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CUATRO NUEVAS EMBAJADORAS 
DEL CINE CUBANO

A juzgar por la contundente representación fílmica cubana al próximo Festival Internacional de Nuevo Cine Latinoamericano, el 2001 será recordado como un año clave en la historia del cine cubano.

Joel del Río |
La Habana


Tal vez suene como autobombo pasajero, colmado de excesivas pretensiones, pero a juzgar por la contundente representación fílmica cubana al próximo Festival Internacional de Nuevo Cine Latinoamericano –a inaugurarse el lunes 3 de diciembre-- el 2001 será recordado como un año clave en la historia del cine cubano. Cuatro son los largometrajes de ficción en liza: Miradas, segunda película de Enrique Álvarez, Miel para Oshún, la más reciente obra del maestro Humberto Solás, Las noches de Constantinopla, firmada por Orlando Rojas, y Nada, la ópera prima de Juan Carlos Cremata. Como se trata mayormente de estrenos, no está de más acercarnos a los propósitos primigenios y al talento artístico implicado en cada una de estas obras.

Las cuatro películas están pobladas por personajes singularísimos que al mismo tiempo se las arreglan para representar, lo más dimensionadamente posible, algunos de los característicos conflictos de la compleja realidad cubana en estos últimos años.

Favorablemente acogida por el público nacional durante varios meses de llenos totales, Miel para Oshún también logró interesar a algunos distribuidores internacionales durante el último festival de Toronto. El filme sorprendió por sus guiños de comedia costumbrista en una filmografía como la de Solás (Lucía, Cecilia, Un hombre de éxito, El siglo de las luces) más consagrada a puestas en escena sobre el pretérito y al tono trágico-melodramático. De todas formas el filme no puede hablarse de comedia pura en este caso, pues se relata el reencuentro de un joven cubanoamericano (Jorge Perugorría) que regresa a la Isla en busca de su madre, para la cual se hace acompañar por su prima (Isabel Santos) y por un taxista marañero que terminan solidarizándose con su tragedia de identidad. Las pesquisas los llevan a recorrer todo el país, desde la capital hasta Baracoa, la villa primada, allá donde las aguas de Oshún se juntan con las de Yemayá.

Iván es un joven fotógrafo, un mirón nato, que un mal día, en una crisis de inseguridad, decide quemar todas sus fotos. Justo en ese momento le solicitan desde Miami una muestra de lo que ha hecho y parte a Casablanca, el poblado al otro lado de la bahía habanera, a tomar nuevas instantáneas. Allí, conoce a Ana, que ha decido regresar a Cuba luego de vivir mucho tiempo en Suecia. Miradas cuenta un día en la vida de estos dos seres, precisados de un recomienzo, de saldar las cuentas con el pasado y reiniciar sus vidas desde nuevas perspectivas. Jacqueline Arenal (respetada desde que protagonizó El siglo de las luces, y muy popular luego de la telenovela Tierra brava) y Mijail Mulkay (Hacerse el sueco) encarnan a la pareja protagónica, acompañados por un elenco en que destacan Miguel Navarro, Paula Alí, Manuel Porto, Alina Rodríguez y Vicente Revuelta. Gente que busca fuera y dentro de Cuba, fuera y dentro de sí mismos, un sitio permanente, hospitalario y amable.

Graduado en teatrología y dramaturgia, Juan Carlos Cremata (1961) también se hizo cineasta y realizador de televisión en la Escuela Internacional de San Antonio de los Baños. Trabajó en la televisión cubana, y también en Roma, Santiago de Chile, Panamá, California y Nueva York. En 1997 obtuvo la beca Guggenheim y a su regreso consiguió financiamiento para Nada, su primer largo de ficción. También comedia, pero absoluta atípica en tanto se propone rescatar la comicidad del cine mudo y la frescura experimental del cine hecho en los años sesenta, Nada es la historia de otro ser solitario e inadaptado, una joven empleada de correos (Thais Valdés, la de Alicia en el pueblo de maravillas) que debe elegir entre marcharse a Estados Unidos, desde donde la reclaman sus padres, o continuar haciendo el bien, a su manera, a todos los seres que va conociendo en el entorno que ama y al cual está profundamente ligada. Mayormente en blanco y negro, y deudora de la estética del documental, el realizador se propuso algo tan difícil como que el público pudiera “reír y llorar con la misma escena”. Por supuesto, tampoco falta la historia de amor, entre la protagonista y un joven cartero que interpreta Nassiry Lugo, el solista del grupo pop Moneda dura.

Por último, Las noches de Constantinopla significa el regreso a la dirección de Orlando Rojas luego de Una novia para David, Papeles secundarios y del abortado proyecto Cerrado por reformas. Una abuela retrógrada (Verónica Lynn) cae en coma luego de descubrir que el nieto (Liberto Rabal, nieto del famoso Paco) se dedica a escribir novelas eróticas bastante subidas de tono. El joven debe asumir las riendas de la mansión familiar y así se destapa una ola de sensualidad y hedonismo impensables en buena salud de la matriarca. Según el director: “Esta es una película en la cual las ideas se mueven por la ironía dramática, a través de recursos como el suspense y el humor negro... puede ser una comedia que establezca contacto con el gran público, como yo lo deseo... trata sobre la apariencia y la mentira y se inspira tal vez en Algunos prefieren quemarse y en Los sobrevivientes”.

No hay que ser demasiado agudo para percibir que temáticamente se está ampliando el rango de intereses del cine cubano. Virtudes y defectos aparte, que podremos exponer en su momento, Miradas, Miel para Oshún, Nada y Las noches de Constantinopla representan algo así como el final de un período o, más bien, la inauguración de otra etapa para la cinematografía nacional, en la cual tal vez se descubra la vía para sostener el rigor, la profundidad y la renovación sin renunciar a la gracia, la comunicación y el buen empaque. 

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