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LA HISTORIA NO ES UN MONOLITO
 
No me interesa el 20 de mayo, me interesa un período de la historia. Estoy contra todas las simplificaciones. No puedo pensar el período de la República que precede a la Revolución, sino como una época de contradicciones, de situaciones, de vivencias, y sobre todo como un período germinal.


Alfredo Guevara |
La Habana


Los años que precedieron al triunfo de la Revolución, últimos de la República Neo-Colonial, fueron portadores de experiencias excepcionales y enmarcaron situaciones y tensiones que irradiaron influencia decisiva en los que siguieron al establecimiento del poder revolucionario. Fueron entre uno y otro período alrededor de veinticinco años, un cuarto de siglo repartido irregularmente. Y ese cuarto de siglo lo vivieron nuestras generaciones entrelazadas, combatiendo y construyendo, creando, pero también observando, reflexionando, preocupados por la tendencia a valorizar lo simple como el camino, por la tendencia a  simplificarlo todo, a modelizarlo, a reducirlo a un esquema aceptable. Era la época en que parecía imponerse la idea de lo colectivo, válida, pero basada, si se exageraba, en la eliminación del valor y la significación del individuo, de lo particular, de lo que tiene fisonomía propia, que puede vivir y desarrollarse en un conjunto, y  tiene el valor de enriquecer con la diversidad el mundo en que vivimos.

En ese mundo de preocupaciones, era entonces diputado, y, en una intervención en nuestro Parlamento, dije que la belleza de la vida está en su complejidad. Sigo pensando así. A mí no me interesa en lo más mínimo una fecha. Las ceremonias tienen su valor; supremo para unos, para otros apenas un valor más. Yo formo parte de este último grupo. No me interesa el 20 de mayo, me interesa un período de la historia. Estoy contra todas las simplificaciones y, por lo tanto, esta pequeña intervención avalará ese criterio. La historia no es más que la memoria compleja de los períodos que nos preceden, y que ofrecen lecciones en un sentido y que otras veces operan como ambiente germinal de la era que nos toca vivir, y acaso de otros tiempos futuros. Vista así la historia, no puedo pensar el período de la República que precede a la Revolución, sino como una época de contradicciones,  de situaciones, de vivencias, y sobre todo como un  período germinal. Es un largo período que cubre más de medio siglo, medio siglo angustioso para nuestra vida, para nuestro pueblo, pues, aunque no seamos parte de todo aquello, aquello es parte de nosotros en cuanto es nuestra propia historia.

Fue una república mediatizada que surgió bajo la impronta de la invasión norteamericana, esta vez abierta, esta vez con presencia física y militar, pero que no hacía sino develar lo que ya había comenzado a existir. Fue, por tanto, una época de franqueza, en que los términos se consolidaron en sus perfiles verdaderos. A la generación de que formo parte le tocó conocer de esos decenios que nos precedieron y sentir por qué en las situaciones más tensas y extremas, a nivel individual y colectivo y de la sociedad toda, se crece.

No creo que la presencia norteamericana en Cuba, financiera y militar, fuera tan sólo esto, fue también, y en tanto que abierta dominación, y por eso mismo educación para la insumisión. No puedo hablar, naturalmente, de tantos y tantos compañeros que formaron y forman parte de la lucha revolucionaria, y menos en nombre de la experiencia que tuvieron los que nacieron y crecieron y se hicieron adultos en otras provincias. Yo, habanero hasta el tuétano, debo decir que vi, de muy pocos años, la escuadra americana frente al malecón, donde vivía, y vi así, con mis ojos de niño a los marines norteamericanos invadiendo la ciudad, y no ya cuando adulta mi generación debió afrontar a los marines tras insultar, bárbaramente, burda la memoria martiana.

Mi familia era guiterista. Desde mi casa se  tiraba ingenuamente, con carabina, a la escuadra americana, y aunque las balas cayesen al mar, lógicamente, me siento orgulloso de haber vivido ese hecho. Esa presencia militar de la escuadra americana frente a nuestras costas, creo que profundizó en la conciencia, no solo en la mía, sino en la de tantos jóvenes habaneros, un sentido del patriotismo que ya nos venía desde la escuela. La escuela fue muy importante en la República, no importa si pública o privada, los maestros solían ser maestros de verdad. Los viernes de educación cívica, aunque también el resto de los días, eran viernes de patriotismo, días en que se nos educaba en el amor a José Martí y a su pensamiento, en que se nos enseñaba a leer y a amar la imagen y las enseñanzas de nuestros patriotas. Creo que esta generación tenía como decisión luchar por la verdadera independencia de Cuba. Y ese poder germinador de la educación, de los referentes visuales, de las experiencias políticas, y la conciencia adquirida en una mayor edad, hizo de nuestra generación, la que podía protagonizar, digo en La Habana, la revolución.

