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UN COFRE ABIERTO

Tras las vitrinas y pancartas de un nuevo museo cubano, en los cofres sobrevivientes del tiempo, se tejen nuevas leyendas y aventuras. Una tentación irresistible para los pobladores de la Isla caribeña y para los forasteros de todo el mundo, que aun hoy atraviesan profundos océanos con el fin de encontrarnos.


Magda Resik Aguirre |
La Habana

 

Desde un cofre de fina y recia madera, asoman con su brillo intacto discos de  oro y plata en profusión, cual si se tratara del botín descrito en una de nuestras más  entrañables lecturas adolescentes. El tesoro de esta aventura no es atrezzo ni imitación barata. Aunque resulta casi imposible imaginar que tan reluciente mercancía haya permanecido durante cuatro siglos en las profundidades del mar.

Por más de veinte años, un equipo de buzos arqueólogos, pertenecientes a la empresa cubana Carisub, han desenterrado esas valiosas piezas del patrimonio de la nación y del mundo, luego sometidas a un tratamiento especial. Algunas conservan las concreciones coralinas y las deformaciones sufridas tras el siniestro que las sepultó en el fondo del océano. Difíciles de detectar – sólo mediante equipos o la vista aguzada de los expertos – generalmente enmascaradas, son recubiertas por corales, areniscas y algas.

Nunca llegaron a su destino: la Metrópoli española allende los mares. Como se conoce, desde el siglo XVI y hasta el XVIII,  los mares caribeños se convirtieron en ruta obligada  de las naves que transportaban las riquezas del Nuevo Mundo hacia Europa. Especialmente el puerto de La Habana, se transformó en sitio de reunión de las flotas cuyas embarcaciones mercantes eran escoltadas por naves de guerra. Así intentaban protegerlas de los constantes ataques de corsarios y piratas y de posibles contingencias naturales a lo largo de la travesía. Pero de los hasta entonces desconocidos ciclones tropicales, no pudieron salvarse un buen número de los galeones que surcaban las aguas de Cuba.

El crono diagnóstico realizado a las monedas recuperadas en algunos de los enterramientos, las sitúan en el siglo XVI, cuando todavía procedían de la península ibérica. Son, por tanto, valiosos ejemplares museables, que se exhiben al interior del Baluarte de Quintanilla, en la otrora Fortaleza de San Salvador de La Punta, reabierta al público como una suerte de homenaje a la historia de la navegación en nuestra Isla.

El Castillo no existiría hoy de no haberse superado una fuerte polémica desatada en el siglo XVI, entre el Gobernador Juan de la Tejeda y el Ingeniero Militar Giovanni Baptista Antonelli. Este último refería que la fortaleza del Morro, debía ser la privilegiada por su ubicación a una altura superior en la boca de la bahía. Quien la tomara por la fuerza, aseguraba el italiano, tendría garantizado el dominio de la Villa de San Cristóbal de La Habana.

No se sabe si por esa razón, o por la falta de presupuesto y fuerza laboral, las obras de La Punta se prolongaron hasta bien entrado el siglo XVIII. Sin embargo, las dos construcciones fueron aprobadas desde el 20 de junio de 1588, en la Junta de Puerto Rico. Las plantas y diseños preparados por Tejeda y Antonelli, para las fortificaciones de los diversos puertos de Indias, eran recibidas con beneplácito, por la urgencia de encontrar protección adecuada para los tesoros reales y por la excelencia del diseño ingeniero.

En cuanto a La Habana, según lo consigna el arquitecto Joaquín E. Weiss, se acordó que: “conviene que se guarde bien y para ello se haga un fuerte en El Morro… y que al otro lado se haga un fuertecillo… y la trinchera que va a rematarse en el bosque”, el cual era tan denso que no se podía pasar por él, “ni ser talado ni quemado sino en mucho tiempo y con harta gente”.

El fuertecillo, continuado de mala gana durante un tiempo, llega a nuestros días casi intacto. Después de una reparación total, reaparecieron el foso y una gran variedad de objetos de la época, gracias a los trabajos arqueológicos. Piezas de la artillería utilizada cuando la toma de La Habana por los ingleses, utensilios de cocina, pinturas murales, artículos de uso personal… son considerados por los arqueólogos, tan valiosos como las joyas que relucen en las vitrinas de la denominada Sala del Tesoro.

Llama la atención también, el logotipo elegido para la nueva imagen del castillo, sugerido por los eslabones de una de las piezas más significativas de la colección. Se trata de una larga cadena de oro, costumbre muy de moda en el Viejo Continente, durante el siglo XVI y bien entrado el XVII, complemento del vestuario de hombres y mujeres, en ceremonias públicas como despliegue de sus riquezas.

Al centro, el logotipo reproduce un dibujo de la planta de La Punta, realizado por un soldado británico en 1762. El simbolismo se completa, según Juliet Barclay, Jefa del Departamento de Diseño de la Dirección de Patrimonio Cultural de la Oficina del Historiador, con la costumbre sólo probada en un grabado de la época, de tender una cadena de un lado al otro del canal de la bahía. En las noches, el Morro y la Punta quedaban enlazados de manera que los corsarios y piratas encontraran otro impedimento en su camino de fechorías.

