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¡ESAS, NO VOLVERÁN!

Aquellas elecciones, libres y democráticas, no eran ni una cosa ni la otra, sino una mascarada, una especie de carnaval macabro, más digno de las memorias del teatro Shanghai que de la historia.

Enrique Nuñez Rodríguez |
La Habana


Empezaremos por el principio, lo que no es muy común en nuestra historia política. Si, según se afirma, lo primero fue el verbo, en la politiquería cubana al principio fue el fraude, o la intervención norteamericana. Para fundar un partido político, en la Cuba de la República mediatizada, había que contar con mucho dinero o con una bien aceitada maquinaria, que no es lo mismo, pero es igual, al decir de nuestro querido diputado Silvio Rodríguez.
El caudillismo signaba la época. Tiburón, El Mayoral, el Chino Zayas, El Carnicero de Las Villas y el Solitario de Cunagua, fueron nombres paradigmáticos que cubren todo un largo período. Hubo excepciones en momentos, en que la presión popular sobrepasó los mecanismos establecidos. El Partido Revolucionario Cubano (Auténticos), surgió de una esperanza que resultó fallida. Eduardo R. Chibás recogió la bandera de las ansias populares y fundó la Ortodoxia. Y los partidos Comunistas, Unión Revolucionaria Comunista y Partido Socialista Popular, de ideología marxista, fueron el fruto de la lucha del proletariado, guiados entonces por hombres y mujeres cuyos nombres se insertaron, para siempre, en la mejor historia patria. Es bueno mencionar a algunos: Julio Antonio Mella, Carlos Baliño y Rubén Martínez Villena, Juan Marinello, Blas Roca y Severo Aguirre, que prestigiaron con su presencia nuestra Asamblea Nacional del Poder Popular. Y algunos otros como Lázaro Peña, Jesús Menéndez y Paquito Rosales, surgidos de la lucha obrera. Casi todo lo demás respondía a intereses caudillistas u oligárquicos, con su secuela de corrupción. El gran elector fue, casi siempre, el Embajador yanki, con su inmoral derecho a intervenir en nuestros asuntos internos. Crowder. Summer, Welles y Jefferson Cafferi tipifican esa absurda realidad. Los partidos políticos de entonces se disputaban lo que el pueblo bautizó como el jamón, símbolos del buen vivir.
Grau traicionó la fe del pueblo. Y Chibás tuvo que suicidarse, víctima de la más cruel y repugnante jugada política de nuestra historia republicana.
No es casual que los mejores elementos de la ortodoxia y de los partidos proletarios se fundieran, posteriormente, en el actual Partido Comunista de Cuba. Aquí, en este salón, también se unen, bajo la dulce y protectora mirada de Conchita Fernández, compañera de Martínez Villena y de Pablo de la Torriente Brau, secretaria de Fernando Ortíz, de Chibás, de Carlos Rafael y de Fidel. A ella, que es historia viva, dedico mi intervención de hoy.
Como ustedes imaginarán no he venido aquí a explicar, técnicamente, el sistema electoral cubano en la República mediatizada, Experiencias no me faltan. Fui enumerador del censo electoral previo a las elecciones para la Asamblea Constituyente de 1940, y fungí como inspector electoral por aquella época. ¡Cuántas cosas he visto desde entonces! Puedo señalar, como de pasada, que he visto una cédula electoral en la que se señalaba, como señas particulares de un elector, la zoológica clasificación de muengo de la oreja derecha. Y como inspector electoral he rechazado la cédula de un manco de las dos manos en la que aparecían sus huellas digitales.
No voy a hacerme la autocrítica por haber sido candidato a Concejal, en mi pueblo, por el Partido ABC, el más reaccionario en aquellos momentos, que formaba parte de la coalición Socialista Democrática. Óiganlo bien, socialista y democrática, cuyo candidato a la Presidencia era Carlos Saladrigas, que aspiraba a la sombra de Fulgencio Batista y Zaldivar, De haber leído entonces el esclarecedor libro de Lionel Soto, sobre la Revolución del 33, seguramente me hubiera negado a dar mi nombre para integrar una candidatura como aquella, pero en estos tiempos de Festivales de Boleros, no me queda otro remedio que afirmar con Orlando de la Rosa: "Ya es muy tarde para arrepentirse, son cosas que pasan".
