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El cuento de La Jiribilla

LA VIOLENCIA DE LAS HORAS

Marcial Gala | La Habana

Clementine es una santa y aunque ahora te parezca muy triste ser hijo de alguien tan principal, Deus faxit, un día será canonizada y entonces contrataré al Tintoreto o a algún otro maestro venido de Venecia y lo veremos tú y yo decorar el altar de nuestra capilla... Imagínate a Clementine con tantos dorados y azules... En cuanto a ti, il mío caro Luduvico, yo te prometo, si te comes todo sin dejar la más mínima trucha irnos a Roma, a besarle los pies a su Santidad y a ver los portentos pintados por el Divino para el Papa Julio en la Sixtina, eso, si te lo comes todo, además si a partir de hoy obedeces a Messer Antonio, entonces le rogaré a su Santidad que al arribo de tus catorce años te otorgue el capelo rojo y... para cuando seas capaz de traducir a Horacio escogeré para ti un palafrén y te permitiré lucirlo en la comarca. Yo oía a mi padre sin oírle, miraba su mostacho de condotiero, su tabardo de terciopelo azul recamado en oro al estilo veneciano, esperaba una pausa en el soliloquio, tomaba en la diestra un muslo de faisán y antes de llevármelo a la boca, perdíame en delirantes pensamientos en torno a una ciudad, Roma, que yo imaginaba hecha de cornisas de oro y techos de diamante, ciudad repleta de cavalieris artistas, pulsadores de laúd y amantes de esbeltas donnas. Sólo un hombre triste en toda la Roma de mis ensueños, el Papa, padeciendo de gota y con la tiara en la testa, esperando ansioso a que mi padre y yo fuésemos a besarle los pies. Tanto pensaba yo en eso, que al morder el faisán, este sabía y olía a pie de viejo. Luego el padre Hipólito sentado junto a mi progenitor, sonreía con mansedumbre que no dudo en llamar interminable, se sobaba una de aquellas mejillas gruesas como nalgas de nodrizas y peroraba con voz de bajo: Antenoche la volvieron a ver, vestida con un corpiño de seda, parada en lo más alto del campanario de Santa María. La duquesa Clementine sostenía un animado coloquio con cierto níveo palomo y alrededor de los cabellos de su signora madre, principino Ludovico, flotaba una aureola como de tres codos de envergadura y en la plaza quaecumque creata sunt Dei potemtiam pracdicant enarrant. Papá estaba para Angola y mamá aprovechó para conocer a la señorita Judith Camejo. Fue en la parada de la sesenta y cuatro. Mamá tenía treinta y cinco años y la señorita Judith Camejo era delgada hasta lo increíble, tenía amplias ojeras y aguantaba con ambas manos un gran ramo de lilas. Al callar el clérigo, mis primos Ghiovaneto y Donato asintieron, moviendo las hirsutas testas, pero de los labios de mi padre nació un levísimo e incrédulo suspiro. Cumplía yo doce años ese otoño, y recuerdo que por ser tan alto y cetrino, mi padre me decía Ludovico el moro y yo le rogaba que me hablase de ese príncipe, de Beatrice y de Leonardo. Lionardo, declamaba el Duque en su dulce toscano y yo paladeaba ese nombre y deseos no me faltaban de abandonar el Palazzo e irme a Florencia o a la Serenísima, en busca de un destino de artista. Recuerdo los paseos por nuestros jardines, recuerdo a mi afeminado primo Donatello o Boca de Culo como lo apodábamos por sus continuos improperios y blasfemias, fingiendo ser Alejandro Magno o Escipión, y a mí mismo me recuerdo, esbelto y tímido, parado tras un álamo, sintiéndome el Da Vinci y viendo a mis primos correr, chillar, agarrarse y a veces rodar por el suelo, mientras messer Antonio incómodo en su tabardo de amplísimas mangas, los reprendía en un latín tan pulido como el de Virgilio. Cuando se acercó a nosotros, mamá apretó mi brazo hasta el dolor. La señorita Judith también tenía buenos dientes; bello niño, mintió y mamá le aceptó la mentira, pero Judith sintió la necesidad de justificarse. El hecho de que sea enano no le resta un ápice a su belleza, dijo. Mamá sonrie y me mira con esa cara de desear que yo me muera. Mamá es bella, pero cuando me mira así la odio. Nadie piensa