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HERENCIA DE FAMILIA
 
Mi madre y mis tías fueron excelentes cocineras. Salvo en el machadato, que nos vimos obligados a comer diariamente, harina sin manteca, a la que llamábamos “ruñidera”, en mi casa disfrutábamos de platos especiales, lo que hizo exclamar a un viejo médico del pueblo: “los Quivicanes, es decir, nuestra familia, se han comido un central azucarero”.


Enrique Núñez Rodríguez |
La Habana


Mamá era una excelente cocinera. Nunca he comido un boliche mechado, ni unos frijoles negros dormidos como los que ella hacía.

Cuéntase que mi familia tiene un origen gastronómico, por la línea materna. Mi abuelo, Enrique “Quivicán” era copropietario con su hermano Cornelio del café restaurante Yara, en Quemado de Güines. Según la leyenda, abuelo tenía en el patio de su restaurante un corral en el que no faltaban nunca, ejemplares tales como un venado vivo, conejos, chivos, y otros animales, para ofertar a los posibles clientes. Esto, claro está, en los días de la Danza de los Millones. Su clientela estaba constituida por los viajantes de comercio que no tenían otro remedio que pernoctar en Quemado,  ya que el tren tenía que regresar a Sagua, por la inexistencia de línea de ferrocarril para seguir a Rancho Veloz o Corralillo. Dícese que abuelo tenía también una especie de piscina en la que no faltaban los langostinos, cangrejos moros, langostas, anguilas, y otras variedades de mariscos. Al viajante antojadizo lo complacía ofreciéndole los más variados platos, que les cobraba, naturalmente, a precios altísimos. En cierta ocasión un grupo de viajantes, procedentes de Sagua la Grande le ordenaron a abuelo, una cena de lujo, incluida una monumental paella. A la cena concurrió esa noche una prostituta que acompañaba a los viajantes. Antes de servir la cena se prodigaron los tragos, con tal intensidad que la prostituta no pudo contenerse y se orinó en el limpio salón del Yara. Consumida la cena, los visitantes pidieron la cuenta. Abuelo se las entregó. Cuando fueron a revisarla se encontraron, que expresaba: “diez paellas, 20 pesos; 4 botellas de vino Marqués del Riscal, 12 pesos; M de la P, 35 pesos”. Reclamaron los viajantes. No comprendían este último cargo en la cuenta. Protestaron. Abuelo se encargó de aclarar el misterio. “M de la P, quiere decir la meada de la puta”. Es la propina que quiero dejarle al empleado que tuvo que trapear el salón.

Una vez surgida la crisis de los años treinta, abuelo perdió el restaurante, y optó por poner una venduta en la que ofrecía un delicioso pan relleno a dos centavos, así como, pudín  con coco a dos centavos el platillo. Abuelo le llamaba a su venduta, un “puesto de pedir limosnas”. Vendía también, en su humilde establecimiento, platanitos manzanos, a seis por centavo. Era tanta la demanda que los maduraba con carburo. Una tarde húmeda, la concentración del gas en el barril que contenía los plátanos, provocó una fuerte explosión que perforando el techo del establecimiento regó por todo el pueblo los plátanos manzanos. A la caída de Machado mi abuelo fue distinguido en el pueblo como el autor de la bomba platanera, que alguien definió como “la más sonada protesta contra la dictadura en el pueblo”.

De toda aquella historia solo quedó en mi familia el hábito de comer bien. Mi madre y mis tías fueron excelentes cocineras. Salvo en el machadato, que nos vimos obligados a comer diariamente, harina sin manteca, a la que llamábamos “ruñidera”, en mi casa disfrutábamos de platos especiales, lo que hizo exclamar a un viejo médico del pueblo: “los Quivicanes, es decir, nuestra familia, se han comido un central azucarero”. Un elogio no muy cultural, pero sin duda muy nutritivo, responsable quizás de la diabetes mellitus que me acompaña de por vida.  

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