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LA CIUDAD DE LAS BICICLETAS

La bicicleta se ha convertido en el objeto más utilitario de Cárdenas. En bicicletas sale a pasear la familia, se va al dancing con la novia, se lleva a arreglar el televisor, se hacen los mandados o se carga la cerveza. Una bicicleta para el cardenense es un tesoro. Un vehículo, sin dudas, digno de que se le hiciera un monumento.

Ariel Pedraza |
La Habana


 

La rueda del coche es un reloj de incontables agujas. Su destino: un constante ir y venir de un lado al otro del pueblo, al pie de las altas ventanas cubiertas de tejidos enrejados.
Pero al traquetear de las ruedas, el repique de las herraduras, a la algarabía queda de los cencerros, le faltan otras resonancias, otros pregones, y también, otros silencios.
Desde hace mucho, Cárdenas dejó de ser la Trinidad del siglo pasado, la ciudad de esplendorosos palacios sudados por los negros en la vastedad de los cañaverales. Ahora, como muchos otros poblados cubanos, Cárdenas es un pueblo sitiado por el presente: incontables edificios de microbrigadas la amurallan y prolongan en sus límites evocadores de otros tiempos.
El ayer, algunas veces virtualmente en ruinas, como corazón del hoy, como memoria donde los recuerdos se agolpan a cada paso. El hoy, como variación creadora del futuro, intento de fuga del pasado. Ambos, interrelacionados entre sí en una alquimia fundidora de tradiciones, que a no ser por la paradoja que impone el subdesarrollo, bien pudiera denominarse posmodernismo, o mejor, confluencia de rasgos culturales de diferentes épocas que determinan su vida actual.
Además del eclecticismo arquitectónico, en Cárdenas se puede encontrar desde una nariz gigante que respira gente y sirve de parada de ómnibus, allí donde la nueva localidad se ha elevado unos pisos más, hasta la primera estatua de Cristóbal Colón levantada en América; desde un Cristo de inmaculada blancura y tamaño reducido a un cangrejo de cemento, treinta veces superior a uno de tamaño normal, o una bicicleta de alambrón y cabillas también de exageradas dimensiones.
Y es precisamente en cuestión de trasporte donde más evidente se hace la interrelación epocal. La circulación de autos de años y modelos diferentes, las cuadriculadas calles de Cárdenas exponen dos medios de transporte que la distinguen y la simbolizan: los coches, y principalmente, las bicicletas.

POR LA CALLE REAL

Su nombre actual es Carlos Manuel de Céspedes, pero la gente la sigue llamando "la calle real" como en tiempos de la colonia. Es una larga línea recta como las demás que la cruzan o son paralelas con ella. Los cardenenses se ufanan de lo llano y de la rectitud de sus calles. "Cárdenas -dicen- es un inmenso tablero de ajedrez." Y la calle real es el centro del juego. Por ella se va a todas partes.
Vive la ciudad a cualquier hora del día pero fundamentalmente a las horas de entrada y de salida de los centros de trabajo. Una buena cantidad de las 28 mil bicicletas y de los 169 coches con que cuenta Cárdenas la atraviesan de un lado a otro.
La tendera, el gastronómico, el policía, el pionero, el médico, van dándole a los pedales al trabajo o a la escuela. Según las estadísticas, ocho de cada diez cardenenses -son aproximadamente 83 mil- montan bicicletas. Y según Esther, la veladora de la desierta galería de arte de la calle real: "todavía a Cárdenas le hacen falta más bicicletas porque los coches cada vez se hacen más difíciles de coger. Casi nunca van para el lugar que uno les dice."
La calle real también tiene su historia. Comienza en el lugar de desembarco de Narciso López y cruza por frente de La Dominica en donde hace 140 años se izó por primera vez la bandera cubana. Pero la historia de la calle real además, tiene que ver con las bicicletas. A comienzos de los años setenta, la circulación de ese vehículo fue prohibida sólo en esa calle por considerársele un peligro potencial para el tráfico. Al surgir el Poder Popular, una de sus primeras medidas fue abolir la prohibición. Ese día no hubo bicicleta que no rodara por la calle principal y, cuentan los que se acuerdan, que el estruendo de los timbres podía escucharse a varias cuadras de allí.

RUEDA, RUEDA...