Algún día habrá que revalorizar el significado de lo que fue la República española para la vida de aquella generación, y de la actividad intelectual que el exilio español desencadenó, o que contribuyó a desencadenar en nuestro país, como hizo también en otros países de América Latina. En México, país en que me ha tocado vivir en diversas ocasiones, la decisión de Lázaro Cárdenas de dar entrada irrestricta a la emigración española forzada por la derrota de la República, permitió a México dar el salto que Cuba no ha podido dar, a pesar de haber formado su capital humano por sí misma. Esto que hemos logrado nosotros en decenios, tener más de 700 mil universitarios, toda nuestra población alfabetizada y por encima del noveno grado, cientos de miles de técnicos medios, y no tener cómo echar a andar como pudiéramos, lo logró México en un lapso muy corto. Llegaron cientos de miles de republicanos españoles, profesores, gerentes, ingenieros, técnicos de base y el país tuvo un impulso enorme. Fue una decisión solidaria, pero la historia da sorpresas y aquella decisión no egoísta enriqueció a México con la riqueza más grande: el talento.

A Cuba llegaron menos españoles republicanos, pero los que llegaron han dado a Cuba también, y dieron a nuestra generación, toda su experiencia, todo su talento, toda la vivencia de quienes tuvieron que enfrentar el fascismo por primera vez. No voy a hablar de la enorme figura de María Zambrano, sembrando en el grupo Orígenes, no poco de lo que Orígenes pudo darnos después.  Hace poco encontré, en una librería en Madrid, la noticia y una colección valenciana que me permitió apreciar que se comenzaban a valorizar en España a algunos olvidados, —aunque no olvidados por nosotros. Entre ellos a Juan Chabás y a Luis Amado Blanco, quienes dejaron, con María Zambrano, con Gustavo Pitaluga o Mira y López y con otros que hicieron pequeñas estancias, entre ellos nada menos que Juan Ramón Jiménez, una huella tremenda en las jóvenes generaciones de aquella época. En aquellos años todos éramos hijos o nietos de españoles, tal vez no los negros, más puramente negros, pero todos los mestizos también eran nietos o hijos de españoles. Es decir, un por ciento grandísimo de la población cubana era de algún modo de raíz española y esa población quedó polarizada por los avatares de la República española, como en aquel país sucedió con falangistas y republicanos. En nuestra juventud, esa experiencia marcó una fuerte impronta. Esta República en que vivíamos era realmente muy compleja y en ella se reflejaba el mundo.

En aquellos años tuvimos además la experiencia terrible de la corrupción global. La burguesía cubana de la época era tan compleja como todas, tal vez, en Cuba existían capas o variantes de la burguesía. Se ha hecho referencia a la desfachatez batistiana, planeando la pervivencia en el poder para enriquecerse aún más. Así eran no pocos políticos, muchos de los cuales habían detentado el poder y se habían enriquecido. Esa era también la burguesía, una burguesía de arrimados, de ladrones, de corruptos, no de productores. No obstante, había otra capa de la burguesía cubana, que yo creo es preciso reivindicar, que no fue capaz de crear líderes ni movimientos políticos, pero era una capa de nuestra burguesía, que no llegó a ser decisiva, pero sí era nacionalista, patriótica y no estaba vendida a los norteamericanos. Eran los bisnietos, tataranietos, de esa otra burguesía que en sus antecedentes, era negrera, que se enriqueció con la sangre esclava, pero no podíamos pedirles a sus descendientes, cinco o seis generaciones después, que tuvieran sentimientos distintos  al patriótico. Y no se sumaron a Batista, por lo menos una parte de esa burguesía lo despreció, aunque no fue capaz de enfrentársele. Quería decir esto porque es un pensamiento que me obsede y que veo siempre ignorado.

Yo creo que el análisis de esa época requiere ver toda su complejidad, y porque creo en ello no quiero dejar de decir que esta generación sentía que necesitaba a José Martí, y no sabía dónde estaba José Martí. He contado en otras ocasiones, que en mis primeros días en la Universidad, cuando conocí a Fidel, tampoco supe que ya había nacido el líder de la revolución. Pero de algún modo lo presentí. En mi primer encuentro con él, cuando al regresar hablé con mis amigos —yo había sido dirigente en la segunda enseñanza y llegué a la Universidad con la aspiración de entrar en la FEU, tenía conciencia de la fuerza que la FEU irradiaba—, dije, y eso lo recordaron muchos: “He conocido a un joven que tiene tanta fuerza en sí mismo que será José Martí o quién sabe quién”. “No puede ser uno más.” Pasaron unos meses, pasaron años, seguimos cultivando nuestra amistad, tuve la suerte que se enamoró de una muchacha de mi candidatura en la Escuela de Filosofía, de Mirta, y eso nos acercó aún más, y un día comprendí, como otros comprendieron, que ya teníamos el líder. Debo decir que cuando éramos muy jóvenes, estoy hablando de antes de la campana de La Demajagua, Fidel tenía ya conciencia, y lo discutíamos entre nosotros abiertamente, de que era necesario el poder, no para servirse de él, sino para servir a través de él.

