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El cuento de La Jiribilla

LA NOCHE DEL CAPITÁN

Eduardo Heras León
 
Yo apenas podía caminar porque el fango no me dejaba. Se me pegaba a las botas a cada paso, pero él seguía avanzando y la oscuridad de la noche se lo iba tragando lentamente. Al fin se detuvo y esperó a que me acercara.
-Éste es el lugar -dijo.
-¿Aquí? ¿Entre tanto mosquito, capitán?
-No hay otro lugar -dijo-. Aquí nos quedamos.
-¿Puedo fumar?
-No, no puede. Hay que esperar.
Se sentó en una piedra. Estiró suavemente las piernas.
-Todos los hombres deben estar ya situados -comentó en voz alta.
Observé cómo se quitaba la gorra y se secaba el sudor de la cabeza con un pañuelo. Aflojó la presión del FAL sobre el hombro.
-Hace frío, ¿eh, capitán?
-Sí, un poco...
-Deben ser como las tres, ¿no, capitán? Salimos de la escuela como a las once de la noche, y entre yipi va y yipi viene, y entre fango va y fango viene, estuvimos andando como cuatro horas.
Él no contestó. Puso el fusil sobre sus piernas y golpeó ligeramente el peine. Miró hacia el mar. Era luna nueva. Yo miré a mi alrededor tratando de descubrir el movimiento de los hombres que habíamos dejado en el camino. Pero no pude notar nada. Comprendí que la emboscada había sido preparada con todas las reglas, aunque yo no las conociera. Pero no todo estaba claro para mí. No era posible sorprender ninguna infiltración en aquella oscuridad total, en aquel silencio roto solamente por el ruido de las olas. Y los hombres, ¿cómo responderían los hombres? ¿Cómo respondería yo? ¿Y él?

-Él es un pendejo -dijo Mario, cruzando los brazos-. Pendejo y medio.
-Se recostó en la pared de la barraca. Todos encendimos un cigarro, a pesar de que estaba prohibido fumar.
-¿Por qué pendejo? -dijo Busutil, mirándolo de reojo-. Por algo es capitán, ¿no? Las tres barras no las regalaban en la Sierra.
-¿No lo han visto en el despacho? -terció el negro Víctor-. ¿No lo han visto? ¿Cuándo se ha visto un capitán así? Si le tocas a la puerta un poco fuerte, se levanta y saca la pistola. La monta y se esconde detrás del archivo. Eso lo cuenta todo el mundo. Después pregunta ¡¿quién?! Cuando entras, lo ves asomarse tras el archivo, pálido, el cuerpo contraído como si fuera a saltar sobre alguien. Él te ve y parece que se tranquiliza. Respira y la sangre se le sube a la cara. Le quita el peine a la Browning y saca con disimulo la bala del directo. Luego te mira serio y baja los ojos y te pregunta con la voz nerviosa, "¿qué quiere, miliciano?"
-A lo mejor son los nervios, caballeros -dije yo-. La guerra da sicosis y el capitán es un hombre muy joven.
-¡Qué sicosis ni qué nervios! -dijo Víctor-. ¿Y el día que se apagaron las luces en la escuela porque decían que iba a haber un bombardeo? ¿No te contaron que lo vieron temblando y mirando hacia el cielo como si le fuera a caer una maldición encima? ¿Y después, eh? Primero el ruido del motor. ¿No te acuerdas? Claro que era un avión. Todo el mundo se dio cuenta. Pero bueno, estaban las antiaéreas. Unos salieron corriendo por el polígono. Era natural. Yo me quedé donde estaba y me tiré al suelo. Busutil hizo lo mismo. ¿Y tú, chino? Tú estabas en el edificio de Operaciones y te pegaste a la pared. Después comenzaron a tirar las cuatro-bocas. Bien, una fiesta de tiros. ¿Y qué hizo él? ¿No ha hecho el cuento el teniente Erasmo? ¿No le oíste decir lo del busca-chivos del yipi? Él encendió el busca-chivos del yipi donde venía, para buscar el avión. ¡Está loco el teniente Erasmo! ¡Mira que buscar el avión con un busca-chivos! Bueno, ¿y qué pasó? Se lo rompieron con un tiro. ¿Quién fue? Pues, bueno, el capitán... él mismo se lo dijo. ¡Qué nervios ni qué sicosis! Es pendejo...
Todos me miraron, esperando un comentario. No dije nada. Estrujé el cigarro con la bota y comencé a quitarme el uniforme.
-Bueno -dije-, ya tocaron silencio. Vamos a acostarnos.
Nos fuimos acomodando en la oscuridad de la barraca. Me acosté en la litera. Encima, Busutil terminaba su cigarro.
-Busutil -dije-, si todo eso es verdad, ¿cómo coño se ganó los grados?