La votación que obtuve en aquellas elecciones, puede quedar registrada en el libro de records Guinnes: 4 votos: En el colegio en que votaban mis padres no apareció ningún voto a mi nombre. Puede pensarse que los viejos no estaban de acuerdo en que me decidiera por una carrera política y me votaron en contra. Pero es que en el colegio en que yo votaba tampoco apareció un voto a mi favor. Mis padres podían traicionarme, de buena fe, pero yo estaba seguro de haber marcado mi nombre en la boleta.
Mamá, en su generosidad maternal, aseguraba que yo era muy modesto, que había preferido votar por otro candidato, pero yo les puedo jurar a ustedes que no era tan modesto como pensaba mi madre.
Es que en aquellas elecciones libres y democráticas , como las que quieren para nuestro país los legisladores Helms y Burton, se utilizaban varios métodos para adulterar el resultado de los escrutinios.
Votaban, en aquellas elecciones, los electores ya fallecidos a los que no se les dada de baja del registro electoral. Se decía, entonces, que votaban hasta Cristóbal Colon y Panfilo de Narvaez. Se compraban las cédulas electorales, documento que daba derecho al voto, al módico precio de dos o tres pesos, o se cambiaban por ingresos en los hospitales. Y con esas cédulas votaban los llamados sargentos políticos, muñidores al servicio de los politiqueros que compraban las cédulas.
Existía, también, lo que se llamaba la boleta mensajera. Operaba de esta forma: se le proporcionaba a un primer votante una boleta falsa, previamente marcada con el número del candidato que le pagaba a ese elector. Este debía echar en la urna esa boleta, previamente marcada, y echarse en el bolsillo, en el íntimo secreto de la taquilla, la boleta que le habían dado en la mesa electoral para que ejercitara el sufragio. Debía entregársela, en blanco, al candidato o a sus muñidores, y sólo en ese momento se efectuaba el pago. La boleta era marcada por el politiquero y sus agentes y entregada al próximo elector, que debía realizar la misma operación y regresar con la boleta en blanco. Y así, hasta el infinito.
Había procedimientos más burdos que la boleta mensajera: sencillamente, en el escrutinio, vaciar la urna y rellenarla con boletas previamente elaboradas. Para este procedimiento, llamado relleno, se requería la complicidad de la mesa electoral. Si por casualidad en esa mesa había un presidente honesto, no dispuesto a entrar en chanchullos, la urna era robada a punta de pistola, cuando era conducida a la Junta Electora y se efectuaba lo que se llamaba " el cambiazo". La urna que llegaba a la Junta no era la que había salido del colegio, por eso su nombre.
El cambiazo podía hacerse, también, en el conteo de votos o escrutinio,. Bajo la amenazante mirada de la pareja de la guardia rural que custodiaba el colegio. ¡Imaginen ustedes que clase de pioneritos seleccionaba, para esa tarea, el jefe de Puesto de la Guardia Rural. En mi pueblo, en la década del 30, el jefe de puesto de la guardia rural fue, a ustedes les sonará su nombre, el entonces teniente Pilar García.
Recuerdo unas elecciones en las que había votado, en un colegio de un barrio rural, todos los electores del partido de gobierno. Faltaba por votar una familia, muy numerosa, de un lugar distante del barrio. Era una familia comunista. Eran las cuatro de la tarde y la votación debía cerrarse a las seis. El jefe de la pareja de la guardia rural le ordenó al Presidente de Colegio cerrar la votación. El Presidente alegó que faltaban dos horas y señaló el reloj de pared instalado en el colegio. El guardia rural se acercó al reloj, extrajo su machete, y con la punta del arma le dio dos vueltas al minutero, a la vista de todo el mundo, y exclamó autoritario:
"Ya son las seis".
El Presidente, atemorizado, declaró cerrada la votación. A eso se le llamaba "La cañona", aunque el arma utilizaba en este caso fuera un arma blanca.
Al principio en esas elecciones participaban dos partidos políticos, el liberal y el conservador, es decir. Tiburón contra el Mayoral. Un eminente jurista afirmó, en cierta ocasión, que no había nada más parecido a un conservador que un liberal, erosionando así la tesis del bipartidismo, de tan gloriosa tradición en la democracia norteamericana.
