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UNA VIDA DE ENTREGA
A LA LITERATURA NACIONAL



Víctor Fowler  |
La Habana

 

El sentido de continuidad histórica que brinda fundamento a un poema como La dama dorada de los perros (Richard trajo su flauta y otros argumentos. La Habana: Ediciones UNIÓN, 1967), dedicado por una anciana que en la madrugada atraviesa la Plaza de la Catedral rodeada de tales animales. El texto mezcla la impiedad de una noche tormentosa que coincide con el presente de la escritura y la animación de otro paisaje que se le superpone y corresponde al tiempo colonial; de esta manera La Habana, su zona antigua, nos es dada como un espacio mágico dotado de una formidable densidad cultural donde los tiempos se entremezclan. El personaje que da título al poema llega a nosotros signado por la pobreza y raro como una aparición, pero es de repente la noche la que cobra significación a partir de él y la tormenta que se desata da paso a la memoria escondida del lugar. En esa memoria “la vieja de los perros” es diosa simbólica y esclava posible en el barracón, de manera que es una Habana, la memoria sepultada bajo capas de modernidad y desarrollo lo asciende al presente, lo que nos puede explicar la dignidad con la que la anciana cansada y harapienta atraviesa la Plaza de la Catedral.

En si La dama de los perros nos regalaba la continuidad a partir de una geografía urbana compartida (por los esclavos de ayer y hoy la anciana negra), un texto como Mujer negra (Octubre imprescindible La Habana UNIÓN, 1986) varía la estrategia. Esta vez el hablante poético no es, como en La dama..., una voz que narra desde afuera de la situación retratada, contrario a ello Mujer negra ha sido escrito desde una primera persona del singular. Tan relevante como lo anterior es el hecho de que esta Voz en primera persona nos habla desde un lugar donde los tiempos pasados y presente aparecen unificados, sin ruptura. Si La dama de los perros nos avisaba de la continuidad que hablamos, Mujer negra nos brinda las razones que fundamentan la continuidad:

“Me dejaron aquí y aquí he vivido.

Y porque trabajé como una bestia,

Aquí volví a nacer.” (p. 52)

Se trata de una cantidad de trabajo, el del esclavo, cuyo beneficio sabemos que va al dominador (“recolecté y las cosechas no comí”). La otra línea de continuidad está en el delicado balance entre la pérdida y ganancia de un espacio natural que es tanto flora y fauna como Historia:

“pero canté al natural compás de los pájaros nacionales”

“Ya nunca más imaginé el camino a Guinea.

¿Era a Guinea? ¿A Benín? ¿Era a Madagascar? ¿O a Cabo Verde?

La mujer del texto, que primero es esclava rebelde, luego combatiente en la tropa de Maceo y que finalmente:

“Sólo un siglo más tarde,

junto a mis descendiente,

desde una azul montaña,

                bajé de la Sierra” (p. 53)

nos dice, reúne en este acto todos los hilos de la tradición y la memoria para proyectarlos al futuro. Su historia es mínima y grandiosa, íntima y épica, la de alguien que no fue princesa africana u oficial destacado, sino sencillamente un deseo de identidad, de realización del Yo que simboliza el devenir de una nación toda. Por tal motivo, luego de pérdidas y recuperaciones, puede asegurarnos:

“Ahora soy: Sólo hoy tenemos y creamos.

Nada nos es ajeno.

Nuestra la tierra.

Nuestros el mar y el cielo.” (p. 54)

La dirección que seguimos de la secuencia temporal nos regala una suerte de sucinta historia del hombre negro, pero hay un momento donde dicha historia alcanza una especial calidad; me refiero a los siguientes versos de la parte 5 del largo poema Hora de la verdad.

“Yo soy los sueños realizados,

la rescatada lengua de oro,

las ensoñaciones hablantes de los negros esclavos.” (p.64)

La especial calidad a la que me refiero es la que deriva del rescate, por la autora, de la voz del subalterno en el pasado; dicho de otro modo, el hablante del texto, a la manera de una proposición benjaminiana, es responsable no sólo por su presente, sino por dotar de sentido a los sueños de todos cuantos padecieron y murieron para que fuese posible la libertad de los de su raza.

