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EL AMOR HACE SENTIR HONDOS PESARES

Enrique Núñez Rodríguez | La Habana

Yo iba atento a las sombras del camino en la carretera hacia tu casa. A veces bajaba los ojos hasta tus piernas y sentía el deseo de acariciarlas, pero lo apartaba de la mente, temeroso de que adivinaras mis pensamientos. Llevábamos semanas saliendo juntos a darnos tragos después de la función, y conversábamos animadamente. Aunque estaba seguro de que te agradaba mi conversación, no podía imaginar que sintieras otra cosa por mí que esa camaradería de bohemios, vagabundos de la madrugada, en la que el sexo no es el elemento esencial para la comunión de sentimientos. Temía que una precipitación imprudente me hiciera perder tu compañía.

Tu perfume me enervaba. El ligero roce casual tu pierna me provocaba lo que consideraba entonces una erección no deseada y súbita, seguida de una semieyaculación inconclusa y platónica. Los pinos escondían los restos de una luna menguante, tan temerosa como yo de mostrar su verdadera fase. Te callabas, como indiferente. Charles Aznavour paseaba por una Venecia sin ti provocadora y urgente: "Qué sola está Venecia sin tu amor." Iba a dejarte en tu casa. Después regresaría solo, acariciando entre mis dedos el perfume que me dejaste al despedirnos. Y en la mente el propósito de todas las noches de confesarte, al día siguiente, mis verdaderos sentimientos.

Entonces dijiste: "Mira que la gente es mala, andan diciendo que tú estás enamorado de mí." Fue el detonador. Detuve el carro, y mirándote directamente a los ojos te pregunté: "Y si la gente no fuera tan mala."

Sin darte tiempo a reaccionar, te confesé mis ansias. Te conté mis íntimas esperanzas. Como queriendo hacerles justicia a los que me habían ayudado a decidirme, expresé: "Todo el mundo lo sabía, menos tú.

Y te besé largamente, sintiendo que a la sorpresa que te confundió momentáneamente seguía una tibia laxitud que se fue convirtiendo en aquel primer beso apasionado de tus labios. Al separarnos, volviste el rostro y çreí advertir que reías.

Sorprendido, pregunté el motivo de tu risa. Fue, entonces, que vi tus lágrimas y escuché, entre sollozos, la balbuceante frase que más me ha impresionado mi vida: "Yo no quería que esto sucediera."

Mentí: "Yo tampoco." Y me sentí el hombre más feliz del mundo.

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