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LO QUE EL HERALD NO PUBLICÓ


Siguiendo a pie juntillas las que parecen ser las pautas esenciales de su política editorial: desinformar y manipular, El Nuevo Herald ha sentado a una nueva víctima en el banquillo de los acusados.
Esta vez se trata de Patricia Gutiérrez, directora de la editorial Plaza Mayor.
Probablemente y si nos atenemos a la política inquisitorial de este periódico, su culpa no ha sido otra que participar en la recién concluida XI Feria Internacional del Libro de La Habana, razón más que suficiente para que nuevamente fallen los mecanismos “objetivos” de ese diario y donde se debía decir Digo se diga Diego.
Ironías aparte, la reacción del libelo hasta cierto punto es comprensible. La participación de Patricia Gutiérrez en la Feria del Libro de La Habana, en primer lugar, pone en entredicho la veracidad de uno de sus recurrentes discursos: “el de la falta de libertad de expresión en Cuba”. ¿Cómo —podría preguntarse el menos avisado de los lectores—  la “fuerte censura” cubana permite  tales deslices?
De igual forma, publicar esta réplica de Patricia, quien nos sorprende queriendo compartir —infructuosamente— el “adversario” con El Herald, puede ser la punta del ovillo que conduzca a descubrir el agua tibia: editar autores cubanos radicados fuera de la isla es ya una práctica que acumula más de un decenio.
En la última década nuestras revistas culturales, de una u otra forma, se han ocupado de promover la obra de muchos de esos escritores. El ejemplo más representativo ha sido sin dudas el de La Gaceta de Cuba, revista que sólo en el período comprendido de 1988 a 1995 publicó un total de 112 trabajos (artículos, ensayos y textos de ficción) que abordan el tema de la cultura cubana en la emigración o se refieren a distintas figuras de la misma. Otras publicaciones como Temas, Revolución y Cultura y Correo de Cuba han compartido el mismo empeño.
En igual período de tiempo, y a pesar de las difíciles circunstancias económicas, las imprentas cubanas han asegurado un espacio para clásicos como Carlos Montenegro, Lino Novás Calvo, Lidia Cabrera, Jorge Mañach, Gastón Baquero o para autores contemporáneos como Mayra Montero o José Kozer, entre muchos otros. Otro tanto sucede en otros espacios: artistas cubanos emigrados cuentan con obras en los museos del país y exponen en galerías cubanas.
Editoriales nacionales han llegado incluso a solicitar los derechos de algunas obras de Guillermo Cabrera Infante o Reynaldo Arenas, petición que los mismos autores o sus albaceas, tal vez demasiado influenciados por discursos a tono con los de El Herald,  han desestimado.
Pero volviendo al periodismo del diario miamense, su manipulador quehacer no sólo se limita a torcer titulares y, a través de una eficaz edición, enmudecer a sus entrevistados o darle un nuevo sentido a lo expresado por ellos, sino que además les niega a estos el más elemental derecho a la defensa.
Patricia Gutiérrez envió varias réplicas a El Nuevo Herald, ninguna de las cuales ha sido publicada.  
La Jiribilla
reproduce íntegramente la primera de ellas, aun cuando no suscribimos algunos de los criterios y contradicciones de la editora: al mismo tiempo que su editorial recibía “oficiosos” mensajes, provocaba elogios de la prensa cubana y autores y presentadores “alzaban sus voces” para hacer lo que acostumbran en Cuba o cualquier otra parte: “decir lo que querían”. Hablando de valentía, fue en ese mismo contexto donde Pedro Pérez Sarduy, uno de los escritores cubanos publicados por Plaza Mayor, afirmó que su novela fue rechazada por varias editoriales europeas “por no ser anticastrista”.
Por todo esto nos vemos en el deber de reparar esta lamentable omisión y de develar a nuestros lectores otra de las muchas lagunas de silencio a que nos tiene acostumbrados Miami, donde, por cierto, a juzgar por hechos como este, la tan deseada “apertura” parece que se demora
.

Una "pecadora" se defiende

Patricia Gutiérrez-Menoyo | Miami

No hay mucho que decir después de una crucifixión, pero todo el mundo tiene derecho a sus siete palabras. Todo el mundo. Pido que me dejen pronunciar las mías ahora.