De izquierda a derecha, Jorge Enrique Adoum, Rosa Regás,
Nancy Morejón y Angel Augier

Otro poema, Niño con los ojos rosados (Piedra pulida. La Habana: Letras Cubanas, 1986), relata el encuentro del sujeto lírico, en la zona del puerto, con “un alto negro inmenso” que va acompañado de “su negra inmensa y alta” y el cochecito que lleva al hijo de ambos. La contraposición aquí está en las diferentes actitudes de quienes son los dos recién llegados a la restallante belleza de la Isla: el niño y un turista que dormita “ante los ojos rozados/ se acurruca entre encajes/ mientras contempla, puro,/ la azul bahía letal.” (p. 87) En el contexto de que hablamos, la contemplación del azul, es equivalente a la elección de un destino; ese destino se revela como una suerte de conexión ontológica en el poema Mundos, perteneciente al mismo volumen:

“Mi casa es una gran barco

que no desea emprender su travesía.”

a lo largo del texto continuamente la autora va haciendo énfasis en lo que concede anclaje a este barco isla. A partir de ello se van desarrollando estrofas que hacen referencia al amor de la autora por su lugar y su gente. Y esta estrofa, la quinta, maravillosa en su concreción y sugerencias:

“Mi casa es un gran barco

sin demonios apenas

porque los conmine a la retirada;

porque quiero la dicha como regla suprema;

como regla suprema quiero el violín,

la contradanza ilesa de su vaivén.” (p. 107)

pero la contradanza, música mestizada, es clave para entender el modo en que eso leído antes como posicionamiento racial se abre hacia un abrazo total de lo cubano y la mezcla. Porque si una zona significativa de la crítica dedicada a Nancy Morejón, muy en especial afuera de Cuba, insiste en su condición de heredera de un discurso cubano de la negritud, igual valor alcanza en ella la mezcla cultural, el cruce de simbologías procedentes de las más grandes culturas que constituyen a Cuba. Un poema como el titulado A un muchacho donde el elemento de comparación para definir la belleza es la Biblia, resulta ejemplar en cuanto a lo que apunto:

“Un muchacho del mundo sobre mí

y los cantares de la Biblia

modelaron sus piernas, sus tobillos

y las uvas del sexo

y los himnos pluviales que nacen de su boca

envolviéndonos sí como a dos nautas

enlazados al velamen incierto del amor.”

(Piedra pulida. La Habana: Letras Cubanas, 1986.)

Incluso en los pocos fragmentos que hemos citado se aprecia con claridad la presencia de dos registros escriturales. Uno cercano a lo conversacional, que el contexto de poemas como Mujer negra equivale a un traer al texto la voz del subalterno para que contamine la expresión; otro en donde el discurso es estructurado a partir de otro archivo, donde se busca mediante las imágenes un decir depurado, bello según la tradición del canon de “lo literario” en el mundo occidental al que pertenecemos. De esta manera, la poesía de Nancy captura ambos registros, se desplaza entre ellos, los alberga, toma de la oralidad y del texto legitimizado, es mestiza en los procedimientos escriturales mismos; aunque no sólo allí, porque entre los grandes relatos maestros que organizan su poesía, el del sufrimiento y esperanza del subalterno, la dignidad del pobre, la fuerza de la mujer como transmisora de la memoria y una que nos atrevemos a llamar “ética de la resistencia” y la búsqueda de la identidad nacional son posicionamientos trans raciales, que igual podemos insertar en el devenir de cualquiera de aquellos “humillados y ofendidos”. Lo racial se hace trans racial, lo nacional se torna caribeño y tercermundista o deseoso de ese mundo todavía sin nombre que es el de la subordinación por condición femenina o simple pobreza.

Creo que un premio como éste, que intenta reconocer la obra de toda una vida en un autor, puede responder al deseo de brindar relevancia a un monumento relativo pasado, pero que aún ejerce magisterio sobre nosotros; a una vida de entrega a la literatura nacional en cuyo conjunto, la obra, se ha hecho crecer nuestra literatura aunque ello no apunte a una influencia permanente en ella; y a una tercera posibilidad, que siento que es ésta, la que al destacar la obra se está apuntando al futuro. El trabajo de Nancy como traductora de autores del Caribe anglófono y francófono, su universo referencial tan claramente caribeño, su conservación de la memoria histórica del subalterno, su recepción de lo mejor de las literaturas europeas (en especial las tradiciones francesas, inglesas e hispanas), su permanente reescritura e investigación de figuras claves de nuestra cultura como Guillén y Lezama, son todas líneas de un proyecto creativo que de modo global no podrá sino identificarse con los tiempos por venir.

Y hay un motivo más, para mí, de celebración. Hace veinticinco años, en un pequeño taller literario, una poeta establecida (con toda la leve ironía que un subrayado indica) nos visitó en una de nuestras sesiones. Recuerdo que me atreví a entregarle un libro mecanuscrito e incluso solicité su opinión. Pasadas varias semanas la poeta establecida me citó e hizo un muy tolerante comentario para aquellos versos iniciales; quién sabe si no es gracias a esa comprensión de mis tantos errores que seguí escribiendo, pues ella fue el primer escritor verdadero, famoso, publicado, leído y citado que tuve oportunidad de conocer. Es un gesto de tremenda nobleza que un cuarto de siglo más tarde tengo la oportunidad de agradecer a Nancy en público.

14 de febrero de 2002

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