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LOS REINOS SUCESIVOS DE 
SERAFINA NÚÑEZ

Fina García Marruz | La Habana

                           
"por trémulos misterios fascinada".

¿Qué tiene la poesía, en apariencia frágil, de Serafina Núñez, para perdurar de ese modo, mientras otras voces, en apariencia más fuertes, se nos vuelven deudoras sólo de su tiempo? Serafina Núñez pertenece a la estirpe cubana de la fineza resistente, la estirpe poética de una Luisa Pérez de Zambrana, un Ballagas, un Brull, cristal probado por el fuego, a la línea garcilaceana de la esbeltez lírica, que no envejece más que lo inevitable, que muere joven junto a una torre asediada por las flechas que convirtiera en palomitas de hierro Eugenio Florit. Poesía que torna la elegía vuelo, jamás grávidamente, vuelta a los genios de la luz y el aire de la Isla. "¡Pero qué aire!", decía Lezama en su tempranísimo poema juvenil "Nacimiento de La Habana", aire que habría de mover las alas de su ángel de la jiribilla, duende protector de la Isla. Poesía abocada siempre a un nacimiento: "Estamos -dijo- comprometidos con la luz".(1)

No ángel robusto, no, sino ligerísimo, ni encendedor de furias ni exterminador, guardián sólo de su jardín paradisíaco. Duende que no habita en las grandes masas continentales, ni junto a ríos caudalosos, sino donde el istmo, al decir de Martí, se adoncella, en la garganta de Centroamérica, o gusta imperar en las islas por ese "genio de moderación" que alienta "por la armonía de la naturaleza, en el continente de la luz". 

Serafina pertenece a ese momento privilegiado de la poesía cubana que fue el de la auroral llegada de Juan Ramón a la Isla, y que fue también el de una doble toma de conciencia en que se la sintió traicionada por la tiranía interna y la injerencia externa norteamericana. La revolución del 30, que al decir de Roa, se había "ido a bolina", dejó el saldo trágico de la muerte de Rubén, el asesinato de Mella, la caída en Majadahonda de Pablo de la Torriente Brau, voluntario defensor de aquella "república moral" por la que antes había caído Martí, y al que Juan Ramón, en su diario íntimo, dedicara una memorable página, reencuentro, en fin, de españoles y cubanos, después del doble holocausto. Fue también el momento en que la Isla, aciago el panorama político, se volvió hacia sí misma, hacia la creación poética, danzaria, pictórica, musical, y hacia la investigación de nuestras raíces africanas, en la obra de Fernando Ortiz, quien invitaría a su Institución Hispanocubana de Cultura a todas aquellas grandes figuras del exilio español (Menéndez Pidal y Juan Ramón, entre otras), que tan poderosa huella dejaría entre los más creadores del país, en una obra que jamás lo fue de evasión sino de resistencia.

Fue cuando la Isla se hizo alma, cuando la luz se volvió profecía posible de nuestro destino histórico, y alentó el "sueño" (palabra epocal) de hacerlo coincidir con el escudo de la palma. La conciencia de una "cautividad" pareció impregnar a nuestra lírica.

No es por eso fortuito que llamara nuestra cantora a sus dos primeros cuadernos Mar cautiva (1937) e Isla en el sueño (1938), y que Vigilia y secreto (1941) iniciara la siguiente década de su poesía, ya toda hacia adentro, en actitud recogida, y que la llamase Juan Ramón ante todo "esperadora", no esperanzada, como bien discierne el crítico peruano Luis Alberto Sánchez en su prólogo a Paisaje y elegía (1956) que va a cerrar este primer momento de su poesía juvenil tanto como a iniciar el prolongado silencio editorial, de casi tres décadas, que habría de seguirle.

"Esperadora", sí, no esperanzada, porque la esperanza va siempre cercana a "el fruto cierto" que dijera el clásico, y la espera, acaso más misteriosa, forma primaria de la esperanza, puede alentar en medio del más cerrado silencio.

No conocemos en su totalidad la poesía de Serafina Núñez, cuyos delgados cuadernos primeros conservamos por ella dedicados, y presumimos que ha de tener muchas cosas inéditas. Así nos atendremos a dos recientes colecciones: Los reinos sucesivos (1992), que da título a estas páginas, con prólogo de Luis Suardíaz, y a la mini-antología Moradas para la vida (1995) presentada por Waldo González en las siempre poéticas ediciones de Vigía, de Matanzas, que vinieron a romper el llamado "silencio editorial", que, en efecto, siguió a aquellos cuadernos, si bien no fuera del todo olvidada nunca, como recuerda el propio prologuista: ahí estaban los Cincuenta años de poesía cubana, de Cintio (1952) o la tesis de Roberto (Fernández Retamar) La poesía contemporánea en Cuba (1954).

En nuestro gustoso recorrido por su poesía (que no "crítica", en modo alguno) nos ceñiremos, para dar alguna idea de su proceso, al libro, ya algo mayor, Vitral del tiempo (1994), que recoge, junto a los primeros poemas conocidos, textos ya del todo recientes, pertenecientes a su último libro, El herido diamante, con esa especial fortuna con que siempre titula lo suyo, y que, de modo natural, nos orienta hacia sus fuentes temáticas. Pensamos en Paisaje y elegía, que recoge esa dualidad de una naturaleza eglógica y una historia trágica, que estaba ya en el Heredia de "las bellezas del físico mundo,los horrores del mundo moral...".

Es curiosa esta relación que aparece en nuestros poetas entre la naturaleza de la Isla y su proceso histórico. Martí, en uno de su Apuntes, señala, como quien traza tres expansivos círculos concéntricos:

La isla natural.
La isla intelectual.
Orgullo de ser cubano.