Para que se sepa lo que hizo El Nuevo Herald, un breve relato. Al regresar de este viaje a La Habana, me di cuenta que había comenzado una suerte de inmerecida crucifixión en la prensa de Miami. Para encabezar su nota, El Nuevo Herald se esmeró en hacer tendencioso un titular de la sección "Entrelíneas" del sábado 16 de febrero, "Feria en Cuba sin autores exiliados". Se sugería de esta manera que en el marco de la Feria sólo se hallaban obras de "autores cubanos que viven en la isla y de otros emigrados no prohibidos por la censura previa". La (des)información alegaba que no había "nada de autores exiliados ni mucho menos de disidentes". Al margen de la manipulación del idioma español para crear ficticias o artificiales divisiones, quisieran que le dijeran a Paquito D’Rivera, a Antonio Benítez-Rojo, A Carmen Duarte, a Pedro Pérez-Sarduy que son esos redactores de titulares los que, real y fielmente, pueden calificarles su cubanidad o su status político. Que -¡vaya el colmo!- por decreto periodístico miamense incluso han repetido aquí la odiosa etiqueta de "emigrados" de tan frecuente uso oficial por parte del gobierno cubano. Díganles que no son exiliados a estos escritores, que sólo son emigrados. Explíquenles esas diferencias semánticas inexistentes. Inténtenlo, pero háganlo con valentía. De frente. Ellos sí son escritores exiliados. ¿Por qué esos intentos de anulación que siempre condenamos en nuestro adversario?

Luego, el artículo firmado por la corresponsal Anita Snow de Associated Press publicado el domingo 17 de febrero en El Nuevo Herald, y enviado a cientos de medios de comunicación por AP, llevaba en su versión original el título "Expat Cuban Launches Book Collection". Su versión en español, traducida en Nueva York por AP para sus suscriptores latinoamericanos y caribeños, fue titulada "Hija de ex-comandante, convertido en opositor, presenta libros". La versión dada por El Nuevo Herald, editada, fue titulada de esta forma: "La hija de Gutiérrez-Menoyo olvida a los autores del exilio".

Ese título de El Nuevo Herald al menos contiene una verdad. Soy la hija de Eloy Gutiérrez-Menoyo, orgullosa de ello, bendecida por ello. Y por ello, claro, se paga un precio. La otra parte del titular comienza a alterar la realidad. La colección es de inclusión, no de olvidos. Sólo había que leer el inicio de la primera oración del artículo para darse cuenta: "Con la esperanza de que las palabras puedan construir puentes entre los cubanos a ambos lados del estrecho de la Florida..."

Del 9 al 16 de febrero estuve en La Habana, en la XI Feria Internacional del Libro, donde la Editorial Plaza Mayor que presido presentó siete títulos de su Colección Cultura Cubana. Los días que nuestra delegación pasó en La Habana fueron de intensa actividad cultural y editorial, guiada por un propósito inquebrantable: unir, con verdad y sentido, a los cubanos de la isla y a los cubanos que viven en otros países del mundo, para así propiciar diálogos, confluencias, ecos, a través de lo que siempre nos queda, que es la palabra.

La prensa internacional (incluyendo a las agencias de noticias Associated Press, EFE, Agence France Presse y Notimex, y la Televisión Española) se hizo eco de nuestra presencia. La prensa cubana (no, Granma no; todavía no) también hizo lo suyo en algunos espacios (Prensa Latina, Agencia de Información Nacional, Juventud Rebelde, Radio Progreso, Radio Metropolitana, Radio Musical, entre otros).

La vocación abarcadora de la Colección siempre ha encontrado anuencias y resistencias a los dos lados del mar, pero este año, en La Habana, presentamos libros de Carmen Duarte, residente en Miami; Pedro Pérez-Sarduy, residente en Londres; John Kirk, residente en Canadá. Llevamos libros de Paquito D’Rivera (Mi vida saxual) y de Antonio Benítez-Rojo (Paso de los vientos), además de un libro de Leonardo Padura, El viaje más largo, prologado por Wilfredo Cancio Isla. De la Colección se escribió en Cuba que era "la única en su tipo traída a esta Feria por una editorial extranjera" y -en vista del intento de unión y de plena comunicación de los libros presentados- se abolió cualquier resistencia a la inclusión de autores de las geografías y los puntos de vista que no son exactamente los preferidos para algunos en Cuba. Pero la Colección se presentó con éxito. Se abrieron ojos. Tanto así que el periódico Juventud Rebelde escribió sobre la honestidad de este esfuerzo editorial que presentaba puntos de vista diversos.