en mí, nadie me busca hasta finalizar las clases. Entonces las atipladas voces de mis primos se hacen oír. ¡Ludovico! yo me oculto y cuando se acercan, huyo entre los árboles, entre las estatuas, las fuentes y los setos de rosas. Oigo mi nombre y huyo hasta sentir cómo la intensidad de las voces disminuye; finalmente no las oigo. Sólo tú me encuentras porque me he ocultado para ser encontrado por ti, Fátima. Envuelta en su amplia túnica, descalza y frágil llega y se inclina al lado del arbusto, detrás del que me escondo. Yo finjo no saber que es ella, abrazo mis piernas y me creo pequeñito. Deseo ser como uno de esos príncipes dibujados en los códices de mi padre, entonces quizás Fátima me lleve hasta su cuarto y juegue conmigo como jugábamos Luigi y yo con las marfileñas piezas de ajedrez, pero sigo grande y ella me acaricia la cabeza y susurra, si el principino no se dirige ahora mismo a las clases de esgrima, Satanás no le contará más acerca del elefante, del niño del ánfora y las alfombras mágicas. Fátima muerde las palabras al hablar como las venecianas, pero si a las madonnas del Urbino les fuese otorgado el verbo, sus voces tendrían esa misma transparencia. ¿Quién eres mamá? Papá decía, cuando papá era papá, que en caso de que viniera la Tercera Guerra Mundial y quedase una sola mujer en el mundo, si esa mujer fuera mamá, no se casaría con ella; mamá respondía que ella tampoco, y decía que se iba para La Habana con su familia, pero no se iba, y ahora papá está muerto. ¡¡Satanás!! Así la increpan los frailes de mi madre al encontrarla en las galerías o en las salas de Palazzo y yo iré al infierno, si no rezo diez Padre Nuestros, si no rezo diez Ave María, si no me flagelo diez veces, si no porto un cilicio hasta Santiago de Compostela, si cuando sea Papa no organizo una Cruzada para redimir al Santo Sepulcro, si no dejo de creerme amigo de una esclava sarracena y de su tonto hermano. Entonces no tendré tiempo de ser Leonardo, me digo yo y le ordeno a Luiggi que sea Leonardo por mí. Luiggi es el hermano gemelo de Fátima, tiene quince años y su piel es del color del bronce de las estatuas de Donatello. Nosotros aún no lo sabemos, tendremos que llegar a casa de abuela para que un señor con una medalla en las manos, nos diga, Rigoberto López murió en combate, y ese Rigoberto López sea papá. Entonces vendrá el llanto de mamá y mi risa. Recuerdo que estábamos en Venecia, era la víspera de los esponsales del Dogo con el mar y éramos huéspedes de la familia Fascari. Recuerdo las talladas cornisas, los arabescos del techo, los tapices de brocado de oro y carmesí con nuestro anagrama cubriendo las paredes y recuerdo los tres enérgicos aldabonazos en la decorada puerta del palazzo de Fascari. Azul era el turbante del mercader de esclavos que trajo a Luiggi y que te trajo a ti, Fátima. Yo me río pero no sé por qué y ahora estamos conociendo a Judith Camejo, la señorita española que le dice a mamá con un desparpajo que nos deslumbra, mientras le tiende una flor: Usted es lo más bello que he visto. ¿No será un payaso disfrazado de gente?, pienso yo, mientras mamá toma la flor. Tenían ojos amarillos de gato y mi padre los vistió con túnicas de color bermejo y los cabellos de ambos eran iguales de largos y caían libres sobre los hombros, por lo que en los primeros tiempos se nos hacía difícil saber quién era Luiggi y quién eras tú, Fátima, pero meses después, Rodomante, el corcel de batalla de mi padre, escapose de las manos de uno de los palafreneros y arrolló a Luiggi, dejándolo baldado y relegado para siempre en un sombrío aposento de Palazzo. Cuando ocurrió ese accidente mi madre recibía ya esas extrañas visitas, destinadas a hacerla tan famosa como Santa Catalina de Siena. Mi madre vestida a la española, escuchaba al padre Hipólito y pensaba en el espectro de Constantino, que con su toga púrpura de emperador, segundos antes había abandonado la alcoba por la abierta ventana. Después la visitaron el doctor Tomás Aquino, Hermes Trimegisto y el propio