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LA MODA O EL CENSOR SEMANAL DEL BELLO SEXO.
UNA MUESTRA TEMPRANA DE LA (MAL) LLAMADA PRENSA FEMENINA CUBANA.

Susana Montero
|La Habana


Cuando en 1829 Domingo Del Monte y José J. Villarino fundaron la revista La Moda, esta no venía a ser, como afirmó erróneamente Joaquín Llaverías, "el primer periódico destinado a las féminas en Cuba.(1) Casi dos décadas antes, en 1811, y a imitación de modelos foráneos, había aparecido en La Habana el bisemanario Correo de las Damas, dirigido por Simón Bergaño y Villegas y Joaquín José García, revista señalada por Labraña con todo acierto como la primera del país destinada al bello sexo, según se da fe en el prospecto de la misma. 
A esta siguieron, al parecer en la misma línea, Tertulia de las Damas, publicada entre 1811 y 1812, no catalogada inexplicablemente por el Diccionario de Literatura Cubana, dentro del grupo de las revistas concebidas para el público femenino; Cartera de Señoras, 1812, calificada por Trelles como "de escaso mérito literario";(2) Biblioteca de Damas, 1821, cuyo mayor interés parece haber estado en la identidad de su redactor, José María Heredia, y La Muger Constitucional [sic], publicación no registrada ni por el citado diccionario ni por el Catálogo de publicaciones periódicas del siglo XIX, no obstante los interesantes datos que aporta Llaverías al respecto, quien distingue estas páginas entre todas las que surgieron en Cuba durante el período de la segunda época constitucional, a inicios del siglo pasado.
Sin embargo, La Moda vino a aportar en el ámbito nacional una novedad de innegable trascendencia para el desarrollo de las publicaciones periódicas dirigidas al público femenino. Con ella nacía en nuestro campo publicístico la doble concepción de la mujer como consumidora y objeto de consumo, imagen que permanece en lo esencial invariable hasta las revistas femeninas de hoy, las cuales conforman el grueso de esa poderosa industria de colonización cultural que constituye el periodismo comercial, y del que se hallan en Cuba, hasta el advenimiento de la etapa revolucionaria, sucesivas muestras, muy numerosas sobre todo en la primera mitad del pasado siglo, a ejemplo de la revista Vanidades, quizás la de mayor respaldo económico entre las existentes por aquellos años.(3)
Las citadas revistas cubanas anteriores a La Moda, habían sido concebidas fundamentalmente como instrumento para la educación moral de la mujer en los cánones patriarcales de subordinación al hombre, de abnegación, pudor y modestia como máximas virtudes femeninas; del respeto a sus "sagrados" deberes en tanto esposa, madre y guardiana de la paz del hogar, y a la inviolabilidad "natural" de los límites entre las esferas pública y privada. En tal sentido se observa el predominio en sus páginas de las historias de mujeres ejemplares por su fidelidad conyugal y austeridad, así como los sermones éticos contra la vanidad, la desatención al hogar y la coquetería femeninas; sermones que, por otra parte, habían constituido desde los inicios del Papel periódico la vía principal de acceso a la temática de la mujer en el periodismo regional. Los restantes materiales de estas primeras revistas literarias femeninas, en línea general elementales (noticias sobre modas, referencias al contexto social, anécdotas, curiosidades, poemas...), quedaban subordinados de una u otra manera a ese propósito didáctico-moral que constituyó su carácter distintivo.
En cambio, La Moda traía otros aires. El tono ligero y aún irreverente utilizado por lo regular en el tratamiento de temas, como el de la coquetería, que antes hubiesen merecido graves sermones; la eliminación punto menos que absoluta de la sátira como medio de crítica y de educación de la mujer, y el propósito de estimular el mayor consumo de la revista a través de la ponderación de lo femenino convencional, desprovisto de toda evidencia de humildad o menosprecio, son los rasgos que primero llaman la atención por su novedad al recorrer sus páginas. Buen ejemplo de ello es el cuidadoso tratamiento que se le daba a la sección de modas -la primera en el orden de la revista--, y una de las más originales, sobre todo en los primeros meses de la publicación, cuando conformó una suerte de episodio semanal acerca de una familia del elegante mundo habanero, ofrecida en tanto paradigma o criterio de autoridad. A través de aquélla los editores no sólo dictaban los parámetros que debían regir el atuendo de los lectores, sino que sus personajes les servían de portadores de los conceptos que iban conformando la imagen androcéntrica de la mujer objeto, cuyo supremo valor de cambio radicaba en su capacidad de agradar al hombre por su belleza física y por su adecuación a las estructuras de subordinación sexual.
Un fragmento de dicha sección aparecido en el número 13 de febrero de 1830, es ilustrativo al respecto cuando expresa:

Y la moda también por más ligera y variable        e incierta que parezca [...] sabrá ingeniosa       embelleceros y aumentar vuestras gracias [...] y proporcionaros la delicia del triunfo, sin daros a conocer el talismán secreto que os lo hizo conseguir.

Idea que se reitera desde diversos ángulos a través de las variadas secciones de la revista, las que en su totalidad iban construyendo dicha concepción de la mujer objeto de consumo, aún más clara en el artículo "Sobre la hermosura de las mujeres", correspondiente al número del 24 de julio del propio año, donde se apunta:

A la muger [sic] se dio la belleza con el fin de agradar al hombre, suavizar su rigor y fijarle cerca de ella y de sus hijos [...] mientras que el hijo tiene necesidad de la madre, la madre tiene necesidad del esposo.
La naturaleza la hizo para que fuese esposa y madre, para el reposo y compañía del hombre, para suavizar sus costumbres, para interesarle y enternecerle.
El hombre quiere dar valor a su triunfo, quiere hallar en su esposa, su amante y no su esclava, y a medida que advierta mayor nobleza en la que le obedece, con más gusto gozará de la gloria de mandar.
(4)

Los editores de La Moda marcaban así una pauta en esa construcción socio-cultural que constituye la imagen femenina como portadora de dependencia y alteridad: la mujer vista no como sujeto para sí, sino para el hombre, en función de quien fue "creada" y bajo cuya guía era obligada a estar en medida comparable a la relación de dependencia del hijo con respecto al cuidado materno.
La absolutización de este valor de cambio, esa disolución de la identidad femenina en una figuración exógena determinada e impuesta por el ordenamiento patriarcal, revela en otros momentos de la revista los diversos factores que han agravado secularmente la situación de inferioridad de la mujer; la que, como es sabido, ha estado sujeta históricamente no sólo a la jerarquía del género, sino dentro de ésta a la cronológica -asimismo portadora de un injusto utilitarismo socio-económico--, a la geográfica, y, por supuesto, a la consabida estratificación clasista de cada época. Ordenamientos todos validados por los editores de La Moda, quienes encarnaban así la voz oficial, censora y retardataria desde el punto de vista de las estructuras socio-económicas, en cuya consolidación, sin dudas, tenían puesta buena parte de sus intereses personales de clase.
De ahí que el modelo femenino promovido por esta revista como el ideal, fue el de la mujer blanca, de clase alta, joven, de estilo europeo, capitalina y hermosa. Modelo apreciable en las dos fases del proceso de constitución del referente ideológico que comenta Marcia Rodríguez;(5)

- la fase interpelativa, encarnada en la voz anónima y autoritaria del editor que se dirige directamente a la lectora para crearle la ilusión del diálogo y facilitarle la identificación con dicho modelo como espejo de sí misma,
- y la fase constitutiva propiamente, en la cual la imagen propuesta -homogénea y simplificada--, se presenta superpuesta a la imagen real -diversa y compleja-- encarnada la primera en la voz de un personaje femenino, real o ficticio, que la asume como propia.


