el resto del Congreso.

Quiero que su hija Georgina sepa que quise mucho a su padre, pero que mi posición de entonces, ahora, le resultará explicable. Y ya que hablamos de familiares queridos, quiero que Nicolasito, el nieto de Nicolás, sepa que a partir de ahora, cuando me pidan mi curriculum vitae, haré constar un mérito que hasta hoy no he utilizado. Me bastará escribir, entre títulos, diplomas y reconocimientos, una sencilla frase: “Fui amigo de Nicolás Guillén, de Primer Grado”
 

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