Aquella "Grecia americana" que pasó a nuestros modernistas, aquel aire "como griego" que ya había sentido en nuestro Seminario de San Carlos, aquella atmósfera "pensante" que se levantaba como bruma seminal, aquel aire "lleno de almas", tenía que recoger el legado de nuestros héroes, de los indios extintos, de los esclavos humillados, el aliento de la tierra toda bendecida por la sangre de sus mártires. La Isla se recuperaba, lenta y dolorosamente, y los heredianos campos vestidos "de genial belleza" volvieron a influir en el impulso moral de nuestra historia.

Al aproximarse a nuestras costas, vería el Almirante un "ramo de fuego" flotando sobre las aguas donde la piedra hispánica lanzaría la primera turbulencia. Ella sólo lograría hacer crecer, en círculos, la expansiva ligereza de flecha del eros insular, apuntando a ese sentimiento de lontananza tan caro a lo esencial cubano. La Caridad del Cobre, como Venus insular, había surgido, como la Isla, de las aguas, y no de ningún desprendimiento continental, y sería a este tema botichelesco del "Nacimiento de Venus" al que la autora de "El tierno mito", mito vuelto terneza cubana, dedicaría uno de sus primeros sonetos, en que la Isla, defendida por la luz del alba y su "saeta de fulgores", como Diana cazadora, trata de cazar a nuestro huidizo azul:

Saeta que vas cazando por la aurora
húmedo azul de huella turbadora...

Luz que en su "Vitral" también "se esconde" y, como la palabra, "trampas pisa", y "arde en el cielo mítico paisaje".
El decursar del tiempo queda como detenido, como extasiado en el vitral de la luz, a la que festeja de mil modos, "fénix del reino oculto", la llama, "perla tallada por el fuego", o "herido nácar", vigilia vuelta coral, fusión de origen y destino. Nuestra cantora libraría al mito de robusteces neoclásicas para verla tornada, en la tierna luz de la Isla, en el puro aire de una eterna nacencia: "Venus, playa y confín, fábula y cuna".

Las islas descubiertas
"islas hurtando al reino de las brumas...".

Fue cuando el tema de las islas pareció apoderarse de nuestra poesía. La Isla reclamaba los espacios de luz negados a nuestra historia. Fue cuando Lezama le propondría a Juan Ramón el tema de una "mitología insular" y empezaría a hablar de un "telos de la lejanía". Fue cuando la poesía buscaba a ciegas una reconciliación con "el tiempo enemistado". Cuando nuestro mar empezó a añorar "el nacimiento de los dioses". Cuando "Narciso averiguó callado" y del agua y la muerte nació el mito de la luz.

En nuestro modesto Clavileño, recordaba Sancho a los duques -extrañados de que tuvieran colores varios las Cabrillas- y ya de vuelta de su viaje por los aires -que alguna diferencia habían de tener "las cabras del cielo de las cabras de la tierra", -traduciría Gastón el hermoso poema "Las islas", de Hilda Doodlitle. En su primer número, aparecería la leyenda irlandesa recogida por Yeats sobre la fundación mitológica de las islas, en la que una isla, flotando como si fuera de corcho, lograba no sucumbir entre las olas, al ser fijada en tierra por una flecha barbada al rojo vivo. 

La Habana no parecía enterarse de tanto esfuerzo alígero de la luz por conjurar tanta sombra. En el otro extremo gravitaba el previsible reverso de la Isla en peso, de Virgilio Piñera, la "maldita circunstancia" de las aguas, rodeando las aves de la no-finalidad, y por "las inquietas Villas", un franco tirador, Samuel Feijoo, creía oír el quejido desgarrador de "las albas, las vírgenes" atravesadas por "finísimos flecheros" ("Amo la poesía lenta porque es la más rápida", decía), a esa luz que casi dibujó:

Amo la luz,
ornada,
en sí misma.


Luz despojada de alusiones, no "orlada" sino "ornada", compuesto de "orla" y de "nada", pero a la que también, en el "tenaz desvelo" nocturno reconocería, transido: "Ah, es la hora de la misericordia". Ella le revelaría la esencia misma de la poesía como "la restauración de la piedad, la orla del adiós".

Fue un tiempo de raras fulguraciones, de intenso vuelo lírico. Aislada la Isla, aislados todos. En su vedadeña casa de intrincado jardín, los hermanos Loynaz descubrían la poesía, preparando sus veredas para la visita de gracia de Federico, y para la visita, ya enlutada, de Juan Ramón. Raro tiempo. Canto y elegía. Aislada también, una muchacha de 23 años participaba por entonces de la doble corriente imperante: la preocupación social y la búsqueda interior de una salida que de nuevo condujera al legado de los héroes, de los que llamó Byrne "los pobres guerreros difuntos" y ella nuestros "muertos transparentes", aquéllos en cuyos hombros ve posarse "esos pálidos pájaros/ que vuelan en los lentos crepúsculos" o en "el azul tímido de tus madrugadas" ("Canto por mi Isla".)

Dos líneas se disciernen así claramente en la poetisa de Paisaje y elegía: la una, con impulso ascencional, imantada hacia las criaturas de la luz: "al nido, al astro, al ruiseñor, al sueño"; la otra, gravitante, que le va como extraviándole el verso, haciéndole perder su "norte y brújula":

¡Un gran golpe de golondrinas asustadas
me ha aturdido la vida!


Es así que la autora de "A un ruiseñor amaneciendo" -que a algunos críticos ha recordado al ruiseñor de Keats-, capaz de penetrar el bosque de la muerte hasta llegar a las lindes mismas de la vida, desde lo que llama "la imposible evasión, pareció abandonar su primer reino sereno, el de la "isla serena en su total blancura", para dejar oír el tono elegíaco de su Oda a los niños muertos en la Guerra Civil española, con sus "ruiseñores estrangulados", con el recuerdo de la muerte de Lorca. Una especie de danza enloquecida, de delirio, se apodera de su poesía, en la que hacen su entrada sus plurales de congoja, un vértigo de "ciudades sumergidas", de "pájaros ciegos", de "planetas incendiados", la entrada misma de la urbe moderna, "agresiva y ruidosa", la realidad del hombre sin más de la calle ("Éste es mi tiempo, de tinieblas rudo"), "giro" apesadumbrado en una poesía que se sentía destinada a las criaturas de la "mínima gracia" -rocío, lirio, jazmín- a la que finalmente, la autora de "Testifico la gracia", habría de volverse como hacia su definitivo reino, en textos como "Poema del regreso al júbilo" o "Eternidad", con su dulce estribillo, en que canta este retorno, a vuelta de todas las sombras: "Tú, permaneces".