apóstol Pedro, y para cuando mi padre, luego de derrotar a ciertas bandas de piratas berberiscos, partió a los estados pontificios, ella se hizo traer de Florencia un negro ataúd de roble y yaciendo en él, escoltada por cuatro ardientes cirios, resolvía los asuntos del Ducado. Al mes, hicieron su aparición los cuatro hermanos dominicos, llamados a desplazar en el favor de Clementine al Padre Hipólito, su confesor hasta entonces, y cuando regresó mi padre, ella ya no era la más bella princesa de Italia, ahora era para siempre Santa Clementine. La señorita nos invita a ponerle flores al Quijote, pero para mamá no es usual ponerle flores al Quijote y estamos muy lejos de la Plaza de la Revolución, por lo que Judith Camejo bota las lilas y vuelve a acariciarme la cabeza. Bello niño, repite. Mi padre regresó con su séquito pródigo en artistas, filósofos, pícaros y doctores versados en las doctrinas de Vitruvio, Platón, Séneca, Averroes y Pitágoras. Muchos de ellos alardeaban de despreciar toda autoridad eclesiástica y de considerar a la Biblia como un mero conjunto de frustraciones judías, y si concurrían a nuestra capilla era para admirar los mosaicos venecianos y los frescos bizantinos del altar y las paredes. Clementine trató de expulsarlos de Palazzo, pero mi padre se opuso y cierta tarde ocurriósele a tres de esos cortesanos curiosear en los, para ellos, misteriosos aposentos de mi madre. Llegaron ante la puerta y luego de inclinarse en una amplia reverencia le imploraron la venia a la signora. Clementine en su ataúd no se dignó a contestar. Los frailes avanzaron hacia el umbral, los humanistas remedaron con poses y gestos la solemnidad de los clérigos y uno de ellos, mozalbete vivaz y rubio, emitió un retumbante pedo. ¡¡Vade retro Satanás!!, gruñeron los hermanos dominicos y el imberbe volvió a premiarlos con los gases de su vientre, mientras los otros dos cortesanos prorrumpían en insanas risas. Jolgorio que hizo concluir el más corpulento de aquellos frailes alzando un decorado crucifijo de roble y rompiéndoselo en la cabeza al de los pedos que de inmediato fue al piso, soltando sangre por nariz y boca. ¡¡Han matado a Ghiordanetto!!, gritaron los otros y corrieron hasta la sala principal de Palazzo. Su mano huele a mamá. Yo amo a mamá. He visto sus senos cuando el agua cae sobre su cuerpo, entonces entreabro la puerta del baño y pregunto si mis chancletas están ahí, pero antes de preguntar miro. Mi padre fue a los aposentos de Clementine. Ella se negó a abrir. ¡¡Vade retro Satanás!!, gritaron los frailes y mi padre volvió montado en Rodomante.
Los mercenarios suizos rompieron la puerta, él penetró en la alcoba y a golpes de hacha destruyó el féretro; también pretendió destrozar los cráneos de los clérigos. ¡¡No!!, aulló Clementine cuando ya el arma se alzaba sobre una tonsurada testa y mi padre cayó derribado del corcel por un milagroso e insoportable dolor de muelas. Recuerdo que seis años después, en las frías tardes de enero, esa muela seguía martirizando a mi padre con una persistencia que no era de este mundo. Clementine se compró otro ataúd y nunca más le dirigió la palabra al Duque. Él hizo remodelar según los arcanos clásicos el ala izquierda del Palazzo y allí se instaló con cortesanos y fámulos. Luego fue a ver a su hermano el cardenal Pedro Alejandro y lo convenció de exponer el caso ante su Santidad y rogarle la emisión de una bula ordenándole a Clementine que abandonara el féretro y volviera a sus deberes de esposa, so pena de excomunión. Su Ilustrísima, el Cardenal, estuvo de acuerdo pero antes quiso hablar con la Donna. Dos horas duró el coloquio y el prelado vio en Clementine muestras de beatitud suficientes para decirle al Duque que consideraba una insensatez desaprovechar la ocasión de tener una santa en la familia. El cuerpo de mamá es motivo de mis dibujos. En la escuela quise explicarlo, pero la conversación se perdió en el enredo de otras palabras. Palabras, palabras, palabras. No me gusta mi escuela y no es tal escuela.
