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LOS TELEGRAFISTAS

Enrique Núñez Rodríguez  | La Habana

Para Gabriel García Márquez


Hay cosas que tienden a ir desapareciendo con el progreso. Como los tranvías o la empanada a la salida del baile en el Liceo. Eso lo entiende todo el mundo. A eso se resigna uno. Y, sin embargo, no he podido resignarme a la desaparición de los telegrafistas a la vieja usanza. Aquellos que se identificaban entre sí por el sonido de la transmisión a distancia, y que hacía exclamar a quien recibía, en Santiago de Cuba, con sólo oír la vibración del aparato:
-Ese que está transmitiendo es Y-Z, de Las Villas.
Quizás no se habían visto nunca. Pero el ritmo de la transmisión decía mucho más que el nombre propio o la voz del operador.
Las modernas máquinas hacen el trabajo con eficiencia, pero ya para mí una sala de aparatos, como le llamaba entonces, es una cosa fría y sin vida. Extraño el sonido musical de la percusión metálica. Es que nací bajo el signo de Morse. Un signo que no figura en los horóscopos ni forma parte del Zodíaco. Mis padre eran telegrafistas, ambos. Se conocieron en una humilde oficina de correos y telégrafos allá por el año 1920. De niño escuché la leyenda de que se enamoraron con los ojos, sin palabras, en un abrir y cerrar de párpados con mayor o menor intensidad, para marcar los puntos y las rayas del alfabeto Morse. Mamá nunca quiso confirmarme la certeza de la dulce leyenda. Cuando le preguntaba se limitaba a sonreír con cierto pudor. No sé si la consideraba un pecado juvenil o, sencillamente, no quería descubrir el pequeño gran secreto de su vida. Guardaba esa historia con el mismo celo con que se conserva una flor entre las páginas de un libro.
-Son inventos de la gente.
Llegué a creer que la leyenda no tenía una base cierta. Pero cuando un hermano de mi padre, también telegrafista, se moría sin remedio y no quería tomar alimentos, vi cómo papá le trasmitía con dos dedos, oprimiéndole el brazo, con mayor o menor presión, un mensaje que solamente pude entender cuando el moribundo sonrió y abrió la boca para tomar el jugo de naranja que le ofrecía la enfermera.
Entonces comprendí que mamá no quería revelar el secreto de sus charlas amorosas, y que la leyenda tenía que ser cierta.
Mi padre empezó su carrera de telegrafista en San Antonio de los Baños en 1915. Era telegrafista de los ferrocarriles. Tenía menos de veinte años.
Me contaba, cuando yo era niño, cómo en el Café Martí, de la Villa del Humor, el caricaturista Abela lo había dibujado sobre una mesa de mármol. Utilizando como único rasgo un número tres al revés, Abela le dijo:
-Tu caricatura es muy fácil. Un tres al revés.
Y me decía con orgullo:
-Creo que esa caricatura fue el origen de el Bobo de Abela.
Años más tarde, en la Primera Bienal del Humorismo, descubrí en una caricatura de un viejo periódico, lo que los especialistas consideran el origen del famoso personaje satírico. Se trata de un anuncio comercial de cierta marca de zapatos, en el que Abela dejó para la posteridad, un grupo de personajes de San Antonio de los Baños. Allí está un personaje que nunca pudo ser identificado por los estudiosos del pintor ariguanabense. Todos los demás eran conocidos. Menos aquel cuyo rostro mofletudo era considerado como la génesis de el Bobo. La fecha del periódico -1915- coincidía con la de la estancia de mi padre en San Antonio. El maestro Rubén Suárez Quidiello, a quien le pregunté si sabía quién era aquel personaje, me contestó:
-Supongo que es alguien que pasó por aquí y no estuvo mucho tiempo.
Papá solamente estuvo un año o año y medio en San Antonio. Hablé con él. Le confesé mis sospechas. Me contestó emocionado.
-Ese "bobo" soy yo.
Y murió convencido deque él le había servido de modelo a Abela para la concepción del personaje que tan honroso lugar ocupa.
No es extraño, pues, que cuando lea un artículo o una novela de Gabriel García Márquez, sienta una curiosa sensación de arritmia cardiaca, como si mi sístoles y diástoles se alargaran o acortaran en un mensaje de cordial agradecimiento, en clave Morse, desde luego, a quien va pregonando por el mundo, entre otros méritos que a veces ignora, su condición de hijo de telegrafista. Esa es una forma muy bella de que el progreso no los haga desaparecer del todo.

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