Un tercer momento va así a aparecer en su poesía, que fiel a este mismo impulso ascencional de sus comienzos, la llevará hacia una palabra, un soneto, que ella misma llama "diferente", y que va a dar también un giro distinto a su verso libre, que pasa de los predios del duelo, de aquel

Torbellino, vorágine,
tumulto de otoños y promesas
devorando los límites del alma


("Dios me entiende" dice como para sí) al "amor que abre sus cien puertas cada mañana" que en su "Himno del pino en noviembre", como el de su infancia, "enajena la mirada" de belleza y aun en la "tarde huraña" de un noviembre distinto, con los escasos fríos de nuestro "otoño indeciso", se vuelve capaz de "hacer descender la hermosura" hasta anudarla "en lentos círculos de inusitada maravilla".

Menos cantado que la palma, recordamos que Martí decía:

Y del pino,
rumor y majestad mi verso aprenda.


Y así como Heredia cantara a las "palmas deliciosas" desde su destierro, Martí a la salida de la cárcel habría de reconocer la urdimbre fina del pino de la Isla entonces así llamada, delgadito, como el de aquel que le da nombre a una provincia, que no es el mismo al que dedicara esos versos, en su otro destierro neoyorkino, seguramente más coposo, y mucho nos complace que nuestra cantora haya reparado en árbol también tan cubano, tan ligado a nuestro paisaje. Juan Ramón en su recorrido por la Isla repararía en los que llama "pinillos" algo pobres, al lado de las palmas, que en estos versos recobra aquella "majestad" que le da más que su tamaño, el rumor que atraviesa el "fabuloso encaje", la "tierna madeja" de su urdimbre. Su copa "hospeda a las estrellas", la siente ascender hasta el "infinito estrellado" y guardar "el oro de sus aves de fuego". Le alaba, sobre todo, la "grave majestad" con la que "has velado largamente la muerte":

Tú más arriba, más alto, más arriba
hasta el país de las auroras,
más alto,
hacia el último reino de la luz.


Todas las etapas anteriores de su poesía, sus "reinos sucesivos", van a dar a este último de la luz, primer y definitivo tema de su palabra poética, de toda su "vigilia" -palabra que le insiste, que acude a sus participios pasivos, ya "desvelada" y "veladora", ya "herida", pero enamorada siempre- en la espera de un auroral renacer. Así, en ese mínimo autorretrato que cierra uno de sus esenciales sonetos: "Yo, amanecida eterna entre tus lirios".

Este tercer aire que va a tomar su poesía, en regreso al "tenaz alborozo" primero, puede esclarecer un poco el distinto sentido que toman sus últimas elegías de las primeras. A diferencia de nuestra gran elegíaca, Luisa Pérez de Zambrana, con la que relacioné su poesía, Serafina no va de este primer éxtasis ante el paisaje a aquellos terribles parajes a los que Luisa sería llevada por el duelo familiar, sino que su experiencia poética crece, en giros expansivos, de la elegía civil a la cósmica, giros en los que presiente una final alegría, que torna sus remolinos en pura danza, aun en medio de la locura humana que lo ha vuelto todo "un Cosmos sin brújula":

Yo sola estoy bailando,
¡yo sola!
y sin embargo siento
que miles de pies desesperados
bailan en los míos.


Hay en esta soledad erguida algo de esos parajes nuestros donde, en medio de lo que llamaba Heredia "las llanuras de mi ardiente patria", se yergue una palma solitaria, que en verdad no lo está, pues dejan vislumbrar, más cerca o más lejos, varias que se juntan, y que es lo que también capta Guillén con su "Palma sola", que no por ser todo un símbolo patrio deja de acompañar con ese adjetivo, o como Lorca, en su entrañable visión de Córdoba. Sólo que el cubano casi nunca gusta de permanecer demasiado tiempo en ningún duelo, y es así que, inesperadamente, el poema da un giro gozoso hacia la luz, y los ramos aciclonados de la palma que hacían girar locamente sus brazos se tornan finalmente en gigantesco molino, en un

Molino maravillosamente loco,
esperando triturar en mis aspas
el trigo del gran día,
del libre día nuestro.

Y véase el fondo religioso, en ella nunca ostensible, y su velada alusión al ruego del Padre nuestro, visible en la inversión de la palabra "pan" por la del "libre día". Pues era por esa salida de una cautividad por la que clamaban sus elegías, como la dedicada a los niños muertos en la Guerra Civil española, o al recuerdo de la muerte de Lorca, lo que en términos casi bíblicos llama "el día del crimen", día también de la ira reprimida, que nos recuerda el verso terrible de Martí:

¡En las aspas mismas de las estrellas
me embistieron!


Aspas que en el poema -que "Si el grano no muere..." como dicen los Evangelios, no resucita a vida eterna- se tornan hacederas de "el gran día nuestro".

Yo tuve la fortuna de estar presente el día en que ella leyó este poema, en la reunión que diera Juan Ramón para conocer las voces jóvenes de los poetas de la Isla, que fue también la ocasión en que viera a Serafina por primera vez, y quisiera hacer un aparte para contar algunas de las circunstancias que rodearon a aquella noche.

Una noche "toda llena..."