-En la Sierra, igual que todos -dijo el capitán-. ¿Cómo? Eso no importa, miliciano. Si acaso, importan los tres balazos. Dos en la pierna y uno en el pecho.
Se tendió en el suelo húmedo y me dijo que podía fumar de espaldas al mar. Yo encendí un cigarro.
-Debe ser difícil organizar una emboscada, ¿eh, capitán?
-Depende -dijo-. En un lugar como este no es muy difícil. No hay enemigos detrás. Todo viene por el frente. Lo demás es fácil.
-¿Y el valor, capitán?, ¿no hace falta? -murmuré.
Se quedó callado.
-Claro que hace falta -dijo después-. Aquí el valor se da por sentado.
-¿Y si a veces falla, capitán? ¿Y si en el momento preciso se le acaba el valor a un hombre? ¿Usted no cree...?

Un ruido fuerte como de motor me hizo volver la cabeza. Boté el cigarro y el capitán se llevó un dedo a la oca, ordenándome silencio. Miré hacia el mar, pero no se veía nada. ¿A quién íbamos a sorprender con semejante oscuridad? Pero el ruido se hizo más débil cada vez y el capitán se levantó y caminó unos pasos hacia adelante. Me hizo señas de que me quedara en el lugar. Yo me cerré el último botón del jacket porque el frío me entraba hasta los huesos.


-Hace frío aquí, ¿eh? -dijo Víctor. Pero bueno, por ver un fusilamiento, yo paso frío.
Estábamos sobre el puente, encima del paredón. Mario se soplaba la nariz con los dedos.
-Dicen que el capitán va a dirigir el pelotón -dijo.
-¿A qué hora va a ser? -pregunté en voz baja.
-El oficial de guardia me dijo que la sentencia era para las nueve -terció Busutil-. Caballeros, si nos cogen aquí no vamos a salir en un mes.
-¡Ah, no jodas, negro! -dijo Víctor-. ¿Quién te va a preguntar ahora, que van a fusilar a un cabrón?
Nos quedamos callados, esperando. El puente estaba en penumbras. Más adelante, la sombra del miliciano de guardia se proyectaba bajo la arcada de salida de la fortaleza. Debajo, un bombillo iluminaba la pared desgastada por los balazos, y el palo solitario. "¿Lo amarrarán ahí?", me dije. Al extremo del puente, cerca de la posta, una larga escalera de piedra, musgosa, se perdía entre las sombras del foso.
Un yipi se detuvo en el puente, cerca de la escalera, y nosotros nos apretamos unos a otros.
-Ahí viene el gallo -dijo Víctor en un susurro.
Cuatro hombres bajaron del yipi, uno de ellos esposado. Debajo del puente se movieron varios soldados armados de FAL. Se encendió otro bombillo y entonces pudimos ver la ambulancia cerca del muro de la fortaleza. Los hombres comenzaron a bajar lentamente por la escalera de piedra. El esposado vaciló un momento y se dejó caer en uno de los escalones. Uno de los soldados lo tocó suavemente en el hombro. Otra vez se levantó y siguió bajando la escalera. Se detuvo y alguien le colocó un cigarro entre los labios. Echó dos largas bocanadas. Luego soltó el cigarro. Llegaron abajo. Nosotros nos apretamos aún más. Busutil temblaba. Yo también. El esposado se dirigió hacia el palo, siempre acompañado de los otros tres. Los soldados que esperaban en el foso, se movieron. Se oyeron varias voces apagadas y rápidamente formaron en dos filas de tres. La primera fila se agachó.
-¿Quién va a dirigir el pelotón? -susurró Víctor.
Nos miramos sin decir nada, temerosos de romper la espesa capa de silencio que nos cubría. El esposado parecía hablar en voz baja con los tres soldados. Alguien sacó una banda blanca, pero él negó con la cabeza. Los tres soldados se separaron del palo y un ruido de pasos apresurados, cercanos, nos sorprendió...
-¡Milicianos, ¿qué hacen ahí?!
No nos movimos. No podíamos hablar.
-¡Respondan!
Nos paramos en atención y saludamos. El capitán nos miró fijamente. Por fin, pude decir:
-Permiso, capitán...
-¡No hay permiso! ¡Media vuelta!
Caminamos unos pasos hacia la salida de la fortaleza, y luego echamos a correr. Volví la cabeza. El capitán bajaba con rapidez la escalera de piedra. Seguimos corriendo sin hablar. Cruzamos frente a la enfermería, un poco jadeantes.
-¡Se nos jodió el fusilamiento! -gritó Víctor-. ¡Qué suerte, coño! El capitán en persona. Bueno, por lo menos no pidió los números.
-Qué se le va a hacer -dijo yo, ya caminando...
La descarga se oyó como un solo disparo.