Está poseída, decíale papá a sus humanistas y ellos le ponían de ejemplo a Séneca, Sócrates y a otras autoridades de la mustia virtud de aguantar los avatares de la fortuna. Mi escuela es un hospital, la gente viste de blanco y nos trata como a bobos, pero en realidad yo no soy bobo, y la prueba es que estoy escribiendo esto que mal que bien son las memorias de Judith, de mamá, de mí y de la muerte de papá, pero ahora la señorita Camejo toma de la mano a mamá y le dice que tiene una habitación en el Hotel Capri y que si desea ir a comer algo no hay inconveniente, mamá responde que ella ni siquiera es de aquí, que es de Cienfuegos y que a su marido se lo llevaron para Angola y que su hijo está loco y que ella no sabe qué hacer. Al cabo, ese asunto de la santidad empezó a reportarnos beneficios políticos pues nuestros levantiscos súbditos consideraban ahora una impiedad amotinarse contra la beatísima Duquesa y durante años, ni la más mínima revuelta turbó la paz de la heredad. Gracias a esa paz, papá acabó sintiéndose si no feliz, al menos recompensado. Fue entonces cuando ocurriósele la idea de contratar a algún maestro de mucha virtud y decorar nuestra capilla con la imagen de Clementine yaciendo en el féretro. Y al tornarse mayor la importancia que los grandes de este mundo concedían a la Duquesa, que ahora sostenía relaciones epistolares con el Papa, con el cristianísimo Rey y con el Emperador, tornóse también mayor el plan de decorar y ya no era sólo pintar la capilla, sino todo el palacio, las iglesias y hasta algunas casas de la ciudad. El Duque nos paseaba a mis primos y a mí y nos señalaba dónde irían los óleos y dónde los frescos y los tapices. Terminaba quejándose del Hado pues lo había hecho nacer en época tan tardía y ya no se abundaban los Miguel Ángel, ni los Rafael Sanzio. Y si tu madre demora en ser canonizada acabarán muriéndose también los restantes maestros y entonces quién nos decorará la capilla, suspiraba. EL LOCO SOY YO. Mamá parece una puta con ese pullover largo que sólo ellas se ponen y la señorita Judith es una puta. De las peores, piensa la gente. Luego de las clases de esgrima fui a ver a Luiggi. Ya estaba sentado frente a la mesa del ajedrez, esperándome. Me pregunta cuándo nos iremos a Venecia. Yo contemplo sus endebles piernas y callo. Él lleva mi mano derecha hasta sus labios y la besa. Afuera ha empezado a llover y las piezas de ajedrez parecen otros tantos Luiggi y Ludovico frente a frente. Su Alteza es cruel, dice él de pronto y la expresión de su rostro se torna tensa. Juguemos, digo yo, pero antes de que podamos mover alguna pieza, se oyen tres suaves golpes en la puerta. Misser Antonio. Clementine deseaba verme, y acompañé al Humanista hasta el ala diestra del palacio. Aún recuerdo el olor a ungüentos y a sudor que emanaba de su toga, la barba entrecana y los ojos lagrimosos y alertas. Valor, Alteza, murmuró cuando ya estábamos frente a los aposentos de mi madre. Abrí la puerta. Los inevitables clérigos rodeaban el ataúd. Uno de ellos se inclinó levemente y sin apoyar la mano en la madera susurró algo. Acércate, dijo mi madre y la voz era macilenta y hermosa. Sí, signora, articulé y caminé dos pasos. Ha mucho ya, los frailes habían clausurado la única ventana, por lo cual a esa hora cercana al mediodía, el calor era intolerable. Olía a flores mustias, a incienso, a espliego y a animal podrido. Clementine, con la cabeza apoyada en un almohadón de seda, me observaba desde el féretro y la piel de su cara era palidísima y frágil, en sus ojos azules no había luz y los cabellos poseían vida independiente gracias al millón de piojos que pululaba en los mechones y caían sobre el almohadón. Sonrió y los dientes seguían siendo diminutos y amarillos. Luego me permitió besarle el rubí que adornaba su mano derecha. ¿Cómo estás, carísimo Ludovico? susurró y durante un instante la mano del anillo descansó en mi cabeza. No esperó la respuesta para continuar. Hoy, Dios mediante, hablaré con