Como la del "Nocturno" de Silva, del que decía Juan Ramón parecía trazado con el dedo en el aire, que extiende a espacio mayor sus acentos rítmicos en tercera en el continuo de una sola onda melódica ("Una noche, una noche toda llena de murmullos, de perfumes y de músicas de alas...", siento que me acompaña la noche especialísima en que tuve la fortuna de ver y oír también de cerca a Juan Ramón, al que veía y oía sólo de lejos, en el escenario del teatro donde ofrecía sus lecturas, por lo que pido excusas si se me deslizan algunos inevitables recuerdos personales, ya que, en una forma indirecta, tuvimos algo que ver con que se diera aquella reunión.

Mi hermana y yo, por entonces colegialas de 13 y 14 años, habíamos leído un suelto en el periódico en que se anunciaba la llegada de "el gran poeta español" Juan Ramón Jiménez, con su esposa, a la Isla, para ofrecer unas conferencias de poesía, por lo que pedimos a nuestro padre inscribirnos en la Institución Hispanocubana de Cultura, que había promovido la invitación y que dirigía Fernando Ortiz, quien tuvo la feliz idea de invitarlo no sólo a él, sino a otras grandes figuras del exilio español que motivara la Guerra Civil. Poco antes había llegado también a La Habana la compañía de Margarita Xirgu, que reveló, a nuestros oídos asombrados, que sólo conocían las audiciones radiales caseras del teatro de Benavante o los Quintero, la inusitada alegría del teatro lorquiano, que destellaba aun en medio de las situaciones trágicas, con el hechizo de una palabra que no estaba ya puesta sólo al servicio de la acción, sino inmersa en una envolvente música. Este descubrimiento nos prepararía el camino para el otro, más definitivo, de la poesía misma, que nos iría a traer Juan Ramón. Todavía recuerdo la noche en que, interrumpiendo la función de Bodas de sangre -"Que despierte la novia / la mañana de la boda!"-, leyó el cable con la terrible noticia de su trágica muerte, que oyó, estremecido, todo el público puesto involuntariamente de pie.

Fue así que fuimos al teatro a oírle su primera conferencia -la mesilla encendida alumbrando el rostro mate de barba nazarena y el encendido grana de los labios. Con absoluta autoridad leía, como si fuera el dueño absoluto de las palabras, como si les quitara todo lo que les había añadido la costumbre, para dejarnos a solas con su esencia viva, y todavía asombradas, fuimos hasta él y nos atrevimos a pedirle si nos podría hablar de "Federico" -que era como entonces todos le decíamos- al que presumíamos habría seguramente reconocido. La petición fue oída por unas damas de la directiva del Lyceum allí cerca, ocasión que aprovecharon para ofrecerle sus salones si así lo deseaba, para esa "charla", palabra acaso inadecuada pero sin duda amable. A la doble solicitud respondió Juan Ramón que prefería reunirse con los poetas jóvenes de la Isla, para conocer sus versos, lo que fue el origen de la famosa reunión. Todavía recuerdo cuando caminábamos por las calles rotas del Vedado hasta llegar a la vieja casona que entonces tenía el Lyceum y que siempre me pareció más acogedora que la que ya con el añadido de "Lawn Tenis Club" tendría después.

La reunión que habíamos pedido "las muchachitas de Hispanocubana", como nos llamaban la siempre sonriente Zenobia y Juan Ramón, ya había empezado y todos los asientos estaban ocupados, de modo que tuvimos que permanecer de pie y medio ocultas en una esquina, lo que no dejaba de parecerme mejor que la casi insoportable mezcla de júbilo y temor que me producía su cercana presencia. Allí, libremente, podía escuchar mejor, mi hermana, toda gracia y sonrisa, que decía Juan Ramón le "parecía una andaluza", y yo, toda ojos, absolutamente atraída y dichosa.

Lo primero que vi fue a Francisco Ichaso, conocido periodista y crítico de teatro, que, instalado en cómodo butacón, hablaba de no sé qué, como de memoria, con opinión segura, moviendo los labios complacidos y escépticos. No sé si estaba Lezama, pues por entonces no lo conocía; tampoco Cintio, al que ya había vislumbrado fugazmente en una mañana de la Hispanocubana junto a otro amigo joven, que luego resultó Eliseo, cuando, algunos años después, los conocimos en nuestro primer otoño universitario. Al que vi y escuché por primera vez también fue a Ballagas, a quien Juan Ramón parecía apreciar especialmente, y que leyó aquella noche algunos de sus más bellos poemas:

Dime cómo te llamas, noche de esta noche,
dame tu santo y seña
para que pueda llamarte
a través de otras noches diferentes.


Así al menos, no sé si textualmente, se me quedó grabado en la memoria. Leía con una seguridad indefensa, que parecía servirle como de asidero, y todavía recuerdo la voz ahogada, pero firme, con la que dijo como pidiendo auxilio el verso final: "pronto a llamarme ¡Emilio!". Fue después de él que vi a Serafina.

Sentada, muy derecha, en altísima silla, y con un delgado papel en la mano, anunció este título que me pareció algo largo: "Canción desesperada de la armonía presentida". La voz, serena, contrastaba tanto como su mismo aspecto quieto recogido, con los versos que se extendían en grandes giros circulares de danza como de astros enloquecidos. Ellos rompían un silencio y dejaban oír un timbre distinto, agudísimo, de palma que rompe arriba en pucha estrellada, de ramos aciclonados por no se sabía qué tormentas, como esas hojas espinudas de apacible apariencia, que tocadas de cerca, presentan bordes heridores, filos como de estrella.

Era la segunda vez que aquella noche oiría la palabra "armonía", que me remitía a la que hallara Darío ("Peregrino mi corazón...") sólo en su "sagrada selva", en aquel poema que recordaran tanto Juan Ramón como Machado, al conocer la noticia de su muerte. Pues también Ballagas, aquella noche, leería un raro poema, en el que, como en el "Nocturno" de Silva, después del todavía más breve arranque silábico, se extendería asimismo hacia un más libre espacio melódico: "Tú, en los círculos concéntricos que crecen y se evaden desde secretos puntos de armonía", del que sólo recordaría después el prolongado verso.

