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EL DOMINÓ

El bodeguero, que en sus horas de servicio es ácido, a veces con el cliente, y teniendo los cigarros en existencia le obliga volver a usted por la tarde, porque no los ha contado todavía, se vuelve amable, risueño, gozoso, cuando tira una sola mirada a las fichas que le cogió al contrario y exclama jubiloso:
-Ochenta y siete. ¡Pollona! 


Enrique Núñez Rodríguez  |
La Habana



Muchas veces nos hemos preguntado para que sirven los enormes portales de las bodegas habaneras, si las mercancías se despachan adentro y las colas se organizan lo más cerca posible del mostrador. 
Nos parecía realmente un desperdicio inútil de espacio y pensábamos que esos sombreados portales del Vedado, La Víbora y otros repartos podrían utilizarse, por ejemplo, para pequeñas ferias agrícolas, exposiciones y otras actividades productivas y culturales. Los planes de la calle podrían convertirse en planes de los portales con menos molestia para los conductores de vehículos y, desde luego, menos peligros para los niños. Eso pensábamos: pero hemos cambiado de opinión. Esos portales son perfectos para el dominó.
El dominó público, o extramuros, para llamarle de una forma más consecuente, es el clásico, el verdadero, el científico. El bodeguero, que en sus horas de servicio es ácido, a veces con el cliente, y teniendo los cigarros en existencia le obliga volver a usted por la tarde, porque no los ha contado todavía, se vuelve amable, risueño, gozoso, cuando tira una sola mirada a las fichas que le cogió al contrario y exclama jubiloso:
· Ochenta y siete. ¡Pollona! 
No pierde uno la esperanza, ante espectáculo tan conmovedor, de que llegue el día en que el bodeguero utilice ese mismo procedimiento para contar los tubos de pasta de diente, y no nos haga volver a las cinco de la tarde, que es cuando los van a distribuir, porque necesita tiempo para contabilizarlos.
Y el camarero del bar de la esquina, que se quita el lacito negro del gastronómico y aparece vestido de paisano a echar su partidita. Es otro. ¡Palabra de honor que es otro!
A la hora de sumar los tantos no se equivoca jamás. ¿Quién puede pensar que ese es el mismo hombre que se equivoca tanto en la cuenta del bar? Sume. Sume usted después que él haya dicho:
· Empatados a treinta y cuatro. 
Verá que es exactísimo. Sume. Sume usted la cuenta del bar, cuando usted haya disfrutado un buen rato con una amiga, y verá que cuando él dice 34 son 28. El dominó es una magnífica escuela de matemáticas. ¿Y ese guaguero?. Usted lo conoce porque es el de la ruta que pasa por su barrio. Obsérvelo en el dominó cuando dice:
· Salgo yo. 
Es inobjetable. Cuando dice "salgo yo", ya está poniendo el doble nueve sobre la mesa.
Y no puede usted menos que pensar si ese es el mismo hombre que halando la palanca de la emergencia de su ómnibus, bajo un calor de treinta y cinco grados, exclama en la parada de Coppelia.
· No salgo. O se ponen de acuerdo y me dejan cerrar la puerta, o no salgo. 
Qué delicioso es verlo con su sonrisa franca decir, en el dominó:
· Salgo. 
Y no hay quien lo detenga. ¡Sale!
¿Y aquel burócrata? ¡Véalo en el partido del portal de la bodega! Se pone de pie, limpia con su pañuelo el taburete para eliminar los residuos de cenizas de un cigarro, y le dice a "Pucho", el tintorero:
· Entra, Puchón, que me sacaron. Me cogieron el 9-8 en el cierre. ¡Dale entra!. 
Y pensar que ese es el mismo hombre que atrincherado detrás de cuatro buróes y tres secretarias, le dice a una de ellas, cuando usted ha pedido que lo reciban:
· Dile que no estoy. Que estoy reunido. Lo que te parezca, pero no lo dejes entrar. 
Qué distinto a aquel que le dice a Puchón:
· Dale, entra. 
Podríamos seguir dando ejemplos: Pero trate de observarlos por usted mismo, que resulta más entretenido. Quizás llegue a la misma conclusión que nosotros: el dominó es una linda escuela de convivencia humana. ¡Siempre que el contrario no se vire con el doble blanco!

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