un ángel de dos mil alas doradas sobre el tamaño de tu esperanza, pero te ruego que no vuelvas a tocar el laúd, recuerda el carácter erróneo y nefasto de toda fábrica humana. Yo asentía a cada una de sus palabras. Si me hubiese sugerido, rebánate las narices, Ludovico, caro mío, también hubiera asentido. Los frailes me miraban sin pestañear y la luz de los cirios se reflejaba en la pulida madera del ataúd. Vete, dijo finalmente mi madre. Ahora se acercará un policía a preguntarnos si traficamos con dólares, pero mamá no llora más. Ella está conmigo, dice la señorita Judith y el policía retrocede sin esperar el carné que ya mamá desenfunda. Estoy soñando. En lo más alto del campanario de Santa María de Fiore, Clementine oficia una misa para palomas, gorriones y entorninos. Sin el ataúd y con las delgadas piernas temblequeantes, alza su voz de toscana y los pájaros baten las alas. Después su rostro adquiere una expresión pudorosa y una dorada cascada emerge de su vulva y cae sobre las cabezas de los ciudadanos. Ellos beben y piden más. Vamos al hotel, dice mamá. Ahora estoy sentado en el piso de la sala preferida de mi finado abuelo. Leo a Petrarca. Oigo las voces de mis primos. ¡¡Ludovico!! Pongo el libro en el suelo y corro por la galería de columnas talladas en pietra serenna. Paso sin detenerme por salones, antesalas, vestíbulos. Voy descalzo y la capa de mi tatarabuelo, el gonfaloniero, ondea atada a mis hombros. Al final de uno de los pasillos diviso una puerta gris. Ahora las voces son un susurro, Ludovico. En puntillas y muy despacio voy acercándome a la semiabierta puerta. ¿Qué secretísimo arcano esperaba yo encontrar? Las paredes del techo hasta el suelo se prodigaban en raso amarillo y azul, bordado de tulipanes. El lecho era de plata y roble y estaba cubierto por un baldaquino de seda, las sábanas, de brocado de oro y carmesí y, acostado, estaba mi padre y estabas tú, Fátima. Desnudos. Recuerdo que la expresión del rostro del Duque era muy triste y que había un laúd descansando cerca de tus pies, igual que en este retrato, pero tus cabellos no eran rojos, sino negros como nuestra esperanza. Acababa de cumplir doce años y olvidé a Leonardo, olvidé el capelo cardenalicio. No nos dejaron pasar a la habitación de Judith y más tarde cuando ya estemos a punto de tropezarnos con el hombre de las medallas, mamá besará a la señorita en la boca y mañana regresaremos a Cienfuegos, pero antes mamá me pedirá que llore y yo trataré de llorar para que nos resuelvan un pasaje de vuelta, mientras ella habla con todo el mundo y nadie le hace caso y tendremos que irnos por la lista de espera. Extraña terminal adonde no llegan noticias de Angola. Soñé que mataba a mi padre, desperté y el sudor cubría mi rostro. Fui a buscarte, Fátima, pero tu hermano era quien estaba en el lecho. No necesité despertarlo. Yo portaba una daga en la diestra. Su Alteza, exclamó él. Estoy enamorado de tu hermana y voy a matar a mi padre, le dije, y me iré muy lejos, a Palestina, a saldar mis culpas, tú no puedes comprenderlo Luiggi, porque no eres caballero ni cristiano. Él asintió moviendo de arriba abajo su testa de estatua y me prometió acompañarme doquier fuese yo y sus ojos estaban húmedos, y como la sábana cubría su cuerpo hasta más arriba del pecho, no supe de pronto si él era él o eras tú, Fátima. Yo le permití besar mi rostro, dejé a su boca buscar mi boca, pero entonces en algún rincón de los jardines de palacio, cantó un gallo. Algo se quebró dentro de mí y la daga atravesó la garganta de tu hermano. Mañana mamá me volverá a la escuela y desde la cerca, Delfín, Manolo y los demás, me verán llegando de la mano de ella, mientras gritan: ¡¡Ahí viene el enano que nos hace cuentos!! Yo soy el enano que les hago cuentos, es verdad. Yo veo a las enfermeras cuando se bañan y después se lo cuento a mis amigos. Me sueño entrando en los aposentos de mi madre y junto al negro ataúd veo otro, cerrado. Abro la tapa y Luiggi sonríe. Yo soy otro