¿Cuál era aquella "armonía", ahora "presentida" por la joven y angustiada cantora? Yo sólo podía entender a trechos, y no enteramente, el sentido de esos dos poemas, envuelta como estaba en la bruma de la edad temprana. De pronto oía aquí o allá, veía que le hacían al poeta preguntas, como para provocarlo un poco, a las que él ripostaba con impacientes, justicieros golpes de gracia, en los que yo sólo sentía aquella exigente vigilancia que no soportaba nada dañino o que siquiera en algo menoscabara a su señora la poesía. "¿Y qué le parece a usted el último libro de Salinas -le preguntaban con malicia-, La voz a ti debida?". "Muy bien. ¡Como que me la debe a mí!". Y así otras cosas por el estilo.

Recuerdo que yo ya temía se le malinterpretase; me dolía lo que después tantas veces oiría decir y que se le atribuyera a "celos" de letrado u ocioso de cafetín madrileño hacia aquel príncipe que nos había dado a otro Bécquer, lanzando su mirada de "muerto en pie" de soslayo, un Bécquer al que casi se le veía circular por las callejas andaluzas, "tosedor", envuelto en su capa oscura, dolido por la que lo dejara, "sellando con un beso su traición"; o un Valle Inclán que no hubiéramos sospechado en el teatral Marqués de Bradomín o siquiera en su corte de los milagros de goyescos "esperpentos", y que nos remitía al verdor mollar y húmedo gallego, con sólo nombrarlo, a "Valle", como decía él.

¿De quién podía sentir "celos" aquel Orfeo andaluz, capaz de rescatar de la muerte con su palabra "viva" a un regante granadino, a un mecánico de Moguer, al taller perdido en una aldehuela, a la mañana prístina, sin él para siempre perdida, y darles el temblor y la luz de todos los jardines de España?

Muchas veces tendría después que defender de una lectura maliciosa la dedicatoria de su obra "A la inmensa minoría", a los empeñados en atribuirle un minoritismo de clase social privilegiada, cuando él mismo nos había enseñado, desde su primera lectura, que se trataba de lo que llamó "la aristocracia de intemperie", la del puro pueblo al que vio, desde niño, trabajar con rigor su "trabajo gustoso" y que fueron sus verdaderos maestros. Minoría, sí, porque lo es, en cualquier clase, pero "inmensa". ¿Por qué no se entendía esto? Porque esos solitarios ¿no entregaban también su obra para el goce de todos, y para siempre? ¿Y no se convertía, por lejos que estuvieran, vivos o muertos, en nuestros amorosos maestros? Así era posible que en una pequeña Isla de las Antillas, a tantos años de los que el poeta niño en su Moguer recibiera esos aprendizajes del trabajar la obra que fuese, con rigor y dedicación, pudiera traer tanta dicha a dos simples colegialas, en cuya memoria quedaría para siempre su perdurable lección.

A las conferencias llevábamos después los libros para que nos los dedicase. Recuerdo el primero del que habría de ser su Obra completa, que interrumpió la guerra, Canción, aquel libro de claras tapas doradas que nos había regalado nuestro padre por las Navidades y que él retuvo diciéndonos: "No me gusta improvisar nada", invitándonos a recogerlo luego al hotel. Y era de ver también aquella su bella letra aljamiada, como para que la demora en leerla prolongara el encanto de recibirla, que nos daba la otra lección: ninguna negligencia. Todo habría de hacerse con cuidado, esmero y delicadeza, sin poner a cuenta de la "naturalidad" ninguna chapucería, sino hacer como hace la naturaleza misma, que la flor brote pero después la orla, y dejar libre a nuestra invención, hasta a nuestro capricho o fantasía, no como pura gratuidad aislada sino como entera gracia comunicante. Aquella exquisitez "natural" fue también uno de los secretos menos comprendidos de nuestro modernismo.

Estas lecciones -que más que en las palabras estaba en su modo de recibir las cosas- dejaron mucha huella en nuestros poetas, aun en los que ya tenían una voz propia, como Florit, quien después de su atesorador Doble acento, se entraría, con su Reino, ya del todo en el juanramoniano, pero no alcanzó ni a Ballagas, que ya tenía en la mano algunos de sus textos mayores, pero que parecía como más débil, ni a Serafina, entonces en la incipiente veintena. ¿Leyó ella algo más aquella noche? No puedo recordarlo. En mis viejos papeles cuento otras muchas cosas que, por entonces, dividieron mi atención emocionada, dirigida toda al poeta mayor que había llegado a nosotros por esos aparentes azares en los que sólo mucho después advertimos la presencia de un destino.

Es bien posible que aun cuando sólo recuerdo la lectura de aquella "Canción...", leyera ella alguno de sus otros juveniles sonetos, tan distintos en los que, al leerlos mucho después, reconocería aquella misma imantación hacia lo "alto" que, según Alicia Alonso, caracteriza a la escuela cubana de ballet:

Alta orilla de trino desnudado,
tierna a la espuma de mi mar cautiva
-río, pluma, canción- ¡mi rosa viva
ya abierta entre tu viento libertado!


"Poesía" titula estos versos. Pues es a ella a la que se sentirá, desde el primer momento, ligada para siempre. La poesía, que rodea su "cautividad" a un tiempo que la libera de ella. Y esto es algo que aparece mucho en los títulos de los cuadernos de aquella época. "Luz cautiva", llamará Justo Rodríguez Santos a su primer cuaderno poético; "Luz ya sueño", llamará al suyo Cintio, para el que escribiera tan bella página Juan Ramón.

