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EN EL BAR LA VIDA ES MÁS SABROSA
 
Le agradezco a los bares de La Habana muchos de los momentos más agradables de mi vida. Entre sorbos de añejo y añejo podía recorrerse la historia de la farándula habanera y hasta ciertos toques históricos de la visita de Maceo a La Habana.


Enrique Núñez Rodríguez |
La Habana


Le agradezco a los bares de La Habana muchos de los momentos más agradables de mi vida. Compartir tragos y conversaciones en Puerta Tierra con la chispeante actriz Alicia Rico, constituye un honor inolvidable.

Departir en La Roca con Eduardo Robreño, uno de los más agradables conversadores que he conocido, no es un mérito despreciable. Entre sorbos de añejo y añejo podía recorrerse la historia de la farándula habanera y hasta ciertos toques históricos de la visita de Maceo a La Habana.

En la Bodeguita del Medio le celebramos el centenario, nada más y nada menos, que a Sindo Garay. Sobre la mesa una botella de ron y un plato de chicharrones. En la boca, una enorme breva, humeante y aromática, como para desmentir todas las teorías sobre el daño a la salud que pueden provocar el tabaquismo, o las grasas que aumentan el colesterol.

En El Patio compartimos madrugadas deliciosas con Alfredo Cataneo y el famoso Trío Taicuba, en jornadas de música y anécdotas.

Añádase, El Floridita, donde Hemingway bebía el famoso Daiquirí, bar al que, por razones económicas no podía entrar cuando era estudiante. Ni ahora tampoco.

La lista podía completarse con los bares de La Zaragozana, el 1830, Puerto de Sagua, El Baturro y, si echamos los files hacia atrás, tendríamos que referirnos al Bodegón de Teodoro, justamente a la salida de la Universidad.

Quizás pudiera escribirse un libro sobre los bares de La Habana. Me limito a contar, por razones de espacio, algunas de las anécdotas más graciosas que recuerdo. Trabajaba José Antonio Méndez, El King, en un salón del Hotel Nacional. Asistí a uno de sus conciertos en el que interpretó varias de sus magníficas canciones. Lo invité a darse un trago en el bar. Me pidió que esperara a que él terminara porque no le gustaba beber en su centro de trabajo. Cuando terminó su actuación nos dirigimos al cercano Gato Tuerto. Al llegar a ese centro nocturno se nos interpuso el portero para decirnos que no podíamos entrar, ya que el administrador del centro había ordenado que sólo se podía entrar por parejas. El King se sonrió y le replicó al portero: “elige tu el homosexual entre nosotros dos”. La ingeniosa salida de José Antonio fue como el sésamo ábrete para el acceso al popular centro nocturno.

En otra ocasión nos encontramos en el bar de La Roca. José Antonio llevaba su guitarra. Le pedí que me cantara “Me faltabas tú” su bellísima canción. El King desenfundó su guitarra y comenzó a tararear en voz muy baja: “Me faltaba amor, me faltaba paz”. En ese momento lo interrumpió la voz del administrador con un irreverente grito: “Aquí no se puede cantar”. El King me miró sorprendido y me preguntó: ¿tú te fijaste si entramos en un bar o en la funeraria?, e introduciendo su guitarra en el estuche, comentó finalmente: “en México me pagarían miles de dólares por cantar en un bar, y este estúpido no me deja”.

Fue en el bar de El Emperador. En mis andanzas juveniles había logrado conquistar a una bellísima rubia para que me acompañara a darnos unos tragos, con toda la intención de lograr sus favores. En el bar estaba Harold, uno de los más experimentados y simpáticos de los gastronómicos históricos cubanos. La joven se tomó dos o tres tragos pero mantenía conmigo una distancia glacial. En un momento en que ella salió para maquillarse Harold comentó conmigo la actitud indiferente de la muchacha. Y sencillamente me dijo: “Ahora cuando venga del baño déjamela a mí”. Al regreso de la joven Harold le propuso que probara un “Harold Special” ella aceptó. Y Harold, batidora en mano, preparó un compuesto de las más disímiles bebidas. Se lo sirvió en una copa adornada con una guinda que Harold definió como “del color de tus labios”. La muchacha sorbió el trago con elegancia. Y, no bien, había terminado cuando, con entusiasmo inusitado, me abrazó fuertemente y me estampó un beso en los labios. Harold, solo comentó: ¿Qué te dije? Nunca pude conseguir la receta del Harold Special.

El bar de La Roca era un lugar de reunión de los artistas. Allí, en cierta ocasión bebía un trago matinal mi hermano Héctor. Eran aproximadamente las 12 del día. Entró en el bar José Antonio Cepero Brito, ese simpatiquísimo locutor nacido en Manacas. Al ver a mi hermano dándose un trago, le preguntó: ¿Tú no estabas a dieta? Héctor le respondió: “es que el médico me dijo que yo podía sustituir las dos galleticas de soda de la merienda por un trago y eso es lo que estoy haciendo”. Cepero siguió para su trabajo. Regresó a las 6 de la tarde, es decir 6 horas después. A la entrada a La Roca encontró a Héctor en el bar. En medio de una carcajada le gritó: “Coño, Héctor, te has comido una lata de galletas”.

Quizás, un clásico, entre las anécdotas de los bares de La Habana, sea lo que le sucedió al actor Carlos Más, el cesante de la televisión. Una tarde bebía en La Roca. Celebraba su onomástico, e invitaba a todos los compañeros del ICRT que pasaban por la barra. La cuenta de tragos iba engrosándose a medida que el tiempo pasaba. Cuando decidió marcharse y fue a buscar su billetera para liquidar lo consumido, comprobó, horrorizado, que se le había quedado en su casa. Richard, el camarero le pasó la cuenta. Carlos Más le dijo que le diera una oportunidad para ir a buscar el dinero. Pero Richard alegó que él tenía que liquidar el vale al momento. Rogó Carlos Más. Se negó Richard, exigió el pago inmediato. Fue entonces que Carlos exclamó: ¿Tú no me conoces a mí? Yo soy Carlos Más. A lo que Richard replicó: “Y yo soy Federico Engels. Y me tienes que pagar o llamo a la policía”.

Después de haberles contado estas anécdotas me parece absurdo que mi médico, en la última consulta, me haya aconsejado suprimir los tragos.

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