Para llegar a ser candidato en aquellas elecciones había que tener mucho dinero o controlar los cargos públicos llamados botellas. O en algunos casos ser favoritos del caudillo o dictador de turno.
La simbología también se tomaba en cuenta. El número 36, en la boleta, encarecía el precio de la nominación. El 36 es cachimba en la charada china. Y era muy fácil identificarlo decorando el pasquín electoral con una hermosa pipa. Por otra parte, nadie quería el número 7, que se correspondía, en la charada, con la materia fecal. Hubiera sido muy difícil simbolizar, en un pasquín, el número 7.
Esto me trae a la mente lo sucedido en el semanario humorístico Zig-Zag. El secretario de la redacción Casto Mier, se agenció una candidatura en las elecciones de 1944, y nos pidió que le diseñásemos el pasquín. El director del periódico encargó a los caricaturistas de esa tarea. Días después regresó Casto Mier. Su pasquín, de inobjetable factura artística, tenía un lema que rezaba "Casto Mier no promete, Casto Mier da".
Claro que fue una broma que indignó a su víctima, pero que podría simbolizar, perfectamente, a aquel proceso demagógico en el que abundaban lemas como "Amigo de sus amigos", "Honradez, paz y trabajo", "Casas, caminos y escuelas", etcétera, etcétera.
Dícese que hubo un candidato al que le llamaban el candidato de las tres "os", porque su lema era honradez, honestidad y honor". Y los escribió sin hache en su pasquín.
Ni hablar de mis mítines electorales. Conga, Aguardiente y mentira.
No me resisto a contar el recibimiento que le hicieron, en Camagüey, a Federico Laredo Bru, paniaguado de Batista que llegó a destacadas posiciones. Cuando anunció su visita a Camagüey, en una de aquellas campañas, le encargaron a un pregonero que utilizaba una bocina para fines propagandísticos, que fuera por el pueblo anunciando la próxima llegada del entonces vicepresidente. El texto que le prepararon hablaba del eminente patriota, excelso estadista, honesto funcionario, etcétera, etcétera. El pregonero para estimular el entusiasmo que no sentía, empezó a darse tragos. Quiso de este modo afrontar la tarea que le repugnaba. Cuando le ordenaron empezar su propaganda ya había consumido una buena cantidad de aguardiente. Y comenzó a gritar, en una de las esquinas más céntricas de la ciudad:
"Hoy, hoy, gran recibimiento a Federico Laredo Brú, eminente patriota, excelso estadista ...". De pronto, sin retirarse la bocina de los labios exclamó en alta voz: "Que va, hasta borracho me da pena". La anécdota me la contó, hace muchos años, alguien a quien me place recordar en esta Asamblea: el Diputado Nicolás Guillén.
Otra anécdota, que demuestra el olfato del pueblo para descubrir la demagogia barata de aquellos mítines, sucedió en Matanzas. En cierta ocasión un candidato del partido Liberal dijo en un parque: "Hace cuatro años hablé en este mismo parque, en este mismo pueblo, a favor del Partido Conservador. Hoy hablo en este mismo pueblo, y en este mismo parque, a favor del Partido Liberal. Y ustedes se preguntarán por qué".
Un grito, salido de la multitud, le contestó: - ¡Porque te vendiste, hijo de puta!.
Podría contar muchas cosas de aquellas elecciones. Pero con lo que he contado me parece más que suficiente. Aquellas elecciones, libres y democráticas, no eran ni una cosa ni la otra, sino una mascarada, una especie de carnaval macabro, más digno de las memorias del teatro Shanghai que de la historia.
Y a esas elecciones, en las que sólo por excepción se presentaban hombres y mujeres honestos, es a la que quieren hacernos volver los que no se resignan, no pueden resignarse, a que en esta Asamblea se sienten los diputados nominados, postulados y elegidos por el pueblo, en elecciones custodiadas por los pioneros y en escrutinios realizados a la vista de todo el pueblo. 
Elecciones limpias, sin cambiazos ni asesinatos, sin corrupción ni compraventa de votos, ni golpes de estado o intervención foránea. A aquellas elecciones quieren volver.
Permitidme, para darle un toque poético a mi intervención, parodiar, una vez más, al poeta Gustavo Adolfo Becquer; Pero aquellas, plagadas de pasquines/ que en las calles solíamos colgar,/ aquellas de ladrones y asesinos,/!Esas, no volverán!.

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