La puerta del olvido se abre en 1910, el año en que el alemán Karl August Nelson montó un negocio de alquiler de bicicletas en Cárdenas. Del otro lado está la prehistoria de la bicicleta de esa ciudad matancera y no resulta muy osado especular que la bicicleta debió llegar a Cárdenas a la par que a La Habana, en las postrimerías del siglo XIX.
En 1894, ya después de que el celerífero de Sivrac (1790) había pasado por todas las etapas de una metamorfosis que finalizó en 1893, cuando el médico veterinario irlandés Dunlup creó las llantas metálicas y los neumáticos, un periodista escribía en la revista habanera El Fígaro: "Montar bicicletas es título de consideración en los círculos elegantes. Las muchachas ya no pretenden, como antes, averiguar el menudo que llevamos en el bolsillo. Ahora, menos prácticas, pero más esportivas, piensan al vernos pasar: -¡Qué joven tan simpático! ¿Montará en bicicleta?"
Los ricos cardenenses no debieron mantenerse al margen de la última moda europea como no lo hicieron sus vecinos de Matanzas, los cuales, según la revista El ciclista (1895), publicación del Club de Sport y Ciclismo habanero, tuvieron un encuentro con ciclistas capitalinos en la apartada localidad de Güines.
No es muy improbable, por tanto, que ya antes de 1911, cuando se fundó el Rápido Club Ciclístico de esa localidad para fomentar en la juventud el saludable deporte, los cardeneses hubieran escuchado los versos de un poeta de finales del siglo XIX que aseguraban: "/Grandes sus ventajas son/ sobre otra locomoción;/ porque para hacer el viaje/ no ha menester carbón/ de gas, de agua, de forraje,/ de pila o dinamo. Sé por/ haberlo visto, que/ para lograr que se mueva,/ basta el impulso del pie/ del que monta y lo lleva;/ y es claro, incontrovertible,/ que no hay motor disponible/ que pueda dejarlo atrás./ Más rapidez no es posible;/ más baratura jamás."

SIN MISTERIOS

Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que la bicicleta, al igual que en Sagua la Grande, Caibarién y Güines llegó a Cárdenas para no despedirse.
Las razones no son ningún misterio y el visitante las deduce enseguida que nota que la conformación poblacional de Cárdenas rompe con el modelo clásico del poblado cubano.
La norteña ciudad matancera no es el típico pueblito de iglesia en el parque, sino un boceto de gran ciudad proyectado por el desarrollo, principalmente de la industria azucarera, a principios y mediados del siglo pasado. Ese progreso facilitó que en Cárdenas se construyera el segundo tramo de ferrocarril del país, la primera destilería e hizo posible que, por primera vez, en 1889 en Cuba una ciudad alumbrara sus calles con energía eléctrica.
Sin embargo, las luces del progreso empezaron a apagarse cuando a finales de siglo la Guerra de Independencia cruzó a occidente, el desarrollo de la navegación achicó la profundidad del puerto y el capital norteamericano, a ritmo de charleston, comenzó a dictar las leyes económicas del país.
La prosperidad de la ciudad quedó frustrada. Y esa frustración, esa imposibilidad de ser gran ciudad, hizo de Cárdenas un poblado muy grande para andar a pie y muy pequeño para andar en auto.

SIMBOLOGÍA

La mayor tragedia del cardenense es estar ponchado. Cuando alguien anda cabizbajo, con los ojos arqueados por la depresión, es posible que esté "ponchado". O lo que es lo mismo, mutilado de un brazo, de una pierna. Un poncha'o en Cárdenas es un inválido, una persona que depende de los coches que no dan abasto o de la guagua que atraviesa el pueblo cada una hora.
La bicicleta se ha convertido en el objeto más utilitario de Cárdenas. En bicicletas sale a pasear la familia, se va al dancing con la novia, se lleva a arreglar el televisor, se hacen los mandados o se carga la cerveza. Una bicicleta para el cardenense es un tesoro. Algo que vale la pena pelear en largos meses de colas de tiendas. Un vehículo, sin dudas, digno de que se le hiciera un monumento.
Cuando Antonio Gómez, soldador de la Planta de prefabricado y Juan José Morales, secretario del Partido del mismo centro, se dieron cuenta de que a Cárdenas le había salido una nariz en la parte más joven de la ciudad, les vino la idea de hacer una bicicleta de alambrón y cabillas.
Un año estuvieron sacando cuentas, dibujando la bicicleta una y otra vez, doblando y soldando cabillas. En agosto del ´88 la bicicleta se montó a la entrada de la Carretera Central. Pronto se hizo necesario elevarla casi dos metros sobre el asfalto. Era sospechosa tanta coincidencia: en más de uno de los asiduos visitantes de un bar cercano, después de vaciarse el bolsillo y revolverse el estómago a fuerza de tragos, intentó marcharse a su casa en el desproporcionado e inmóvil aparato...

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