Tal concepción del modelo femenino sobre la base de elementos de clase, raciales, cronológicos, geográfico-culturales y estéticos, forma parte de la estrategia de subordinación que la hegemonía patriarcal ha llevado a cabo desde entonces hasta hoy a través de la mayoría de las publicaciones seriadas para la mujer; estrategia encaminada, entre otros propósitos, a obstaculizar la formación de una conciencia genérica común, y a consolidar en las lectoras las nociones del límite y de las jerarquías "naturales".
De esto hallamos muestras significativas en La Moda, de donde han sido extraídos los tres fragmentos siguientes, ilustrativo cada uno de los diversos factores citados:

a) [la protagonista de los Romances Cubanos] es tan quemada y tan patona como son todas las guajiras. (Opinión de una suscriptora, aparecida en el número del 28 de noviembre de 1829). 
b) Ahora tengo la satisfacción de que el estrangero [sic] que nos visite será más justo con nosotras porque esceptuando [sic] algunas pocas [...] el resto de mis paisanas, según me ha dicho Juanito puede compararse por su gusto, por su amabilidad y su instrucción no pedantesca con el bello sexo de cualquier ciudad de Europa. (Opinión de un personaje literario femenino, perteneciente a la alta sociedad. Número del 12 de diciembre de 1829).
c) La virtud de la muger [sic] que ha pasado de los cuarenta y cinco años está en la bondad; antes de este término, las gracias, las cualidades brillantes pueden tener el lugar de esta virtud; pero a los cincuenta años es preciso que una muger sea buena [...] o ya no tiene lugar distinguido, y no es más que un verdadero fantasma en la sociedad [...] todo para ella acaba, todo muere [...] a no fortificarse con una verdadera filosofía [cristiana] [...]. (Opinión anónima del redactor. Número del 22 de mayo de 1830).

De tal modo, la revista fundada por Del Monte, gracias a su cuidadosa elaboración como instrumento al servicio de la ideología dominante de su época, nos permite perfectamente la contextualización de los principales enunciados con los que la crítica feminista actual describe las publicaciones contemporáneas para la mujer, en las cuales 

[...] a partir de la relación entre lo imaginario como una instancia necesaria de lo social, y la percepción de las realidades concretas que ubican al sujeto en un marco múltiple de referencias [...], la ideología [...] aprisiona al sujeto femenino y lo envuelve en una ritualización doblemente reprimido.(6)

Si bien desde el punto de vista literario La Moda asumió en actitud de avanzada estética el gusto romántico, a través de la promoción de las obras de José María Heredia, Byron, Goethe, Walter Scott, Larra, entre muchos otros autores, esto con seguridad no representó para su editor y redactor más connotado una contradicción con respecto a sus criterios oficialistas y retardatarios sobre la situación de la mujer, como tampoco lo fue en relación con los intereses de la aristocracia criolla a la que pertenecía. Por el contrario, el aparente endiosamiento de la mujer que culminó en el Romanticismo, engarzaba sin violencia con el estereotipo femenino fijado por la tradición patriarcal, y aun vino aquel a constituir un paso más en la restricción de la individualidad femenina, reducida ahora en lo esencial a dos opciones básicas: la santidad y la corrupción.
Que la voluntad de estos editores no era promover el cambio, sino estimular la búsqueda de novedades como incentivos de consumo, es algo que a nuestro juicio queda claro al realizar el balance general de la revista. A la distancia de nuestro tiempo sabemos la profunda transformación que comportó el Romanticismo en casi todos los órdenes de la vida social y cultural latinoamericana y específicamente en la cubana; pero la propuesta de La Moda en este sentido, tomando en cuenta los materiales literarios que ofreció, no era ajena -mucho menos opuesta-- al carácter comercial de la revista, como no lo era a los presupuestos ideológicos que propugnaba. Ofrecer en sus páginas "lo último" de la literatura, venía a ser para sus promotores algo semejante, en otro plano a ofrecer "lo último" en los atuendos de París, o que dar aviso a las lectoras sobre la mercadería recién llegada a la tienda de Madama Pitaux o a la botica de la calle Mercaderes. Todo ello permitía infundir en estas destinatarias el deseo de la modernidad, la ilusión de cambio a nivel individual, de acceso al triunfo, al tiempo que entre líneas se les inculcaba el rechazo de la singularización y la necesidad de conservar el orden social, según se observa en el fragmento siguiente, tomado de la sección de modas:

