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Como afirmara Orlando Rojas -el director cubano de Papeles secundarios y de la recién estrenada Las noches de Constantinopla- el festival para los cubanos es, durante diez días, "una conducta que obliga a percibir la vida muy intensamente y a compartirla después con el universo".

Joel del Río |
La Habana


Un solo tema de conversación parece regir en las principales calles de la capital cubana. El diálogo canónico por estos días viene a ser más o menos de esta índole: ¿Y tú viste la segunda parte de El lado oscuro del corazón? La respuesta puede ser afirmativa o negativa, pero siempre irá seguida de otra aseveración parecida a esta: Yo la que vi fue Y tu mamá también, no te la pierdas que está buenísima. 
Colas interminables, llenos totales, con algún que otro tumulto de cinéfilos abarrotando cines o formando transitorias tertulias en los lugares más insospechados, se registran en La Habana durante estos pocos días de Festival cuando los cubanos, en masa, acceden a lo mejor y más diverso de la cinematografía mundial, como complemento imprescindible al plato principal, es decir las diveras categorías y muestras conformadas por los filmes generados al sur del Río Bravo. 
Durante los primeros seis días del festival, figuraban entre las películas latinoamericanas más perseguidas por el público las ya mencionadas Y tu mamá también y El lado oscuro del corazón 2, de México y Argentina respectivamente, además de una relación de impactos que integran también la cubana Noches de Constantinopla, la uruguaya En la puta vida, la chilena Taxi para tres y las argentinas Nueve reinas o El hijo de la novia, todas las cuales se vienen disputando codo a codo el favor de un espectador tan especial, sin chauvinismo, como el cubano. Especial porque nos distingue la sinceridad y la manera más extrovertida de patentizar nuestro placer o nuestro disgusto, especial porque estamos ávidos de vernos refractados en la gran pantalla, de escuchar nuestro idioma y ver reconstruidas artísticamente nuestras realidades, vivencias y cultura común. 
Y como sería imperdonable la falta de perspectivas, el aldeanismo de exhibir en solitario la producción latinoamericana, como si fuéramos una isla cinematográfica incontaminada, están de paso, también, las películas francesas, españolas, italianas, suecas, holandesas, norteamericanas, iraníes o vietnamitas que han ganado justo prestigio mundial mediante lauros en los festivales de Cannes, Venecia, Berlín, San Sebastián o en el Sundance. Aunque se refuerce, por razones tan obvias como la creatividad e inventiva de sus producciones, la presencia de los realizadores independientes norteamericanos (hemos visto The Believer, el Hamlet de Almereyda y Memento) también se incluyen filmes estadounidenses que confluyen de uno u otro modo con las tendencias del llamado cine industrial, sin renunciar a la calidad, al modo de David Lynch con Mullholand Drive, Steven Spielberg en Saving Private Ryan, Alejandro Amenábar con The Others o John Waters mediante Cecil B. Demented.
Por supuesto que pudieran programarse muchas más películas norteamericanas, de hecho se anunciaron algunas que después no se han visto aparecer. Por ejemplo, mucha expectativa existía respecto a la exhibición durante el festival de Moulin Rouge, cuyo director Baz Luhrman expresó su anuencia con que fuera mostrada aquí. Pero la distribuye la Fox, por tanto viene a ser la verdadera propietaria de la obra, y hasta ahora sus funcionarios han denegado la exhibición en Cuba, supongo que por temor a infringir las leyes norteamericanas que le niegan a los cubanos no solo el derecho a comprar aspirinas producidas en EE.UU. sino también la posibilidad de disfrutar de un excelente espectáculo postmoderno, tal vez frívolo, pero sin dudas deslumbrante.
Incidentes de esta guisa, ni otros contratiempos,  empañan otras aristas como el extraordinario concierto ofrecido en el Amadeo Roldán por Nicola Piovani, uno de los mejores músicos de los que en la actualidad trabajan para el cine, autor de las bandas sonoras musicales que tanto contribuyeron a la consagración de La habitación del hijo, La vida es bella y de las últimas películas firmadas por Fellini o por los hermanos Taviani. 
Con todo y la presencia de grandes actores, y de populares intérpretes como los brasileños protagonistas de la telenovela Fuerza del deseo (invitados a propósito de la película Bellini y la esfinge), el Festival de La Habana no está concebido como pasarela de astros y estrellas. Si alguno se digna asistir, bienvenido será, al modo en que ha ocurrido en otras muchas ediciones, pero aquí llegan sobre todo los directores (desde Francis Coppola hasta Manuel Gutiérrez Aragón y Alain Corneau, por solo mencionar algunos aparentemente ajenos a la cita obligada de todos los cineastas, productores, distribuidores e intérpretes del área iberoamericana).
Por otra parte, mucho se espera este año de la representación cubana en concurso. Hasta el cierre de esta edición solo habíamos alcanzado a ver, de los largometrajes de ficción, Las noches de Constantinopla, dirigida por Orlando Rojas, y con un elenco parejamente brillante donde destacan Verónica Lynn, Liberto y su abuelo Francisco Rabal (a quien está dedicado el filme), Rosa Fornés, Verónica López, Marisabel Díaz y otros. Se trata de una comedia con flagrantes referencias al Billy Wilder de Algunos prefieren quemarse, que entre risas, farsa y aires hedonistas y cabareteros porta develadoras observaciones sobre la falsa moral y la guerra de valores que se verifica en lo profundo del momento actual que vive la Isla. La película divierte, de seguro hará pensar a más de uno en lo que debe o no hacerse en situación de crisis, y no le faltan rubros formales encomiables como el vestuario, la escenografía y la foto. Pronto serán protagonistas de este festival los otros títulos cubanos como Nada y Miradas. Mientras alcanzo a verlas, no faltan mil y una opciones, tan variopintas y sugerentes que resulta un verdadero reto trazarse un itinerario entre un mar de celuloide inquietante.

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