santo, responde él y yo decido cerrarle los ojos para que no me vea besar a mi madre. Acerco la diestra a su cara y los dientes atenazan mi carne, entonces lo abofeteo, pero sólo logro que su sonrisa se torne más amplia. ¿Se encuentra bien el principino?, susurra Luiggi y entonces mi madre se va volando. Veo cómo su cuerpo, cómo sus ropas van separándose poco a poco del ataúd. Veo sus cabellos desplegándose hasta llegar a ocupar toda la alcoba y al fin mi madre está tan alta, tan donde nunca podré alcanzarla. Mis amigos son retrasados mentales. Yo no lo soy pero es cómodo ser un retrasado mental. Yo amo a mis amigos, pero a veces los mato. Yo soy el que les pone agujas en los asientos para que se pinchen cuando se sienten. Pero ahora, después de darle veinte dólares al portero y veinte más a un tipo de guayabera que no sé quién es, la señorita Camejo nos introducirá en el hotel. Pero a la habitación no, dice el hombre de la guayabera y a donde más podemos ir es al restaurant. Pidan lo que deseen, dice Judith Camejo y mamá me mira a mí y yo miro a mamá. ¡¡Bistec!!, decimos a dúo y Judith se ríe y le acaricia el rostro a mamá y le toca los dientes. Mamá se deja. Quisiera tocarla yo también, pero estoy seguro de que a ella no le gustaría. Hoy le toca llorar, papá ha muerto aunque nosotros aún no lo sabemos. Pudiéramos ir a la iglesia a rezar por él, pero no está bien, papá es del Partido y no está bien ir a la iglesia. En primavera el Duque acompañado de mis primos partió de campaña. Me recuerdo tendiéndole las bridas para ayudarlo a montar en el corcel de batalla. Durante un instante sus ojos se detuvieron en mí. Luego susurró: Dios te bendiga, carísimo Ludovico, y emprendió la marcha seguido por su tropa de lansquenetes y milicianos de la tierra. ¿Adónde cabalga mi pobre Duque, ahora, cuando su carísimo Ludovico es un viejo? No lo sé y dudo que él lo sepa. En la noche de esa misma jornada, un disparo del mosquete de mi primo Donattello tumbó a mi padre sobre la verde pradera lombarda, después, mi otro primo, saltó presto del caballo y de un golpe de espada degolló a su tío. Yo tenía dieciséis años y en ese instante cargaba a la desnuda Fátima sobre mis rodillas y la oía tocar el laúd. Entonces un golpe de viento apagó los cirios de mi habitación y un grito de mi madre desgarró las tinieblas del palacio. ¡¡Ludovico!! Corrí a su alcoba y me contó que estaba soñándose en Venecia, en el palacio de nuestros parientes y que cumplía trece años y era la primera noche del carnaval y mi padre vistiendo un traje con capa corta de seda blanca y roja, y bordada banda de tulipanes, la mitad frescos y la otra mitad marchitos, rodeando su lema Le temps revients, recamado de perlas, y con una pluma de filigrana de oro montada en diamantes y rubíes en el sombrero, surgió de la noche y una fina máscara de leopardo cubría su rostro. Por eso rezamos tras las puertas cuando nadie nos mira. Dios es negro, del color de papá, por eso se casó con la Virgen María. ¿Qué negro no quiere una blanca? Mamá es rubia, por eso Dios fue bueno con ella, pero últimamente Dios está bravo. Dos años después, estando yo todavía en campaña contra mis primos, el viento volvió a apagar los cirios de palacio y Clementine desde su ataúd, rodeada de las plegarias de los frailes tornó a soñarse en Venecia y volvió a ser carnaval y mi padre reapareció con la verde máscara de terciopelo y la invitó a bailar con una sonrisa. Entonces ella deseó que todos esos años pasados en ese ataúd no fueran más que la pesadilla de una noche. Lo deseó todos los días de ese fatal enero, lo gritó al viento desde el techo de palacio y al final de ese mes, la misericordia divina le permitió morirse dulcemente, como una niña que se despide. ¿Le gustó la comida?, dice Judith con alegría en los ojos. Le gustó, dice, pero no me mira a mí, sólo mira a mamá. Mamá baja la mirada. ¿Si quieren algo más?, pregunta Judith. Dulces, digo yo y mamá me toma de la mano. Niño, dice, pero Judith se ríe y