Ya él había recorrido nuestra Isla, pues vino de Santiago a La Habana, como ya había leído lo esencial de Martí. Pero confesaría que fue sólo al entrarse en el paisaje cubano, que estaba tan en su entraña, que lo reconocería realmente a él mismo. "El hombre, el fondo", sentenció. Algo semejante le ocurrió en su posterior visita a Puerto Rico, a la que llamara, en bello librillo, "La isla de la simpatía", pero esta vez le revelaría su naturaleza la presencia de la mujer, más que la del hombre, más volcado a la historia, aquellas muchachas, delgadillas como andaluzas, pero con ojos que saltaban a la menor provocación contra su tierra. Y creo que, después de la revelación de Martí, no sería en aquel Lezama de su primera visita -a quien acaso el deseo de insertar en la alta cultura una cotidianidad opresora lo llevaba a proponer lo de "una mitología insular", rescatándola a la belleza de un destino-, ni en el ya maduro y admirado Florit -cuya no menor cubanía se insertaba tan naturalmente en la poesía española de siempre-, sino en aquella muchacha que "empezaba" en la que creo que Juan Ramón descubriría alguno de los secretos menos ostensibles de nuestro ser isleño, de no muy sencilla captación, el timbre más agudo de aquella voz serena, que de pronto abría arriba en giros circulares que ella misma sentía "afilada en cósmicos delirios".

No creo, sin embargo, que fuera muy de su gusto ese vocablo "cósmico", por el que ya había mostrado un especial rechazo, que del todo redimiría el Canto cósmico de Cardenal, pero del que entonces habían abusado algunos desmelenados vates americanos, decididos a abordar temas que juzgaban más importantes que los modestamente nacionales. Encontraba al vocablo más cómico que "cósmico". Conocido era su disgusto por lo "excesivo", al que le hubiera quitado hasta la equis. Pero la muchacha, que desde muy pronto aprendería a apreciar lo que la ceñidura del verso tiene de libertad, por gobernada, mayor, no parecía en nada gustosa de lo extravagante, lo que no dejaría de alertar a su "seguro instinto consciente", siempre en guardia.

Esta aprensión suya frente a lo "excesivo" -todavía no habituado a lo que llamaba Martí la "abundancia natural" del americano- se deja ver en su diálogo primero con Lezama, al que encontraba "pletórico", no sin sospecharle y reconocerle al fin la legitimidad de esa misma sobreabundancia. Y así, al oírle lo de la "mitología" insular, le ripostaría, no sin alguna ironía, que todo era isla, que España era también isla y hasta lo era el planeta mismo. Aunque Lezama tardó algo en reponerse del filo de su saeta andaluza, ya en Espuela de Plata -para que no quedara la menor sombra de algún supuesto chovinismo- señalaría, con ironía no menor: "La ínsula distinta en el Cosmos, es decir, la ínsula indistinta en el Cosmos".

"Ínsula" ahora, como decía Sancho, y no Isla, "ínsulas extrañas", como diría San Juan de la Cruz. A un poeta, otro, y Cervantes sea con todos.

Y creo que fue de ese mismo modo indirecto con el que Serafina señalara con delicadeza el sentido distinto que tomaba para nosotros el vocablo, al dedicarle a Juan Ramón su poema "Anterioridad", en el que la autora de la "Elegía cósmica" hace deducir que se refería a un tiempo anterior a la aparición misma del hombre, cuando "aún no se había gemido", pero en el que con premonición de linaje telúrico, los pájaros llevaban "una herida de universo en el pecho".

Era aquel mismo dolor de universo que sintió Vallejo cuando escribió: "Yo no siento este dolor como César Vallejo. Hoy sufro solamente", en un poema al que sin embargo titula "Voy a hablar de la esperanza".

Y es que olvidamos que la naturaleza no es algo que "contemplamos" desde afuera sino algo donde "estamos", sin que haya tanta división como creemos entre la materia inorgánica y nuestro espíritu vivo. A veces nos nublamos, como un cielo inconstante, o el mar arroja sus espumarajos de ira como haría un carretonero que ve su carro atascado en el fango. Somos naturaleza, quiéralo o no el maestro Ortega, aunque crezcamos sobre ella, como el infante sobre la madre exhausta. Vallejo sentía, en algunos momentos, llorar la piedra. Y Ballagas, aquella noche, hablaba de círculos concéntricos que giraban con diámetro cada vez mayor, como Serafina de giros circulares que rompiendo su soledad, crecían, acompañada en su danza por millares de pies, en su visionario poema. Cantaba así el tránsito de la estación de duelo a la del goce de una "amanecida" eterna.

No sería raro que, dado el interés que mostró Juan Ramón por su poesía, la joven le llevara a él y a Zenobia al antiguo hotel Vedado (hoy Victoria), alguna otra de sus elegías que serían las que acaso le harían decir después que "había muchas espinas" en la poesía de Serafina Núñez, pensando quizás en versos como éstos: "¿Para qué este corazón de agujas finas?" o "Hasta cuándo, oh aguja de martirios, me atravesarás los ojos?".

Pero no había sólo "muchas espinas", sino mucha luz insular en aquella joven que la festejaba en ceñidos sonetos, ya "frágil corza", ya "hirviente ópalo", luz que sentía también "herida" pero a la que siempre califica de "serena, en su total blancura", con quietud no extática sino envuelta "en torbellinos de belleza", con blancura no exterior sino de "alba perfecta en música inaudita", que califica de "prodigio de otra albura".

Y esto es bueno recordarlo, porque hubiera sido fácil a oído menos afinado que el de Juan Ramón confundir su juvenil lirismo, que parece "débil" y a veces lo es, con aquel otro fácil y apagadizo que se refugia en palabras como "estrella" o "mariposa", que ya tienen ganada un aura "poética", perdiendo en adjetivos lo que no alcanzan en esencias. Pero no era fácil que se le escapara a Juan Ramón una auténtica voz poética, así fuera aún incipiente, y es por eso que no se conformaría con la primera semblanza que le hiciera, volviendo después a aquella impresión inicial para entregarnos un esencial retrato que tendremos a bien recordar cuando demos fin a estas páginas.

