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UN AMIGO INFLUYENTE

Enrique Núñez Rodríguez  | La Habana

La casa de Marina era, para los estudiantes del interior, algo así como un misterio innombrable, con perdón de Lezama. Innombrable e impagable —como la deuda externa—. Mientras en prostíbulos más modestos del barrio Colón la tarifa oscilaba entre cincuenta centavos y un peso, en dependencia de la demanda, en el aristocrático burdel, según se decía, la tarifa no bajaba de los cinco pesos.

La diferencia de precios estaba en relación directa con el lujo de aquella especie de catedral del amor tarifado, la belleza de sus oficiantes, y claro está, el valor añadido que le confería el hecho de que ser cliente de la casa de Marina era como tener una tarjeta de crédito en El Encanto, un hijo tenor de ópera, o un primo hermano embajador de Paraguay, cosas muy difíciles de lograr.

Por momentos, se extendía la fama de alguna prostituta que ejercía en otras locaciones, como sucedió, por ejemplo, con una bellísima mestiza conocida por Yolanda, que atrajo una gran clientela hacia Crespo 43. Después de cierto tiempo las aguas cogían su nivel y la casa de Marina volvía a situarse en el lugar de honor que le correspondía en la bolsa de valores. Era lógico. Crepo 43, por ejemplo, era un local pequeño, con un diminuto recibidor, en el que esperaban su turno, como en un consultorio médico, los cuatro o seis que alcanzaban los sillones de majagua dispuestos en la sala. Los demás debían esperar afuera. Yolanda se encargaba de asomarse por una persiana para llamar con cierto profesionalismo.

—El que sigue.

Mientras, el cliente satisfecho abandonaba el local, no sin antes alertar a los que esperaban afuera:

—Pase el siguiente.

Eso sí, la solidaridad era una cosa conmovedora en aquel mundo en que desaparecía el machismo y los clientes, habituales o no, lograban una compenetración en la que intercambiaban chistes, periódicos o revistas, cigarrillos y hasta secretos familiares en una espera disciplinada, culta, ejemplificante.

Eso, en Crespo 43, por respeto a la personalidad de Yolanda, bella como un sol y puta hasta la pared de enfrente. De todos modos, el local era incómodo, no había agua corriente para el aseo personal y una palanganita esmaltada ofrecía al cliente la más completa colección de espiroquetas y gonococos  que haya registrado laboratorio alguno en el país.

La casa de Marina era otra cosa bien distinta. Un patio interior, con adornos florales y algunas esculturas de mármol de Carrara, donaciones de clientes agradecidos. Mesitas coquetonas y bien dispuestas. Música indirecta. Y un bar bien surtido. Muchachas jóvenes, bien vestidas y olorosas a Flor de Roca de Carón o Enviada del Cielo de Nina Ricci, cuando menos. Un conocido político de destacada posición en el Senado, en un exceso de entusiasmo afirmó un día, ante las muchachitas de Marina que el se sentía allí como en su propia casa. Y dándose cuenta de su imprudencia rectificó:

—Pero sin las putas, desde luego.

Marina exclamó semiofendida:

—A lo mejor. Quién sabe...

Ese día Marina perdió un buen cliente.

La operación principal del negocio se manejaba con suma discreción; las parejas se perdían hacia los altos donde estaban las habitaciones, sin necesidad de aquel llamado que, en Crespo 43, vulgarizaba el momento de la verdad, como le llaman a la estocada final en el mundo del toreo. Toda esa parafernalia estaba incluida en el costo de los honorarios. Para estudiantes pobres la casa de Marina era algo así como un sueño imposible.

Puedo describirla con más o menos detalles, porque cuando ya llevaba años en La Habana me visitó, concluida la zafra, mi amigo Humberto, que trabajaba en un central azucarero. Había cobrado su liquidación y tuvo la magnifica idea de venir a compartirla conmigo. Como es lógico, quiso que lo llevara a la casa de Marina. Esa noche, endomingados y optimistas, nos dirigimos al prostíbulo más famoso de Cuba. Tocamos a la puerta y apareció lo que debió ser un ojo por una especie de mirador diminuto. Escuchamos una voz femenina que preguntaba:

—¿Usted tiene alguna amiga aquí?

Mi amigo contestó que no, que no conocía a nadie allí.

La misma voz anunció:

—Si no tiene amiga no puede entrar.

El pequeño espacio por donde hablaba se oscureció.

Nos alejábamos decepcionados, cuando mi amigo decidió volver sobre sus pasos. Extrajo de su cartera un billete de cien pesos con la efigie del primer presidente de la República y tocó a la puerta. De nuevo el mismo hilillo de voz y la misma pregunta:

—¿Usted tiene alguna amiga aquí?

Mi amigo colocó el billete en la iluminada mirilla y preguntó a su vez:

—Mire a ver si Don Tomás tiene alguna amiga por allá adentro.

La puerta se abrió como respondiendo al sésamo ábrete del conocido genio. Fue entonces cuando mi amigo comentó:

—¡Qué clase de influencia tiene todavía Estrada Palma en este país!

No miento, pues, si afirmo que pude describirles la casa de Marina gracias a la influencia del primer Presidente de la República.

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