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VIVIR COMO CARMELINA

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Autor |
La Habana


Unos nacen con estrella y otros nacen estrellaos. La máxima de Ta Serapio, salida de quién sabe cuál oscuro barracón, se enseñorea en las páginas de un libro culto. Sí, señó. Entre los Refranes de negros viejos, de Lidia Cabrera, la sentencia esclava cobra nueva celebridad; queda en blanco y negro. ¡Mire qué tozudez!
Pero, en honor a la verdad, la suerte es otra para la caterva de dichos populares que por los siglos deambulan en un prodigio de supervivencia, arraigo y espontaneidad.
De tal palo, tal astilla, reza precisamente una conocida sentencia. Así, casi por herencia natural, se trasmiten de generación en generación estas gotas de sabiduría, vertidas por una fuente casi siempre oculta: Quién es el autor, dónde se oyó la primera vez, cuándo y por qué, cuál fue la intención o el sentido original. ¡Ah!..., por favor. La gente usa y hasta abusa de expresiones tradicionales porque sí, sin demasiadas preguntas que enreden la pita como en el cuento de la buena pipa, cuya historia es la de nunca acabar.
Sin embargo, por Matanzas dicen haber acorralado a un refrán díscolo que hace buen tiempo echó su suerte por los caminos de la Isla y lleva más trecho recorrido que el propio Andarín Carvajal. La protagonista: una dama. El quid: jaranera con los "sinsabores" de una vida holgada. Vivir como Carmelina. ¿Acaso no se lo han dicho nunca o lo ha repetido usted sin saber a ciencia cierta de dónde viene?
Pues sí, la mujer existió. Al menos hubo en Cárdenas una señora llamada así. Ciertamente, tuvo un mundo de riquezas a sus pies, y todos cuantos la recuerdan aseguran que poseía lo suficiente para vivir a lo ancho de la Isla.
Doña Carmelina Arechabala es la nieta de José Arechabala Aldama, hija de Carmela Arechabala y de Don Arechabala Sáenz, esposa en primeras nupcias y, en 1946, viuda de Arechabala y Torrontegui. En fin, miembro consentida de una estirpe que, cruzada entre sí por parentesco primero y matrimonio después, llegó a condensar una de las mayores fortunas de Cuba.
Los moradores de Cárdenas ven en la vida desahogada de Carmelina el origen del famoso refrán de la opulencia. Razones no les faltan. El alambique que fundó su abuelo en 1878, dirigido por sus padres y su esposo después, llegó a convertirse en un emporio industrial. A la emblemática destilería de rones y aguardientes -símbolo de la compañía por su fama y antigüedad-, se le unieron la terminal marítima con líneas propias de travesía y cabotaje, astilleros y planta de petróleo, almacenes, refinería de azúcar, plantas de mieles y de siropes, y fábrica de confituras... En fin, negocios hasta para hacer dulces.
A lo lejos, bien distantes de tal abundancia, los cardenenses de los años 40 y 50 miraban a la joven como una princesa envuelta en sedas. Volátil en una nube de ensueños se le veía ir de la casa señorial de la familia a otra solariega en las afueras, de Varadero a España, la tierra de sus abuelos. Vivir como Carmelina se convirtió en una utopía para la mayoría de las personas, una aspiración idílica de escapar a las penurias de la existencia cotidiana.
"Pero nada tiene que ver ella con el origen del refrán", suelta como un jarro de agua fría una fuente autorizada. Descalzo, con short y delantal, el sobrino nieto de Javier Marqués Arechabala recibe a los periodistas en la cocina de su apartamento de Varadero. "Sé lo que dice la gente en Cárdenas." Revuelve los espaguetis una y otra vez, y da marcha atrás a la memoria. "Y no me sorprende. Me acuerdo de la vida de la familia." Prepara la salsa. "Pero ese refrán se encuentra en más de una película extranjera." Listo. "Y yo mismo recuerdo haber oído la frase hace mucho tiempo en España, a lo mejor viene de allá." ¿Y ahora qué? Si existe una Carmelina peninsular, parece jugar a los escondidos con la Carmelina de la Isla. Quizás sea la misma. Posiblemente sean dos, con el mismo nombre e idéntica situación... ¡Vaya casualidad! ¿Y si se trata de su propia sombra? O tal vez sea un disfraz. Hmmm... y quién sabe si deliberadamente alguien pusiera alas a la confusión. Sí, hasta esto puede ser, si a algún pillo se le ocurrió pasar gato por liebre... Dígame usted, ¿y quién detiene una bola una vez que echó a rodar?
"No, yo le digo que no", niega categóricamente una vieja amiga de Carmelina que prefiere el anonimato. "Ponle el cuño, ella no es la del refrán." Aunque esta señora insiste en mantener su nombre en la sombra, saca a la luz las cualidades de la joven Arechabala con una nitidez asombrosa y envidiable. La recuerda amable, dulce, bonita... y muyyyyy generosa.
La imagen de dama pródiga habla también de abundancias, y corrobora el sentido del refrán, ¿no? "Bueno, sí, claro. Su familia era rica" -aduce la amiga fiel-. "Pero Carmelina trataba a todos muy bien y era sencilla, recuerdo haberla visto en más de una ocasión con delantal." ¡Tremenda novedad!... para quien vive como Carmelina, ¿eh?
En fin, el dilema de la autenticidad y origen del refrán sigue en pie. Los más allegados no alimentan la leyenda que los cardenenses han tejido en torno a su famosa conocida, pero tampoco le dan tanta importancia al asunto como para empeñarse en refutarlos con todas las de la ley.
Puede que sea una frase acuñada en Cuba. O en España, tal vez. A lo mejor llegó de la Península y aquí se aplatanó. Quien sabe si fue al revés. Quizás el modo de vida de la Arechabala era opulento, pero no opulento. Ya casi da igual, miles de cardenences están convencidos de que su Carmelina es la Carmelina del refrán. Y si va a la ciudad, se empeñan en convencerlo a usted.
Créalo o no lo crea. O mejor -como aconsejaba el respetado colega Dimas en el NTV, y recomienda hoy Taladrid, el de Pasaje a lo desconocido-, saque usted sus propias conclusiones, que aquí hay tela por donde cortar.

Notas:
Tomado de Bohemia, Año 92. No. 4.

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