Pues sería a aquellos seres alados que mostraban en el poema dedicado a Juan Ramón una herida universal en el pecho, a los que pareciera pedirles que le dieran contención a su palabra: "ata mis pulsos" dirá a la poesía, y que luz insular le muestre el sentido seminal del tiempo aciago y de sus "fechas", la "dirección" de su vuelo:

Funda mi cielo bajo tu divisa,
deja tu flor fluyente y veladora
en la ribera dulce que te implora
mi pez naciendo por tu madrugada.
A mis palomas dale norte y flecha,
ata mis pulsos, grábame en tu fecha,
y siémbrame en tu tierra desvelada.


Pues, acaso, el único "mito" insular en que quiso fundarse la poesía cubana en ese aciago año de la llegada de Juan Ramón a Cuba, fue éste de que fuera la luz de la tierra, en el espíritu de sus mejores hijos, la que quedara "sembrada" a su desvelo vigilante. Juan Ramón quiso recoger, y recogió, en La poesía cubana en 1936, "el granero", como entonces se le llamaba a su copioso libro, el pulso de ese momento del país. Es decir, no una "antología", sino una recogida de granos, unos incipientes, otros en proceso de fructificación, o sea, el pulso de una espera. Y hay voluntad de siembra de una semilla ya no estéril en el joven Lezama de la manifestación del 30 y su propósito de crear un mito insular que años después se aliaría a la espera cubana de que fructificase el legado de Martí.

Promisor, extraño otoño de aquel año, cuando nada se veía claro, en el que el poeta discerniría tres líneas maestras en nuestra lírica: la "poesía social", la "poesía negra", y la "poesía pura", que entonces parecían tan antinómicas y hoy se ven cada vez más secretamente relacionadas.

Yo no necesitaría, como Ballagas, pedirle a aquella noche en que lo viera y oyera a él y a Serafina leer sus versos, que me dejara su "santo y seña" para reconocerla, por siempre, entre otras noches diferentes. ¡Cómo, después de aquellas mañanas en que oíamos al poeta en la Hispanocubana, corríamos por las tardes a las librerías de Obispo para buscar sus libros, Estío, Belleza, Platero y yo, en aquellas Ediciones Calleja, que no eran "de lujo" ni de páginas brillosas, sino de amarillez mate y exquisitez interior, visible en el cuidado tipográfico, variedad de letras, el ancho margen limpio, por el que discurría el río del idioma, y en que descollaba tan viva, la poesía!

Oh pasión de mi vida,
poesía desnuda,
mía ya para siempre!


No fueron estas vivencias sólo personales. Quienes tuvimos la fortuna de tener cerca a Juan Ramón, conocerlo y oírlo, sabemos que es sólo comparable con la que pudieron tener los contemporáneos de Garcilaso o de John Keats. Estoy segura que la autora de Vigilia y secreto guarda la misma viva memoria de la privilegiada experiencia única. En su lectura de su "Canción desesperada..." estaba ya el presentimiento de una final armonía, de cuyo fondo religioso no creemos fuera entonces consciente, centrada más bien en la esperanza; puramente histórica, de una salida de aquellos oscuros años.

Por entonces la poetisa, detenida, o "fascinada", como ella dice, por los "trémulos misterios" del dolor y del gozo, aún no había arribado a la tercera etapa de su obra en la que tendremos a bien detenernos, a lo que ella misma llama su "soneto diferente", y aun podríamos decir su diferente verso libre, en el que parece reconocer el "secreto" de su vigilia y su "doble acento" mejor. Juan Ramón le sonreiría, adivinándola; Gabriela -la otra gran voz poética llegada a nuestra Isla- la saludaría, reconociéndola. Pues sería la Mistral la que mejor descubriría este nexo entre su verso regular y su verso libre, el primero, ceñido y concreto; de llameantes bordes irregulares, el segundo, al fundir sus extremos en la afortunada definición que finalmente diera a su poesía: una geometría ardiente.

El vitral del tiempo

Después de los cuadernos juveniles a que me he referido, Serafina no volvería a recoger sus versos hasta el ya reciente Vitral del tiempo (1994), que en el abanico de su medio punto, "la paz pliega", "fábula inventa en alma de cristal", y en el que el tiempo se detiene y transparenta, con voluntad de eternidad.

Este libro divide su recorrido en tres partes. La primera, "Del manantial y de la luz", es la más nutrida y recoge sus sonetos que van desde los primeros, en los años 30, hasta -dando un gran salto- los de la década del 80 en adelante. La segunda, titulada "Yo vengo de estar a solas", recoge breves canciones de verso desnudo, formas romanceadas o libres, con eco -aunque muy cernido- del Lope de "De mis soledades vengo...", muestras de su "arte menor", en que, sin ñoñerías de "poesía infantil", la inocencia temprana "danza y gira" sobre un fondo ya no desesperado sino de transidas soledades ganadas. La tercera parte, "Sin vértigos ni furias", trasluce un verso libre distinto al de sus incursiones iniciales, y contribuye a esclarecer algo la zona de silencio intermedio en que las teresianas moradas lo son en verdad para la vida, que, pasando por la inevitable noche oscura del alma, avanza en dirección a las antes adivinadas, presentidas regiones de luz.

Todo los poemas están recorridos por esa esencial cubanía que nos gana en el verso del soneto dedicado a su nieto pintor, entonces niño de "fuego y aro", en el paseo inocente: "criaturas de azul y desamparo".

Poco nos dirá de estos años en que su voz casi desaparece de la poesía cubana. Apenas una parca referencia a su "caudal escaso de fortuna y bienes" -otra afinidad con nuestra Luisa Pérez- en que se niega a acceder a "las viejas tinieblas" que "me miran desde lejos,/ me insinúan y reclaman", pero "yo les vuelvo la espalda".