Tendiendo el hombre por una ley natural [...] a no andar al revés de sus coterráneos se sujeta espontáneamente a los usos de estilo, y se empeña en mejorar su trage [sic] y seguir la moda; porque el equipage [sic] y la ropa distinguen ciertamente la persona e infunden favorable opinión de ella, arrancan los derechos de trato y consideración [...] de suerte que debe considerarse como natural el deseo de obedecer las leyes de aquella fingida divinidad [...]. Por eso el hombre juicioso es el primero en seguir los usos sociales y los caprichos inocentes de la moda, sin singularizarse [...]. En suma, los modos de vestirse tienen fuerza de leyes que todos siguen y que ninguno se atreve a dispensarse, tomándose por locura el intento de contrariarlos [...] son además utilísimos y de gran influjo moral esos cambios de moda, pudiendo decirse que son también medios que emplea la naturaleza para mejorar la especie racional y engrandecer los pueblos.(7)

De manera que -en aplicación del criterio de Carola García Calderón-- La Moda constituyó una muy temprana muestra de como

Lo moderno se erige en ideología, publicitando una imagen de movimiento y progresión constante, de génesis diaria, de mutación efervescente, que enmascara la permanencia y el estatismo de las estructuras constitutivas del orden que lo generó.(8)

Al tiempo que, justamente por este aspecto, dicha revista significó un avance innegable en relación con su contexto publicístico, pues llevó a vías de hecho tal concepción del periodismo femenino que ha predominado hasta nuestros días, enmascarados sus objetivos de regulación y censura social bajo un tono de falsa irreverencia ante algunos prejuicios sociales y una estructura ideo-formal en apariencia dialógica, que promovía en las lectoras la figuración ideal de la mujer sujeto.
Una lectura de estas páginas a la luz del concepto de educación e instrucción femeninas dominante en aquella época, demuestra que sus editores no transgredieron los límites "oficiales" al respecto, bien delimitados, por ejemplo, en un texto dado a la luz por la Imprenta del Gobierno y Capitanía General en el propio año de 1829, Cartas sobre la educación del bello sexo, al que corresponde este fragmento:

En la sociedad tanto disgusta una mujer que no sabe más que leer y contar, como la que quiere penetrar en todas las ciencias. Si las obligaciones de nuestro estado y los vínculos que contraemos requieren que sepamos ciertas cosas, las condiciones peculiares de nuestra existencia y las propiedades características de nuestra constitución, nos deben estorvar [sic] que sepamos demasiado.(9)

Y concluye diciendo la anónima autora, en relación con la observación de las reglas de la moral y las ocupaciones domésticas:

[estas] son las obligaciones más imperiosas de la mujer.(10

Opiniones como esta subyacen a lo largo de La Moda e inciden poderosamente en la composición de sus secciones para aflorar en artículos como "La vejez de las mugeres" (número del 22 de mayo de 1830) y "De la influencia del bello sexo" (9 de octubre del mismo año), a los cuales corresponden estos fragmentos:

a) ¡Oh mugeres! [...] haced provisión de dulzura, de buen humor, de amenidad, y sobre todo de inteligencia [...] dejad la ciencia con la afectación; pero coged flores en el vasto campo de la literatura; leed, no citéis; la crítica asienta mal en boca de una muger; este severo empleo está reservado a los hombres: mugeres, vuestra reprobación ha de estar en el silencio [...].
b) Si la naturaleza hubiera dotado a las mugeres del vigor físico y de la fuerza intelectual de los varones, sin cuitarle nada de sus gracias [...] no tendrían que cansarse los políticos en buscar los verdaderos principios del orden social [...].
Pero la naturaleza ha dispuesto las cosas de otro modo [...] La muger domina por el pensamiento pero en cuanto a la razón es dependiente del hombre [...]
La causa esencial que obliga al bello sexo a la servidumbre, debe buscarse en la naturaleza de sus facultades intelectuales, en su imaginación más ardiente, más delicada que la nuestra, más hábil para encontrar recursos momentáneos, pero pasiva, sin facultad creadora, poco fecunda de ideas y de una esfera limitada.
De esta disposición natural resulta que la muger ha de recibir de fuera las ideas que han de servir de pábulo a su imaginación; y la mente de la cual la reciben, ejercerá sobre ella un imperio esclusivo [sic] y de larga duración. 
[Las mujeres] nunca han sido otra cosa que lo que han querido los hombres que sean, por la imposibilidad en que se hallan de trabajar con otro caudal de ideas que el que presenta a cada una la persona que elige por maestro.