Más allá de las riquezas evidentes halladas entre los restos de los pecios, cada objeto rescatado es, al decir de Antonio Quevedo Herrero, Jefe de la Sección de Museos del Gabinete de Arqueología de la Oficina, un recuento de época. Las costumbres cotidianas y las técnicas de construcción naval, el régimen alimentario, el modo de conservación de los víveres en los largos viajes transoceánicos… afloran en la información intrínseca de cada pieza.


Por ejemplo, los lingotes y discos de oro y plata, conservan sus sellos indicativos del propietario o de la calidad del material. Así, el número romano X con cuatro puntos, señaliza los once quilates, la inscripción AVS abrevia la palabra latina AVREUS (oro), y la palabra Pachvca, indica la procedencia de los yacimientos de plata descubiertos al norte de la ciudad de México en 1552, o el término Taxco, habla de las minas del sur de esa propia ciudad, que comenzaron a explotarse en 1530.

En sus vitrinas, finas joyas: anillos con sus esmeraldas, prendedores, un dedal de oro, una cadena cuyo dije cuenta con un limpiador de oídos, uñas y mondadientes, cuentas para rosarios… testimonian una época. Muchas eran trasladadas en el galeón de Manila, que zarpaba cada año desde Filipinas, cargado de mercancía de alto valor. Parte se vendía en las ferias de Acapulco y el resto se cargaban en mulos hacia el puerto de Veracruz. La Flota de Nueva España se dirigía a La Habana y de aquí a la Metrópoli.

Curiosos y poco frecuentes de encontrar, son los astrolabios, utilizados por los egipcios desde el siglo III a.C. para la navegación camellera a lo largo de los desiertos y luego introducidos por los musulmanes en la península ibérica. Desde entonces los astrolabios náuticos incrementaron su altura y peso para resistir los embates del mar. Dos de los sesenta y cinco que sobreviven en el mundo moderno, uno de ellos anterior a 1555, se exhiben en el Castillo de La Punta.

Los aguamaniles, utilizados por la tripulación para contener el agua al lavarse las manos, recrean en sus asas todo tipo de figuras, como el cuerpo de una mujer sirena. Recostada a la gruesa pared, descansa en paz un ancla, donada por el pintor Águedo Alonso, a Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad. La pieza de gran volumen, perteneció presumiblemente a la Flota de Alarcón, hundida en 1711 cerca de la playa de Baracoa, como lo consigna el Doctor César García del Pino.


Del pecio Inés de Soto, que en 1572 naufragó en las costas de Pinar del Río, sobresale una hermosa orejera aborigen, proveniente de las comunidades indias de Colombia. Aparecen también dos sólidas llaves de oro y plata, un sello para lacrar, o las piedras talladas para engastar anillos y los botones de ópalo, desenterrados de El Almirante Nuestra Señora de las Mercedes, desaparecido en 1698. Y un broche de oro de exquisita factura, que viajaba en La Galera, a principios del siglo XVI, completa el conjunto conformado por diminutas micro cuentas de oro que evidencian el nivel de detalle de las excavaciones arqueológicas emprendidas por Carisub.

Además de la Sala del Tesoro, el Castillo de La Punta cuenta con otros atractivo, como la muestra de maquetas navales. En opinión de Jorge Echeverría, Director del Museo, la labor paciente de sus artesanos se convierte en un privilegio cultural para los visitantes que pueden apreciar, a pequeña escala, las características de las embarcaciones y el desarrollo de la ingeniería naval hasta principios del siglo XX. Muy cerca, otra sala reúne la monografía de la antigua fortaleza, mientras en otro espacio aledaño una exposición transitoria recrea la toma de la Habana por los ingleses, con reproducciones de los cuernos polvoreros, los instrumentos de navegación marina y cuadros de Dominique Serre.

Sin dudas, el fuertecillo aprobado por la realeza española, se ha convertido en un espacio de gran atractivo para los amantes de la marinería y de la historia patria. Sus tesoros sobrepasan cualquier expectativa desarrollada en la infancia. Valga para los pequeños de casa ese sueño posible, al alcance de la vista, y para los adultos la posibilidad de no perderse en el naufragio de lo cotidiano, sin alcanzar a realizar sus anhelos. Tras las vitrinas y pancartas del nuevo museo cubano, en los cofres sobrevivientes del tiempo, se tejen nuevas leyendas y aventuras. Una tentación irresistible para los pobladores de la Isla caribeña y para los forasteros de todo el mundo, que aun hoy atraviesan profundos océanos con el fin de encontrarnos.

Son otras las corrientes marinas que nos rodean. Ya no arrancan al poeta Juan de Jáuregui desgarradores versos a un navío destrozado: “Así quien sigue la codicia avara, / tal vez mezquino muere en extranjera / provincia, falto de consuelo y oro”. Pero “proceloso” permanece el mar que destrozó a tanto “bajel inútil”. Infinito en el caudal de tesoros que nos aguardan. Con cada golpe a la orilla, nos sigue trayendo su bendición tempranera  y el canto de olas viajeras que nunca mueren.

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