-No, yo no dirigí el pelotón aquella noche -dijo el capitán.
-Pero usted bajó la escalera...
-Iba a hacerlo. Después no quise...
-¿Los nervios, capitán?
Me miró unos segundos. Después miró hacia el mar y dijo:
-¿Usted ha fusilado a alguien, miliciano?
-No, capitán.
Volvió la cabeza. Yo bajé la vista.
-De todas formas, creo que esa noche yo hubiera podido dirigir el pelotón -dije sin mirarlo.
Él se levantó. Apretó el fusil contra la tierra y dijo en voz baja:
-¡Qué sabe usted, miliciano!
La bengala sonó como un disparo y luego la ráfaga se fue haciendo cada vez más larga.
-¡Ya están ahí! -gritó el capitán-. ¡Es a la derecha, vamos!
Él salió corriendo sobre el fango sin darme apenas tiempo a levantarme. Corrí detrás de su sombra que se movía con rapidez. Agarré el fusil con las dos manos. Una nueva bengala fue disparada a la derecha y el tiroteo se hizo más intenso. El capitán siguió avanzando con la misma velocidad. Nos sonaron muy cerca los disparos.
-¡Tírate al suelo! -gritó.
El fusil se me cayó de las manos. Lo levanté del fango y me arrastré. Escuché voces. El capitán hablaba con dos hombres que señalaban hacia un cayo de monte entre las sombras de la derecha.
-Capitán -dije.

-Silencio -me ordenó.
Las manos le temblaban ligeramente. Comenzó a dar órdenes en voz baja. No pude escucharlo bien.
-Los rodean... santo... seña... fuego... no disparen si se entregan... yo voy por la derecha... ¿está claro?
-Capitán... -insistí.
-Tú, ven conmigo -dijo el capitán.
Echó a andar agachado. Ya apenas se escuchaban los disparos. Todos se dirigían al cayo de monte y el capitán seguía avanzando. A mi izquierda, se movieron nuevas sombras. El capitán comenzó a quitarse la costra de fango de las botas, con las manos. Yo hice lo mismo.
-¿Hacia qué parte vamos, capitán? -le dije.
-Por la derecha. ¿Ves aquellas dos matas grandes, recortadas en la copa? -dijo señalando hacia la derecha-. Por allí van a salir.
-¿Y cómo sabe que van a salir por ahí?
Pero ya había comenzado a avanzar nuevamente y no contestó. Miré hacia mi izquierda, pero el silencio se había tragado las sombras. No escuchaba el ruido de los pasos. Sólo la respiración entrecortada del capitán y mi propia respiración. Me desabotoné el jacket. Sentía un calor insoportable. El capitán se detuvo junto a las matas.
-Están ahí -dijo-. Son dos solamente.
-¿Qué vamos a hacer? ¿Esperamos?
Se me quedó mirando. Oí el chasquido cuando montó el FAL.
-No -dijo en voz baja. Hay que peinar y sacarlos. ¡Vamos!
No dijo nada más. Y comenzamos a peinar, despacio, moviéndonos paso a paso. La respiración me cortaba el aliento. Me detuve a escuchar los ruidos, pero fue inútil. Apreté el FAL y lo rastrillé con suavidad. Escuché un ruido de pasos y me detuve. Pero el capitán siguió avanzando y yo continué en medio del silencio. Cruzamos un charco y el contacto del agua me estremeció. Me pasé una mano húmeda sobre la frente y la cara y seguí avanzando. Los disparos me sorprendieron. Alguien gritó y una nueva ráfaga, ahora muy cercana, me obligó a tirarme al suelo. El cuerpo me chocó con el FAL. Sin levantar el fusil, apreté el disparador y la ráfaga se clavó en el fango. Me cubrí la cara. Y entonces sonó un fusil muy cerca. Apenas cinco disparos. Después, el silencio volvió a invadirlo todo. Se oyó un ruido de voces que fue haciéndose cada vez más intenso. Levanté la cabeza lentamente. Me puse de pie. El capitán se colgaba el fusil del hombro. Volvió la cabeza y me miró.
-No te preocupes -dijo-. Ya están muertos.

 

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