ahora se acerca el camarero y nos trae el postre. Mermelada con queso igual que en mi escuela. En mi escuela tengo que estar toda la semana mientras mamá lee libros. Mamá trabaja en una fábrica de tabacos, luego, mamá es lectora de tabaquería. Mamá está loca por dejar de leer libros, ¿Pero qué otra cosa sabe hacer mamá? Yo acabaré por volverme bobo. El albergue está oscuro y Manolo vuelve a gritar y a temblar. ¡Oh, qué nochecita!, dice la enfermera acercándose y despertando a Manolo para que vuelva a dormirse. A mí, apenas me mira, pero dice pobrecito cuando pasa junto a mi cama. A mí se me murió papá en Angola. Allí la gente suele morirse, no porque quieren sino porque los matan. Mamá y yo lo sabemos. Me gustaría que Judith, mamá y yo fuéramos franceses y que, además, yo no fuera enano. Eso le he pedido a Dios. Le he dado hasta a escoger. Le dije: Señor, prefiero ser bobo antes que enano, sálvame del enanismo, pero Dios no contestó. En cuanto a ti, Fátima, mientras yo vencía a mis parientes, huiste a Roma. Gasté miles de ducados buscándote. Le rogué a Dios que me permitiera olvidar tu rostro. Fui a Roma y la ciudad no era de oro y el Papa era un hombre de una alegre mediocridad, notable sólo por el tamaño de sus asentaderas. Desistí de ser Cardenal y mis torpes manos de condotieri me impidieron ser artista. Al cabo supe que habías muerto de mal francés en un lupanar de la Rua Claudia. Dios es negro igual que papá. Ni mamá ni yo somos del color de Dios. Mamá es rubia y yo soy enano. Me casé. Mi hijo Luiggi perdió la mano derecha luchando contra el turco. Mi otro hijo, Domenico Flavio, fue investido de Cardenal y yo sufro de gota, de piedra en los riñones y veo cada vez menos, y ya ves, Fátima, te he contado las cosas que vivimos juntos por si no las recuerdas o por si no eres tú la que estás en el retrato; si lo he contado mal, perdóname. Tu vida fue corta, la mía fue larga, tristes fueron las dos y la mía vita, luego que te perdí, tornóse aburridísima como las traducciones de Derecho Romano a que nos obligaba messer Antonio y ya no puedo correr a esconderme en el jardín cuando gritan Ludovico. Ya nadie me promete nada, ni que voy a ser Papa, ni que tendré un corcel tan blanco. Yo no soy nada, ni siquiera soy Marcial, soy el enano que asiste semana tras semana a la escuela de bobos mientras papá y Judith la española, se van perdiendo, alejándose. Pero hoy todavía no, Judith y mamá se besan en la boca y todo el restaurant nos está mirando. Van a botarnos del hotel y cuando lleguemos a casa de abuela y papá esté muerto volveremos a Cienfuegos. Estoy tan solo, Fátima, y la capilla está aún por pintar pues ningún Papa, ningún concilio, ha tenido el pudor de canonizar a mi madre. Tengo noventa años, Fátima y desde las alturas, flanqueada por su séquito de níveas palomas, Clementine me exige que me reúna con ella. ¿Iré pronto? ¿En qué nuevo ajedrez nos adentraremos mañana? ¿Cuál será entonces el rey y cuál el mísero peón? En todo caso dile a Luiggi que jugaremos a ser Leonardo. 

Cuento tomado de la antología de cuentos Palabras de sombra difícil, selección y prólogo de Rogelio Riveron, Editora Abril, Letras Cubanas,  2001.
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El cometa Halley
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Prisionero del agua
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Lino Novás Calvo 

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Vivir sin papeles
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Nro 9
Rumba Palace
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Los hijos que nadie quiso
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Nro 12
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Nro 14
Corazón partido bajo otra circunstancia 
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El viajero y las despedidas
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El viejo,el asesino y yo
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