Es ese cubanismo "Oculto en mi pecho bravo/ la pena que me lo hiere" de Martí, que se niega a la queja. Hemos observado que, no sólo en nuestra poesía sino en los estribillos de nuestros sones, en nuestra música hay este mismo rechazo a la queja, a la que es tan proclive, por ejemplo, la argentina o la peruana, no por eso menos entrañables. En nuestra poesía hay dolor, pero no quejumbre. "No quiero llanto", reitera un conocido son; "Contempla la herida, pero no la toques", dice la cubanísima canción de Graciano Gómez; "A mi pecho oscuro..."; y el cubano de pueblo con su "No ande ahí" para el que quiere saber de alguna secreta pena. Aun en el poema que nuestra cantora llama "Queja", ella queda como disuelta en canción, con la repetición del verso inicial, "Por moradas del aire...", por las que hace pasar su "alba" ya "golpeada", que sólo deja ver en la sobria alusión final del verso último:

Por moradas del aire,
perdí mi alma


Hay en esta brevísima zona intermedia de canciones de su libro una discreta aparición de nuestra décima campesina, de cuarteles enlazadas, de las que toma algo de ese "reto" controversial que ella tiene y hasta ese giro conceptista, de las que son ejemplo mayor las décimas calderonianas de La vida es sueño, todo ello mezclado a la alabanza de la contención y medida de nuestro paisaje clásico, jamás excesivo ni desbordado:

Sabes, verso, si ganara
la amatista de tu reto
fuera albedrío el secreto
en que el racimo madura
la sencilla arquitectura
de lo divino y lo escueto.


Cuando el verso alcanza sencillez, que no es simplicidad sino extrema depuración, logra maestría. La soledad cede el paso a una fluencia recobrándola al río del vivir mismo. Pero no es ya la misma alma la que ha pasado por la depuración del tiempo y sus mordeduras:

En el pozo de la noche
la piel se vuelve de agua
mientras que toda la vida
gira en esferas calladas.
[...]
Nadie escucha, nadie entiende
sólo la vida
como piedra muy lavada.


La soledad se vuelve contemplativa, imantación hacia donde la noche "alza su trono" de "profecía" y "éxtasis". No es ya el tiempo juvenil de dulce alabanza a la naturaleza inocente, al "lirio en abril", sino de una "ardiente presencia" que parece venir hacia nosotros, que habla con el hombre y en la que acuden

como ascuas, espejos vigilantes,
los rostros de los amados muertos,
los rostros de los vivos,
los innumerables rostros de la vida.


Entre la segunda y ya esta tercera parte, "Sin vértigos ni furias", hay un raro dibujo de su nieto pintor, en el que un ave marina arrebata a no se sabe si una mujer o a un niño. Es tiempo de recuento y transformaciones, que si bien hace presidir de "Versos al tiempo", que "Devora posesiones, embelesos, presencias", también la soledad de la vigilia se vuelve a "una antigua voz" que llama ya "Madrigal", donde aparecen dos poemas en los que quiero detenerme: "Jazmín en la presencia" y "Canción del tenaz alborozo".

En el primero, sorprenden los bellos, envolventes gerundios junto a la habitual riqueza de sus mejores tonalidades claras -"coral de ultra-cielo"-, azules tocados por el gris. La modesta flor cubana acude a rescatarla, no ya con el recuerdo sino con la presencia del blanco color amado, fulgurando al fondo:

Qué dulcísimo asombro de nube o de gacela
encendiendo, apagando, persiguiendo, ondulando
marea gris azul, azul-gris, rosa tibio...


La imagen del huracán ya no es devastadora, y va también del gris al azul:

En qué soplada tierra de huracanes seráficos,
por qué nieves tatuadas en el azul errante,
la inocencia del hombre, su llama imperturbable,
obedientes prodigios, y bestias, y relámpagos,
transparentes respiran en tu seno abrigado.


Encuentro con la gran transparencia cubana, la de "La madrugada" de Milanés, la de la "Tarde de pueblo" de Gaztelu, la que desgrana su rocío en la Bercense campesina de Caturla, la que atraviesan ráfagas en Carlos Enríquez, o se extasía en la égloga serena de Víctor Manuel. Pero hay una diferencia -a la que ya tendremos que volver al recorrer sus sonetos- y es que no se queda propiamente en la transparencia de nuestro paisaje sino en los "muertos transparentes" de nuestra historia, la que tiene que ver con la inocencia "imperturbable" y siempre vulnerada. Va a ser el tema de "Abel, el dulce niño", la inocencia que "gime en la noche sola", pero de la que dice que, siempre, "Pasea su lámpara", poniendo "Un muro transparente entre él y nosotros /y la estatura terrible de su hermano".

Pero en este poema entra un tema hasta cierto punto nuevo en su poesía anterior, donde a esta "comarca del rocío" de la inocencia y albor primeros llama "espuma de Dios sonriente" y piel "centelleando de amanecidos misterios". Sus ojos "resbalan por las plegarias, por los gemidos": se trata de una pura presencia, que, con algo de la égloga garcilaceana en que las ninfas peinan sus cabellos de oro fino, compara "con cabellera peinada tiernamente". Se trata también de un llamado al ofrecimiento de la vida a ese hombro "reposado de arpas", a que "cada criatura le tome el color a su llanto / y te lo entregue".

Y nos remite a una experiencia que, sin salir del predio "natural", es naturalmente espiritual: mutación que está en la flor como en la piedra. Habla de allí "donde el ámbar nutre su cambiante raza fina", como Martí hablaba del diamante que antes que luz es carbón. Y ahora es la misma pero es ya otra su alabanza:

Y aquí yo; te pulso, alabanzas convoco,
vengan algas, sirenas, extasiados corales,
tierras de los náufragos, entreguen sus tragedias,
y la paz desgarrada en húmedos remolinos
de vacíos crepúsculos.
Vengan, risueños elfos y rostros de los dioses
y su haz de tormentas.

[1] José Martí: Obras completas, Editora Nacional de Cuba, t. 6, p. 11. Todas las citas martianas de este trabajo son de esta misma edición.

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