Hay que decir, además, que para que la Colección Cultura Cubana llegara a La Habana se retó a la burocracia y a la censura. Así me llegaron mensajes oficiosos para que sacara de nuestra tarima "al provocador libro de Paquito D’Rivera" a lo que dije estar dispuesta tan pronto como se le "pidiese" lo mismo a los distribuidores de otras editoriales en cuanto a sus libros de Guillermo Cabrera Infante en español y en aleman y así como los de Mario Vargas Llosa.

¿Ha llegado a Cuba la libertad de expresión? Sería pueril hacerse esta pregunta sin contextualizar la cuestión. Pero que Cabrera Infante, enemigo acérrimo del gobierno, estuviese a la vista en La Habana -más allá de sus denuestos contra mi padre- es motivo de aliento: las aperturas vendrán porque ya no habrá quien las detenga. Y es ésta la contextualización que más cuenta. He aquí lo sustantivo del asunto.

Con avidez, miles de lectores cubanos aunaban pesos y centavos para adquirir desde Borges hasta diferentes versiones de la Biblia. Y hay que agregar que en la presentación de los libros de Editorial Plaza Mayor todos los presentadores y autores que hicieron uso de la palabra (Nancy Morejón, Amir Valle, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat, Reynaldo González, Natalia Bolívar, Hedelberto López-Blanch, Guillermo Vidal, Vitalina Alfonso, además de otros ya mencionados) valientemente alzaron sus voces para decir lo que querían, soltar amarras, proponer la unión de los cubanos de todas las partes, y ofrecer bienvenidas sin calificar ni clasificar.

Los puentes, es necesario recordar, no se construyen solos. No están esperando ahí para que alguien pise y pase. Hay que labrarlos.

Seamos claros: La Feria no está exenta de problemas (¿lo está Cuba?) y soy de las primeras en admitirlo; quizás de las pocas en comentarlo directamente a los organizado- res. Con valentía. De frente. Y lo digo porque esta es la sexta de mis siete palabras.

La séptima palabra es para otros escritores, y periodistas que han escrito y analizado la Feria y lo que pasó en ella y lo que dejó de pasar en ella sin haber puesto un pie allí ni haber hojeado un libro allí. Los entiendo. Quizás fue el efecto de una cobertura inexacta. Ahora, sin vendas, con la verdad, quizás se puede aclarar la bruma informativa que se posó sobre la Feria, la Editorial Plaza Mayor, sus autores, y sobre mi persona.

Para los que escriben sin saber: problemas o no, hay puentes. Existen. Quiero aclarar que los escritores y editores que viven en La Habana los tienden también. Para que se sepa, Miguel Barnet no ha olvidado ni el rostro de Virgilio ni la respiración entrecortada de Lezama Lima, como sospechó públicamente Belkis Cuza-Male. De hecho, no sólo los mencionó en una de sus conferencias, sino que también recordó sus tiempos de amistad con Heberto Padilla, a quien Belkis siempre tiene en su corazón, y la maravilla de haber conocido a Virgilio Piñera. El corazón recuerda, aún cuando la mente nos torture.

Una octava palabra. Permítanme ocho, si me las he ganado. Una vez más, ser la hija de Menoyo sirvió para que se nos creara -de manera totalmente indeliberada- una curiosa "agenda" al margen de los libros. Generales y doctores, poetas y novelistas, embajadores y periodistas, policías y ex-presos, disidentes y adversarios, oficiales y gente de a pie pasaban a saludarnos o, cuando menos, a regalarnos su curiosidad. Para los que creemos en la posibilidad de abrir nuevos espacios a la Nación cubana esto es, de por sí, una victoria. Y por modesta que sea, no deja de ser promisoria.

Patricia Gutiérrez-Menoyo, editora y presidente de Plaza Mayor, es miembro de la dirección política de Cambio Cubano.

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