Quería hablar también de la Universidad. Yo me siento orgulloso, me siento fascinado —y ha pasado más de medio siglo desde que salí de estas aulas, de quiénes fueron mis profesores. No podré olvidar jamás a Elías Entralgo, a Luis de Soto y a esa Rosario Novoa que todavía enseña. A Jorge Mañach, que me hizo amar del modo más extraño a San Agustín. El primer año que Mañach enseñó Filosofía cometió el error de anunciar que iba a hacer una monografía sobre San Agustín. Yo, un joven ubicado en ese instante entre el anarquismo y el marxismo, muy lejos por tanto del pensamiento católico, decidí estudiarme meticulosamente a San Agustín para hacerle la vida imposible a Mañach. Me pasé el curso discutiendo a San Agustín frase a frase. Casi lo vuelvo loco, pero al mismo tiempo hizo un curso maravilloso, puesto que tenía un contrincante. No lo olvidaré jamás. Así aprendí a respetarle y admirarle. Tuve en esa época como profesor a Gustavo Du Bouchet, profesor de Historia Antigua, que era estupendo.  A Salazar, que nos enseñaba literatura española y se dormía en clases, pero que cuando estaba despierto era un genio. Tuve como profesor de Estética a Luis A. Baralt que era maravilloso por su cultura y fineza; tuve como profesor de Historia de América a Herminio Portell Vilá, que era odioso y americanófilo  pero magnífico profesor, muy preparado y al que también Lionel Soto y yo hacíamos la vida imposible discutiéndole todo línea a línea. Tuvimos como profesor de Ciencias Sociales a Rafael García Bárcena, que ya había sido profesor mío en el Instituto de La Habana y que fue uno de los primeros que inició un conato de insurrección cuando la dictadura de Batista, tuve como profesor de Lengua y Literatura Griega a Manuel Bisbé, un gran líder ortodoxo además, y de Latín, también Lengua y Literatura, a Vicentina Antuña, y de Psicología a Alfonso Bernal del Riesgo. Quien haya tenido estos profesores debe decir que la Universidad de La Habana era una joya. Yo no me atrevo a hablar en nombre de Fidel. Lo menciono porque no puedo dejar de mencionarlo. Él tuvo grandes profesores también, porque la escuela de Derecho tenía grandes profesores. Toda mi generación, asistieran o no asistieran a sus clases, tuvo como maestros a dos figuras señeras de la cultura, una olvidada, otra siempre recordada, Raúl Roa y Juan B. Kourí. Juan B. Kourí era profesor de la escuela de Medicina y dirigía una Sociedad para el progreso de la Ciencia que tenía una enorme influencia sobre todos nosotros. Otro gran profesor, aunque no era de la Universidad, pero que vivía frente a ella, era Fernando Ortiz. Toda esta generación saltaba de la Universidad a casa de don Fernando, donde está hoy la Casa de Altos Estudios que lleva su nombre, y don Fernando nos recibía como si tuviéramos derecho a entrar en su casa. Éramos bastante ineducados, pero Ortiz amaba la juventud y se sentaba a hablar con nosotros.

No puedo ser injusto estaba olvidando a Raimundo Lazo, que fuera otro de mis profesores.

A Emilio Roig de Leuchsenring, que tampoco era profesor de la Universidad, todos nosotros íbamos a visitarlo, a escucharlo, a robarle libros. Nunca podré olvidar a esa generación de intelectuales que jugó un papel decisivo sobre nuestras conductas. Con esas personalidades que le dieron significado a estas aulas, no logro sentir que era una Universidad burguesa. Era una Universidad que sufría las consecuencias de la estructura de la sociedad cubana de la época.

En la escuela de Filosofía apenas había negros, y como casi todas eran muchachas de dinero apenas había negras. En cambio, buscando un camino para ascender en una sociedad de clases, encontrábamos negros y negras en la facultad de Pedagogía. Algunas veces empezaban Filosofía y terminaban en Pedagogía. Eso es verdad, pero es verdad también que esa FEU creó inmediatamente el Comité de lucha contra la discriminación racial y que se libraron batallas descomunales no solo en el ámbito universitario sino en todo el país.

La vida de cada individuo es muy compleja. Por eso tenemos que situarnos en la piel del otro para entender, comprender y amar. No debemos ver jamás aquella época tan compleja como un monolito. Tampoco ésta, que es igualmente compleja. No existen monolitos ni en la historia ni en la partícula más insignificante de una vida.

Conferencia pronunciada durante el evento "La intelectualidad cubana piensa el siglo XX", convocado por la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz y celebrada el jueves 9 de mayo en la Universidad de La Habana. Esta intervención, junto con el resto de las ponencias, aparecerán próximamente agrupadas en un libro.

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