Y concluye el también anónimo articulista:

Nosotros creemos que toda la instrucción literaria de las mugeres [...] debe reducirse o dirigirse al objeto más interesante para ellas, es decir, a la moral.(11)

Indudablemente estos párrafos ilustran de manera resumida la razón patriarcal hegemónica que dictaba las páginas de La Moda y de tantas otras publicaciones destinadas al bello sexo durante la primera mitad del siglo XIX. Para las mujeres el hogar, el silencio, la dependencia, la sinrazón; no obstante el aparente protagonismo femenino que propugnaban estos editores y que los inducía a concederles escasos espacios en la sección literaria a escritoras de ocasión. Para el hombre, en cambio, estaba destinado el espacio público, el discurso crítico, la racionalidad, la ley; todo ello explicado a partir de un ordenamiento natural, que dejaría de serlo avanzado ya el siglo, para develar su verdadera calidad en tanto construcción socio-cultural histórica en aquellas páginas del Álbum Cubano de lo Bueno y lo Bello, en que la Avellaneda encarnó por excepción una voz otra, impugnadora de ese orden patriarcal, voz que dejaría abierto el camino para la conformación de una nueva imagen de la mujer sujeto, vista por sí y para sí, y que daría lugar desde entonces en nuestro ámbito a la otra línea, esta sí auténtica, del periodismo literario destinado al público femenino, opuesta a la concepción observada en La Moda, la que fuera impuesta a las lectoras entre las seductoras novedades de la literatura romántica y de los bazares.

Claro que antes de concluir este análisis, les debo a ustedes, mis sagaces lector@s, una explicación: en efecto, el título de la célebre revista delmontina fue La Moda o Recreo semanal del bello sexo; pero en verdad -y creo haberlo argumentado en estas breves páginas, pienso que el error (o la superchería) no fueron míos. ¿No creen ustedes que tengo la razón? 

NOTAS

1 LLAVERÍAS, JOAQUÍN. Contribución a la historia de la prensa periódica. La Habana, Talleres del Archivo Nacional de Cuba, 1957-1959, 2 tomos. 
2 TRELLES. "Bibliografía de la prensa cubana". Revista Bibliográfica Cubana. La Habana, (2-3), 1958 y 1959, respectivamente.
3 Hoy día esta revista continúa siendo una de las de mayor tirada y distribución en América Latina. Sus promotores -los directores de la Editorial América y del Bloque Dearmas--, según ha afirmado Carola García Calderón, son en su mayoría cubanos residentes en Miami, quienes antes del triunfo de la Revolución tenían sus oficinas en Cuba, desde donde distribuían ésta y otras revistas a todo el continente americano.
4 Los subrayados son nuestros.
5 RODRÍGUEZ, MARCIA. "Mujer, discurso e ideología: hacia la construcción de un nuevo discurso femenino", en: Boletín de Antropología Americana. México, D.F. (20), dic., 1989, p. 36.
6 Idem., p. 35. 
7 La Moda, número del 26 de diciembre de 1829. Los subrayados son nuestros.
8 GARCÍA CALDERÓN, CAROLA. Revistas femeninas. La mujer como objeto de consumo. México, Ediciones "El Caballito", tercera edición, 1988, 
192 pp., p. 49.
9 Cartas sobre la educación del bello sexo. Habana, Imp. del Gobierno y Capitanía General, 1829, 180 pp., p. 32.
10 Idem.
11 Los subrayados son nuestros. 

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